No obstante, la capacidad de observación continúa intacta. Y
comprobar cómo el uso –¿o abuso?– se ha convertido en otra droga moderna, me
hace recapacitar acerca de si actué correctamente. Porque no me resulta muy
agradable pasar por una parada de guaguas, por ejemplo, y atisbar a decenas de
personas (ahora sale gratis), congregadas en reducido espacio, enganchadas en
sus redes sociales sin ser capaces de hablar un fisco con el que tienen al
lado. Ensimismados, no: embobados.
Umberto Eco definió el estado actual como la invasión de los
idiotas. Y redundó, con respecto a Internet, que ha sido capaz de promocionar
al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad. Equiparable a cualquier
Premio Nobel. Antes –no ha tanto– eran las conversas, en la tasca con un vaso
de vino en la mano, la maneras en que se arreglaban los problemas mundiales.
Ahora, obviamente, hemos permutado costumbres, aunque la dinámica es muy semejante.
Cambiando, quizás, los efluvios etílicos por otros vapores igual de nocivos y
con luces de colores que te convierten en consumado especialista en cualquier
disciplina.
Como no he recurrido aún a ese portento de la Inteligencia
Artificial (IA) –con la natural voy escapando– no sé si los tejidos neuronales
van en franco retroceso o es que funciono con obsolescencia programada. Me sigo
perdiendo en los avances tecnológicos. Sigo recurriendo al lápiz y papel. El
que nace lechón… muere cochino.
Me preocupa, sin embargo, que tanto adelanto no haya sido
capaz de eliminar la burocracia. O que esa pléyade de cargos públicos demuestre
algo más de seso. Porque aprovecharse para lucimientos personales es, cuando
menos, poco ético. ¿Pero entra la ética en esta ecuación? Si cualquier
culichiche es capaz de opinar del sexo de los ángeles, ¿por qué no debo
presuponer que un concejal está ahí para resolver problemas y facilitar la vida
y convivencia ciudadanas? Optimista que es uno.
Rosa Dávila dijo en marzo de 2025 que la rehabilitación del
emisario en Punta Brava era algo urgente. Ha transcurrido año y medio y la
mierda sigue apareciendo. Si ella no da más de sí porque otras ocupaciones
(pasarelas, guaguas de dos pisos, el piche de San Benito, romerías y fiestas varias…)
desvían su atención, que eche mano de la IA. Para no quedarse corta en sus
apreciaciones y que la urgencia sea eso: urgencia. Claro, prensa y protocolo
solo se desviven por la imagen. Como en cualquier ayuntamiento que se precie. Se
restaura una talla, a lucir palmito. Se tiran caramelos desde una torre, a
lucir palmito. Se presenta un libro, a lucir palmito. Se procesiona a San
Sigfrido, a lucir palmito. Se instala un manolito –perdón, un monolito, en qué
estaría yo pensando–, a lucir palmito. Se arregla un cuarto de baño, a lucir
palmito. Y así hasta el infinito. O más allá.
Tendré que subirme al carro. Cambiar de táctica. Lo de
navegar solo por Facebook no me renta. Ni tampoco al blog. Que necesita
promocionarse o se anquilosa. Como el dueño. Estuve una temporada en Twitter,
luego X. Pero como las RR.SS. avanzan a velocidad de vértigo, deberé comprar un
nuevo ordenador con una memoria RAM que me haga batir récords mundiales de
velocidad. Con el de ahora, ni el carro de La Gorvorana que tiraba aquel enorme
toro que trajeron de la finca santacrucera de Ballester y que conducía –es un
decir– Domingo el canario, casi tan
terco como el de cuatro patas. Haré frecuentes incursiones por los Instagram,
Tik-Tok, YouTube, WhatsApp, Mesenger, Pinterest, Vimeo, Linkedln, Spotify,
Reddit, Wechat, Snapchat, Flickr, Douyin, Threads, Blusky, Fanny or Die…
Cómo no voy a entender el que se deba recurrir a la IA. Es
de cajón. Hemos sublimado el verbo idiotizar y una vez subidos al pedestal… Lo
malo no es tanto que las redes sociales se hayan convertido en el trampolín de
los imbéciles, sino que les renta con el aplauso incondicional (iconos a
mansalva) de los que se creen cuerdos en un mundo de locos. En vez de tanto
enjambre sísmico de poca monta, lo que se impone es un buen meneo. Lo mismo las
dendritas se reconectan con fundamento porque los espacios sinápticos necesitan
un cambio de pilas urgente.
Hasta dentro de dos días, si los axones no me juegan una
mala pasada.




