miércoles, 29 de febrero de 2012

Doña Rosario Oramas (1)

Revolviendo en ‘papeles viejos’ he hallado una copia del periódico independiente El Memorándum, el número 1055 (año XVI), correspondiente al 30 de abril de 1889, ejemplar que no se encuentra digitalizado en Jable, para mi desgracia, pero que aprovecho, y copio, la reseña que del mismo se hace en esa web de la Universidad de Las Palmas:
Apareció bajo la dirección de José Manuel Pulido como órgano oficial del Partido Republicano de Tenerife. Criptorrepublicano en los primeros años de la restauración, lo que no quiere decir ajeno a las polémicas con los órganos monárquicos, sus correligionarios de Santa Cruz de Tenerife, La Laguna, La Orotava y Santa Cruz de La Palma decidieron salir, poco a poco, del anonimato en la primavera de 1879 para adherirse a la reciente circular de abril elevada por el periódico madrileño "El Tribuno" a todos los demócratas del Estado. Luego, tras el acceso de Sagasta al poder y, más aún, desde la promulgación de la permisiva ley de imprenta de 1883, actuó abiertamente como órgano oficial del Partido Republicano de Tenerife, en cuya cúspide figuraban los ya históricos José Suárez Guerra, Miguel Villalba Hervás y José Manuel Pulido, suscribiendo con posterioridad todos los llamamientos de la prensa demócrata de Madrid. Con una línea editorial esencialmente pragmática, a remedo de la emprendida años atrás por "La Federación", lo que le ocasionó más de un encontronazo con periódicos tinerfeños de ideología afín, prolongó su trayectoria hasta 1895 ocupando un lugar de privilegio, al calor del fuerte enraizamiento del republicanismo en Santa Cruz, en el panorama periodístico de Tenerife.
En el ejemplar citado en el primer párrafo se inserta una curiosa crónica, a manera de diálogo imaginario, en la que se resalta la figura de doña Rosario Oramas. Sin más, la transcribo (tal cual el original, no se asusten si atisban alguna falta de ortografía). Espero que, al menos, algo signifique para los amigos rambleros. Decía así:
DOÑA ROSARIO ORAMAS
–¿Y dice V. que este pueblo es San Juan de la Rambla?
–Si, señor, así le llaman.
–Pues bien, ya que he admirado sus agrestes barrancos y sus imponentes montañas que se alzan al cielo sobre alfombras de verdura, ceñido el cuerpo por vistosa túnica de cañaverales y platanares, des­nuda la cabeza, calva de vegetación, como rindiendo homenage al Dios de las alturas imponiendo respeto al transeunte; mien­tras descansa el tiro del carruage, bien ne­cesitado de reposo después de tan larga jornada, recorreremos el pueblo, aprove­chando yo el conocimiento que tiene V. de la localidad, para mis anotaciones.
–Acompañaré á V. con mucho gusto y le suministraré cuantas noticias sepa y V. desee; pero le advierto que poco hallará digno de anotar.
–Ante todo, digame V. ¿se ha padecido aquí recientemente alguna epidemia? Veo muchas gentes de luto; ya en la carretera, en el trayecto de un kilómetro de la población, convertido á lo que parece en paseo, vi dos grupos de jóvenes, algunas be­llisimas, vestidas de negro: por ahí acaban da pasar algunas niñas también enlutadas y las que están en las ventanas de aquellas dos casas visten el mismo trage. O es há­bito ó algun contagio ha llevado hace po­co á la tumba madres, hermanas...
–Ni es hábito, ni ha habido aquí epide­mia recientemente ni nunca, en buena ho­ra lo diga. Sin embargo, es como si hu­bieran pasado á mejor vida muchas ma­dres y muchas hermanas. Hace quince días ha muerto la madre de los pobres, la hermana de todos; ella enjugó muchas lá­grimas, alivió muchas desgracias y prodi­gó muchos consuelos. Su casa era casa de beneficencia para el que necesitaba los au­xilios de la caridad; fonda para el forastero; punto de reunion para todos. Por eso tantos lutos, sin que varias de las que lo llevan tuvieran mas lazos de union con la finada que los que unen á las almas gene­rosas; los de la gratitud ó la admiracion.
–Sería muy rica esa señora.
–La principal riqueza para al bien, es el deseo de hacerlo. Poseyó una mediana for­tuna: aquí pasó por rica; pero murió casi pobre. A vivir cinco años más, no tiene otra propiedad queda que á todos nos está reservada en el cementerio. En socorrer necesidades privadas o en hacer donativos en favor del interés público, consumió la mayor parte de su patrimonio. No aspiró a la gloria póstuma; fué avara de las her­mosas satisfacciones que produce al espí­ritu ver y saborear el fruto de las buenas obras.
(continaremos mañana)