martes, 19 de febrero de 2013

Ley de transparencia

Qué dados somos en este país para legislar. Pretendemos controlarlo todo y así nos va. A este paso acabaremos por marcar directrices hasta para ir a mear. Tenemos leyes para cualquier cosa. Tantas que nos sobran. Mejor, tantas que ni le prestamos el más mínimo caso. Aunque digan los doctos en la materia que el desconocimiento no te exime de responsabilidad, lo cierto es que esta maraña de disposiciones lo único que consigue es confundirnos cada vez más. Y como además la picaresca siempre irá por delante de cualquier iniciativa del legislador, más negro me lo fiáis
Ante la triste situación actual en la que los casos de corrupción afloran como setas tras un periodo de lluvias, se elevan voces que señalan como único remedio una ley de transparencia. Por ahí lo veo siempre escrito con mayúscula, pero no me convencen determinados formulismos. Porque el que nace golfo muere golfo. Como mínimo, porque lo normal es que el calificativo vaya en aumento. Y no queda la política exenta de tales avatares. Es más, es utilizada por esos energúmenos como trampolín para seguir con sus fechorías. Por lo que debo darle la razón de la manera más absoluta al amigo Antonillo, componente desde sus inicios de la Agrupación Folclórica de Higa (esto sí lo pongo con letra mayúscula), quien no se baja del burro a la hora de declarar solemnemente que el que nace lechón se muere cochino.
Hay una componente de moralidad, de ética, de buenas costumbres, de civismo o como quieras denominarlo, que no la soslaya ley o precepto alguno. Y tampoco depende de la preparación que puedan ostentar los cargos públicos. Es un sello que va adherido al documento nacional de identidad. Y el porcentaje de pegamento utilizado es el que confiere el grado de honradez, o no, del presunto. Algunos lo tienen más débil que cualquier post-it al uso. Se caen de nada. Y luego llega la tentación. Que es sumamente golosa. Y después cae algún billete. Y dinero llama dinero. Y el pez grande se come al chico. Y rueda cual bola de nieve. Y…
No confío en que deba ser una ley la que marque la honorabilidad de las personas que ocupen cargos públicos, cargos políticos, cargos de responsabilidad desde lo que deben administrar los dineros de nuestros impuestos. No digo que estas otras cuestiones deben ser controladas desde los dictados del alma, porque mi religiosidad es más escasa que la leche que nos da una vaca seca.
He leído por ahí que esa futura ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno establecería una serie de principios éticos generales y también de obligaciones concretas para los miembros del Gobierno, los altos cargos de la Administración General del Estado y de las entidades del sector público estatal. Es decir esta norma obligaría a los políticos a informar en qué gastan el dinero público y permitiría a los ciudadanos consultar a través de una web las subvenciones, los contratos o los sueldos de los cargos públicos, así como solicitar más información.
Del párrafo anterior colijo el manido ‘leche cacharro’. Porque esa pretendida apertura a esa información no tiene nada de particular ni novedoso. Parece que nos olvidamos de que en las instituciones ya existe un órgano fiscalizador (la Intervención) que lleva el control de la gestión económica. Y el problema no está ahí, sino en los senderos sinuosos que no suelen reflejarse salvo en fotocopias de fotocopias. Ya ustedes me entienden.
En varios de los estados que conforman el territorio que preside Obama existe la pena de muerte. Parece que debería ser una medida coercitiva, o al menos disuasoria. Pues no atisbo que los índices de delincuencia sean menores en esos lugares. Está claro que el que roba (con o sin razones supuestamente justificadas) lo seguirá haciendo por muchas veces que lo detenga la policía y lo presenten ante un juez. Es más, a cada infracción cometida irá incrementando sus conocimientos legales y fundamentando su bagaje ‘cultural’, que acabará por constituirse en su principal abogado defensor.
Y los políticos, como fiel reflejo de una sociedad en la que no brillan los valores, no se hallan libres de que en el conjunto existan garbanzos negros. Para los que tenemos, sin ningún género de dudas, elementos suficientes como para acabar con ellos, exterminarlos. Pero como el resto, la inmensa mayoría, se muestra condescendiente y no duda en correr tupidos velos, por lo que, con sus apatía y desgana, consiente actitudes y deslices. No hay voluntad de acabar con el problema, con extirparlo de raíz. Y ese problema no se arregla con dictar más y más leyes que solo enredan la madeja convirtiéndola en un galimatías de muy complicada digestión.