lunes, 17 de febrero de 2014

Adiós, Gorvorana, adiós

Mi amistad con Jorge Acevedo, y hermanos, viene desde hace bastante más de cincuenta años. Su familia y la mía habitábamos en la Casona de La Gorvorana. Allí comenzó gestarse la empresa que hoy recibe el nombre de SAVASA. Y mi padre, Jesús Hernández Perdigón (en la foto, con mi madre), también tuvo algo que ver, junto a otros, con aquellos preámbulos en la pequeña oficina que se instaló entrando a la derecha con una vieja máquina de escribir. Luego, el paso del tiempo, y cada cual en sus ocupaciones, no ha hecho disminuir aquellos lazos que se fraguaron cuando uno presumía de mata de pelo. Y cada vez que tenemos unos minutos para charlas de lo divino y de lo humano, la conversa se inicia con el consabido ¿no tienes nada preparado? Se refiere, claro a posibles publicaciones. Porque siempre he podido contar con su colaboración para que algunas locuras vean la luz.
En la última, este pasado viernes, como no podía ser de otra manera, en la acera de la calle La Longuera, justo en la fachada del que fue mi domicilio hasta hace unos años, también me preguntó sobre el particular de la escritura. Pero le manifesté que estaba cansado (y a mis años) de ‘mendigar’ unos euros por instituciones que se dicen públicas, por lo que tengo abandonados varios proyectos. Y lo que es peor, sin ilusión alguna. Sé que contaría con su patrocinio total, pero, insisto, ahora estoy de capa caída en las entregas de mayor porte que estas con las que me asomo, al menos de lunes a viernes, en mi Pepillo y Juanillo.
Y fueron –son– estos dos chiquillos, personajes ficticios, o quizás no tanto, que recorrieron aquellos parajes plataneros, fiel reflejo de una época de carencias y penurias pero de inmensa felicidad en un entorno de naturaleza pura. Ahora tenemos casi de todo a costa de habernos cargado el más preciado valor: el medio ambiente. Aunque la otra mitad no está para echar voladores. No voy a dar ideas incendiarias. Al menos más de las que se columbran en horizontes no muy lejanos.
El viernes 14, cuando los Cupidos y Cupidas (jolines con la igualdad mal entendida; como la sigan ‘cagando’ no van a tener pañales para los susodichos y las susodichas) repartían corazones, Jorge me comentaba la pronta finalización de las obras de restauración de la Ermita. Allí estaremos cuando se reabra. Mas no podíamos, como siempre, dejar de cumplir el ritual de hablar de la edificación en la que transcurrieron al menos un par de décadas de nuestra existencia. Y, como siempre (aunque me taches de pesado con las dichosas repeticiones), colegimos que las desgracias con las que se marcan el final de paredes, que cargan siglos de historia, seguían acechando.
Por la tarde, en el transcurso de la reunión familiar –esta vez tocó en mi casa– y mientras alguien configuraba el whatsapp, vislumbró una fotografía en Facebook que nos dejó helados: se había producido un incendio en nuestra casa de El Bosque. Por favor, no digan ni escriban que se conoce o fue conocido como El Bosquito. No, nunca, jamás. En una de las varias casas que existían en la finca para morada de los denominados medianeros, que de tal (ver acepciones en el diccionario), ni una semejanza (que decía mi suegra). En una de las dos del costado sur. Sí, en aquella vivienda que soportó los terribles temporales de agua y viento (sin alertas, sin alarmas y sin colores) de la década de los cincuenta. En uno de ellos (creo que en el 53), mi madre nos cobijó debajo del chaplón (tablón, tabla gruesa, sobre todo aquella que se usa para cerrar un vano) existente en la puerta de entrada. Y una hermana con apenas unos meses. Las tejas volaban y de los plantones de El Llano no quedó uno en pie. Luego vinieron los cigarrones y la casa sin tejado porque al dueño de la finca lo menos que le interesaba era la situación de los ‘medianeros’. Lo dejo, que me sale otra historia de aquellas de quitarse el sombrero y esconderse porque venía el ‘señorito’. E incluso la ‘señorita’.
A los respectivos mandamases municipales les hemos sugerido la posibilidad de que todas esas viviendas estén ocupadas. Así, al menos, se mantienen. Y las mantienen. El abandono y la desidia solo invitan a las ruindades. Se han tapiado puertas y ventanas de la casa grande, pero la golfería no sabe de restricciones, de limitaciones, de prohibiciones. No obstante, los ayuntamientos persisten en su labor de acaparar, de incrementar el catálogo de bienes municipales. Como los dineros apenas alcanzan para pagar las nóminas de toda una pléyade de liberados, enchufados, asesores, secretarias y resto de privilegiados y guion as (me han vuelto, ahora mismo, a etiquetar con el adhesivo demagogo), fincas, inmuebles, parajes naturales, zonas recreativas y un amplísimo etcétera, caen sumidos en el pozo del olvido, en el baúl, de los recuerdos. Y proliferan “las gorvoranas”. Nadie se siente culpable porque la manía de echar la vista atrás sigue funcionando como recurso del hábil (puedes cambiarlo por inepto) político.
¿Sería capaz cualquier responsable municipal realejero de hacer un listado del dinero invertido o sepultado en Rambla de Castro? ¿Serían capaces los otrora ecologistas de cuantificar dragos y palmeras que se han secado por falta de mantenimiento o porque un rebaño de cabras no tenía nada mejor que hacer? ¿O de los millones…? Es un mero ejemplo. Importa, y mucho, que los registros o nóminas sean interminables. Lo que mola es que los inventarios estén lo más inflados posible.
Un servidor, cuando el interés suscitado por el ayuntamiento fue superior al de los propietarios por urbanizar (sí, como lo lees), cuestionó a José Vicente el convenio que iba a firmar para el entorno de La Gorvorana, aparecieron sacos llenos de billetes (en la imaginación del gobernante) para convertir la hacienda en… Ahí la tienen. Como otros tantos ejemplos. Cuando la ambición y el acaparamiento pueden más que la fuerza de la razón, acabamos de esta guisa.
Culpables, ninguno, pero entre todos la matamos. Total, aquellos que marcaron huella (Bonnín, por ejemplo) nada podrán ya reclamar. O lo mismo, si pudieran hacerlo, le contestaríamos con un sugerente vete a llorar a la plaza.
La Gorvorana está muerta. Y con su defunción, ni siquiera el recuerdo nos reconforta. Los que quedamos para contarlo ya vamos con la proa pa´l marisco. Cierro los ojos y creo escuchar los lamentos de Juan “Espuela” y Consuelo, Siña Frasca, Celestina, Alfredo y Paca, José e Irene… O más atrás aún, don Alejo, padre de quien fuera luego mi tía (política) Soledad, al casarse con Bernabé, hermano de mi padre. Amén de la familia de los Acevedo aludida. Junto a la mía, encabezada por los abuelos paternos Antonio (Hernández Fariña) y Adela (Perdigón Yumar).
Aunque los otros inquilinos de las ‘casas de medianeros’ harían cruces asimismo. Dentro de poco, cuando tengamos la oportunidad de volver a la ermita, puede que en algún lugar de su techumbre, u ocultos en cualquier hueco de la sacristía, o detrás del retablo donde mora la imagen de La Guadalupe extremeña, nos contemplen los espíritus de Siño Gaspar y Aguedita, o los “Espejos”, o Domingo (el canario), o Domingo Torres, o Esteban (el canalero)…
No es buena manera de comenzar la semana. Dicen que hay que mirar hacia el futuro con optimismo. ¿Significa eso que echar un vistazo por el retrovisor nos debe sumir en el pesimismo? Parece ser que sí. Y como por razones de edad la nostalgia me invade con cierta asiduidad, me entristece el tener que despedirme de algo que es parte inherente de mi historia. Pobre, humilde, pero es mi historia. Aunque también, y por qué no declararlo, testigo mudo de otras muchas historias.
Como se cargaron El Bosque (el ecologista Wladimiro y otros tantos de mi pueblo estaban echándose un vasos de vino con unos puñados chochos), ¿qué proyecto tienen para la franja de terreno aledaña a la variante (bajando a la derecha), que son unos buenos cuantos metros cuadrados? Muchísimas gracias por no responderme. Ya estoy acostumbrado. Como la dada para las placas de las calles de la urbanización donde vivo ahora. Claro, son nombres de escritores. Si fueran editores o directores. Los que un día estuvimos participando en la cosa pública y decidimos retirarnos porque los de tiempo atrás sí ‘poseíamos’ otras ocupaciones, parece que no tenemos derecho a alzar nuestra voz para recriminar (lee opinar) procederes que se nos antojan inadecuados.
Perdón por las líneas de más. El sentimentalismo me pudo. Intentaré ser más comedido mañana. Hasta entonces.