miércoles, 6 de febrero de 2013

Mundo Senior

Habrán observado –y si no, a qué esperan para regolizniar un fisco– que tras el regreso del primer viaje de la temporada con cargo al selecto club de los viejitos, he ubicado nuevas décimas en el Rincón de las letras menudas y he retomado las presentaciones en la versión dos de este blog (tienes el enlace un poco más debajo de donde te hallas leyendo, a tu derecha y pinchando en el dibujo que representa una escuela de años ha), tal y como había prometido cuando concluí con la serie dedicada a La Gomera.
Nos marchamos hasta Almería, más concretamente a la población costera de Roquetas de Mar (como su propio nombre indica, que diría cualquier cómico al uso) a disfrutar de diez días de relax y comida abundante. Porque mira que comemos cuando nos sueltan en los hoteles en los que nos alojan con régimen de pensión completa. Era el Don Ángel, cuatro estrellas, justo al lado del Paseo Marítimo y como en aquella provincia la temperatura no se diferencia gran cosa de la que podemos disfrutar en las islas, ya me dirás. Además, dado que enero está catalogado en el programa como temporada baja, si te digo que salimos a 190 euros por cabeza (19 diarios, incluyendo además transporte), lo mismo te enfadas conmigo. Pues a pesar de tales ventajas, aún hay pensionistas que se quejan. ¿De qué? Por cualquier motivo.
No había recalado con anterioridad en el aeropuerto de Granada. Al que llegamos un día frío y lluvioso. Así que imagínate el pelete durante el trayecto del avión a la Terminal. Caminando. No vislumbramos una mísera guagua. Chacho, todavía estoy tiritando. Luego, autobús (todo se pega) hasta el destino. Algo más de doscientos kilómetros –menos mal que por autovía, la A-92– y con la denominada parada técnica (me suena más a componenda comercial del guía que a descanso del conductor), unas tres horas de culo pegado al asiento. Las estribaciones de Sierra Nevada hacían honor a su nombre. Y almendros por doquier.
Como el Seat Ibiza de alquiler se portó a la perfección, ya te mantendré informado, a través de las fotografías, de aquellos lugares de especial interés. ¡Ah!, si tienes la oportunidad de darte un salto, no dejes de visitar Trevélez, el pueblo más alto de España (sí ya lo miré y la gana a Vilaflor por unos cuantos metros), donde los jamones constituyen su seña de identidad. Y sin ver un cochino por los alrededores, salvo los ejemplares –aquí también existen– de dos patas.
Como hoy no me apetece comentar nada de los que yo llamo primeros movimientos de Rivero para desestabilizar el pacto, ni de los que no entienden su propia letra (ya Rajoy tienen un discípulo en su antiguo amigo LB, también conocido por el cabrón), ni de lo todo es mentira y falso (salvo alguna cosa), te diré que estuve escribiendo en el pasado mes de enero unas boberías (lo siento, pero no sé para más) acerca de la figura de don José de Viera y Clavijo. Y lo hice en el verso octosílabo clásico de rima consonante en un conjunto de décimas. Añadí un soneto al ya publicado en Sodero y elaboré un romance que intenta glosar las peripecias del ilustre viajero. Que en unos días, como bien sabes y habrás escuchado, hará doscientos años que falleció en Las Palmas de Gran Canaria (a perdonar, don José).
El trabajo lo hice llegar al concejal de Cultura de Los Realejos para que dispusiera del mismo como mejor creyera conveniente. Y para ustedes, mis estimados seguidores, arbitraré una fórmula para que lo vayan conociendo. Lo mismo aprovecho el próximo viaje para dejar unas entradas programadas. O iré rellenado huecos en el rincón anteriormente aludido. Ya se verá, que diría la madre de antaño a la hija cuando esta solicitaba permiso para ir al cine.
Y ya que hoy no he escrito de San Juan de la Rambla, ni de El Tanque (nueva movida a la vista o los movimientos de los peones de Paulino), ni de la renovación nacionalista en el comité realejero, señalarte que estoy embarcado en un noble proyecto editorial –como mero supervisor– que llevará por título ‘Comprometidos con Los Altos de La Orotava y Los Realejos’ y que ilustrará, fundamentalmente, la ingente y fecunda labor del cura salesiano don Víctor Rodríguez Jiménez. Unos buenos amigos perdomeros lo estimaron oportuno y en ello estamos.
Me temo que mañana jueves vuelva a las andadas y caiga de nuevo en la tentación. Lo que puede, y tira, la política. Hasta entonces.