martes, 30 de agosto de 2016

Nomofobia

Ni en el diccionario está el palabro. No es, como pensé, aversión a los nomos (gnomos). Se trata, según leo, del miedo irracional a dejarse en casa el teléfono móvil. Y el término es una abreviatura de la expresión inglesa “no-mobile-phone-phobia-“, acuñado durante un estudio realizado en España, y encargado por la Oficina de Correos Británica al Instituto Demoscópico YouGov, con la finalidad de cuantificar la ansiedad que sufren los usuarios de este tipo de telefonía. A saber, añado yo, el 99,99% de los españoles mayores de doce meses, a excepción de esa centésima de cuerdos y sensatos –me incluyo, y modestia aparte– que ha entendido que se puede vivir sin dependencias tales y llevan años demostrándolo.
El incontenible avance tecnológico ha alcanzado tal nivel de estrés en la humanidad –parece que más los hombres que las mujeres– que el mero hecho de perder el aparato (sin dobles), agotarse la batería o no tener cobertura, provoca tal estado de angustia que es necesario apoyo psicológico de inmediato. Ya se sabe que estos profesionales son como las grúas que circulan por las carretas a la búsqueda y captura de accidentados. Sostienen los entendidos –y de estos hay la tira– que esta circunstancia es semejante a los nervios que se pasan en la sala de espera del dentista, que en cuanto escuchas el ruido de los aparatejos te entra un tembleque de campeonato.
Y como los adelantos son tales que sin haberle cogido el tranquillo a tu flamante artilugio, aparece otro que supera con creces las prestaciones del que se te quedó antiguo antes de descubrir las penúltimas prestaciones. Con lo que la congoja se te acrecienta.
Los defensores acérrimos de llevar un adhesivo en la oreja –érase un hombre a una nariz pegado– se justifican con lo de la necesidad laboral. Y uno se plantea cómo las relaciones comerciales se llevaron a cabo antes de esta aparición, cómo hemos sobrevivido sin el aditivo. Puede que sea una comodidad, no lo discuto. Puede que facilite en determinados momentos labores encomendadas. Pero de ahí al enganche, un simple paso.
Nos quejamos los adultos de que niños y jóvenes se han acostumbrado a recibir todo al instante, que abren la boca y salimos corriendo a la tienda más cercana. Sin percatarnos –quizás no interesa– de que el mundo de los talluditos no difiere gran cosa. Ahí tenemos la imagen de cualquier estación (autobuses, trenes o cualquier otro tipo de transporte) en la que contemplas decenas de individuos (unos sonríen, otros muestran cara de preocupación, los más hacen gestos al más puro estilo del cine mudo) más solos que la una, pero que se sienten felices y gratamente acompañados porque el mero contacto de su Smartphone le provoca corrientes nerviosas preñadas de enormes dosis de satisfacción.
Somos capaces de reconocer que el abuso nos provoca problemas, trastornos. Notamos sus síntomas con preocupaciones, obsesiones, dolor de cabeza (cuando no nervios en el estómago), pero no estamos dispuestos a bajarnos del burro.
Nos indican los responsables del estudio que basta contestar a unas simples preguntas para saber si el ‘enganche’ (o nomofobia) es preocupante:
¿Llevas tu teléfono a todas partes y lo utilizas en todo momento, hasta para comer y dormir? ¿Conversas por el teléfono con quien convives a diario? ¿Mensajeas (la escribo en cursiva porque en el diccionario no la encuentro) mientras caminas, conduces, subes o bajas escaleras, esperas el transporte público?
Hay algunas más, pero me niego a transcribirlas. ¿Para qué? Me considero con la autoridad y fuerza moral suficientes como para titularme experto en la materia. Me refiero, por supuesto, a que como observador neutral percibo las numerosas tonterías que se cometen con el aparato (sin dobles, otra vez) en la mano. Con el consiguiente peligro de los accidentes. Aunque los adictos puedan espetarme que yo también me caigo, y me la doy bien, sin estar entretenido en el uso de los pulgares.
Se concluye que tres de cada cinco españoles sufren esta enfermedad, la del siglo XXI, la nomofobia. Creo, humildemente, que se debe aumentar el porcentaje por lo menos hasta cuatro y medio. Y lo peor es que los usuarios enfermos abandonan, en aras de la comodidad que le brindan las nuevas tecnologías, sus propias capacidades, con lo que poco a poco se van convirtiendo en verdaderos inútiles, incapaces de ‘mover un dedo’ –o el culo, según otros, y cojan la expresión en el sentido verdadero– y acaban siendo sujetos mucho más que pasivos.
El colofón, los consabidos consejos, que pasan por el abandono progresivo del móvil, un rato más cada día hasta la vuelta a la normalidad. Muestro mi total escepticismo. Es como decirle a un fumador que intente cada día dejar uno. No, ese intento de engaño al cuerpo y al ¿alma? (para que los creyentes tengan igualmente algo espiritual en que basarse) solo conduce a que la enfermedad se prolongue hasta el infinito. Eso sí, y que los psicólogos sigan disfrutando de un campo abonado en el que repartir consejos, sentencias y tratados. Hace 38 años dejé de fumar. Me dije, lo dejo, y lo dejé. Y hace no sé cuántos aposté por no usar móvil. Y no he caído en tales tentaciones. Pero sí de una pared abajo. Cada cual se mete el estampido como le da la realísima.
Hasta mañana.