martes, 5 de febrero de 2013

Desde La Gorvorana

La Casona de La Gorvorana vuelve a estar en el candelero. O en el candelabro, que dijo el entendido. Del particular he hablado en varias ocasiones con gentes directamente relacionadas con aquel entorno. Desde sus antiguos propietarios hasta el concejal que asume tal responsabilidad en el consistorio realejero. Y alguna que otra conversa con quienes se desvelan en descubrir secretos consultando en ‘papeles viejos’.
Lo último que leí (en la prensa de ayer mismo) fue una declaración al respecto de José Melchor Hernández Castilla, en nombre de la Asociación Wolfgang Köhler, que reclamaba al ayuntamiento una actuación urgente ante el deterioro más que evidente que muestra el edificio.
No quiero ahondar en el asunto. Es menester hechos y no dichos. Pero ya que la Hacienda fue residencia de personajes ilustres en la historia de la isla (por ejemplo, los Alvarado-Bracamonte), dejar constancia –sobre todo por aquellos que ya no van a poder echar una visual a estas líneas– que entre las vetustas y amplísimas paredes, y bajo los falsos techos de sacos de pita enjalbegados que sirvieron de protección en pretéritos temporales, también habitamos otras muchas familias de apellidos sin abolengo, cuyo único mérito fue trabajar, trabajar y trabajar. Y el inmueble se mantenía, que no es poco.
Subo al otrora mirador –hoy ruina entre ruinas– y vislumbro que el paro sigue aumentando en Canarias muy a pesar de las reiteradas promesas de Paulino Rivero. Y como su gobierno se sustenta en un pacto con el Partido Socialista, muy difícil se le hace a la formación que lleva la O de obrero en sus siglas emitir juicio alguno contra la tendencia observada a nivel patrio. Porque los líderes nacionales tienen a olvidar aquellas comunidades autónomas en las que aún alcanzan a tocar poder siquiera mínimamente. Y obvian, asimismo, que las competencias en esa materia se hallan transferidas y descentralizadas.
Hago otro esfuerzo, estiro el cogote y, a pesar de la incipiente calima, distingo a don Alfredo Pérez Rubalcaba cómo reclama la retirada de don Mariano Rajoy Brey, pues entiende no está en condiciones de dirigir el país. Me imagino que no deberá referirse al periódico. Pero mis escasos, pero incondicionales, lectores coincidirán conmigo en qué ocasión están perdiendo los socialistas si estas mismas declaraciones fueran argumentadas por alguien que no estuviese contaminado. Y con esa cara de alegría con la que el líder del PSOE acude a las ruedas de prensa, bien poco podemos esperar.
En la última encuesta conocida hace unos días, el PP había caído hasta unos extremos jamás conocidos. Se estimaba una pérdida de hasta 50 escaños en el Congreso de los Diputados. De los que el principal partido de la oposición apenas rasca unos pocos. Y el más común de los mortales (a saber, yo mismo sin ir más lejos) entiende que la situación no es normal. Y la única explicación razonable es que los electores se hallan en un estado tal de desconfianza que no están por la labor de depositar su voto por más de lo mismo.
Pero como soy un pobre desgraciado al que nadie presta la más mínima atención, mis consejos van directamente al cubo de la basura. Ni siquiera los más allegados, aquellos que compartieron fatigas en un pasado no tan lejano, son capaces de iniciar el proceso revolucionario. Parece que se han acomodado igualmente. Y como en la actualidad también se cobra estando en la oposición, arre burro y todos pa´lante.
He bajado del mirador cariacontecido, cabizbajo, meditabundo. Y no quiero deprimirme, aunque parezco triste caballero andante al que la superioridad no entiende. Parece que el vocablo utopía ha desaparecido del diccionario, de su léxico. Tal vez lo creas una nimiedad, pero cuando la ilusión se torna desazón, la política pierde su verdadero sentido. Brilla por su ausencia el compromiso, la seriedad, el luchar por nobles causas. El mercantilismo ha podido más.
No he recorrido nuevamente aquellos muros de las inmensas huertas que en épocas estudiantiles fueron testigos de innumerables paseos y de no menos sosegadas lecturas de apuntes en libretas forradas con papel de empaquetado. No pasé por El Bosque porque ya, simplemente, no lo es.
Me mantiene, sin embargo, la esperanza. Y los cimientos no se encuentran en Madrid. La bien entendida y tan necesaria rebeldía es menester canalizarla desde abajo. Desde las poltronas, bajo el tamiz de sueldos, privilegios y prebendas, se atisba un camino bien diferente. Que en nada se parece al que debemos recorrer diariamente. Y los silencios son tan preocupantes como los discursos vacuos. Necesitamos espejos. Muchos.