Que en esto del periodismo existe un intrusismo descomunal
no constituye una novedad. Y que la televisión canaria se ha erigido en plató de
propaganda de las andanzas gubernamentales, tampoco. Hecho este último que se ha
visto notablemente incrementado en estos últimos días con el penoso afer del
fondeo, que no atraque, en Granadilla. Puerto en el que CC hizo el particular
agosto en su momento y que ni siquiera ha sido capaz ahora con un conveniente
silencio de intentar justificar la purriada de millones que yacen en aquellos
predios. Y alrededores terrenales. ¿O no, propietarios adyacentes?
Allá por la década de los noventa del pasado siglo, siendo
unos treinta años más joven, entendí que a pesar de mi trabajo en el colegio de
Toscal-Longuera (formaba parte, además, del equipo directivo), secretario del
Casino de la Dehesa (Sociedad Valle de Taoro), componente de un grupo
folclórico y colaborador del periódico El Día, entre otras nimiedades que no
vienen a cuento, me sobraban unos minutos y decidí, motu proprio, matricularme en la universidad lagunera para cursar
Ciencias de la Información. Y tan mal no lo debí hacer acudiendo cada tarde, de
lunes a viernes, al Seminario (sí, allí estuvimos casi tres cursos, hasta que
inauguramos la flamante Pirámide; bueno, cuando no llovía, porque se convertía
en un auténtico coladero cuando caían cuatro gotas) puesto que el 30 de agosto
de 1996 me expidieron un título “que faculta al interesado para disfrutar los
derechos que otorgan las disposiciones vigentes”. Luego, tras ser admitido en
los cursos de doctorado y asistir otros dos años más a los estudios pertinentes
dentro del Programa de periodismo especializado “La prensa de calidad”, y
llevar a cabo un concienzudo análisis de la prensa editada en Canarias entre
1873 y 1931 (proclamaciones de la I y II repúblicas, respectivamente), que me
tuvo entretenido largo tiempo en archivos y hemerotecas, el 3 de septiembre de
2004 (el otro día) hice constar mi suficiencia en la precitada universidad con otra
buena calificación.
Aunque el presidente del tribunal calificador me brindó la
oportunidad de marcharme a una universidad mexicana (no a hablar de Hernán Cortés,
como Ayuso), díjeme para mis interiores íntimos de adentro que con mi labor de
maestro, amén de cargas familiares, estaba más que servido. Y en ello continué
hasta el momento de la jubilación. Pero a bastantes compañeros de esta hornada
universitaria (en la orla estamos) los veo repartidos por varios medios de
comunicación. Entre ellos, la televisión canaria. La nuestra, dicen. Pero qué
sectaria. Y siento enormes deseos de tener una conversa para que me expliquen
en qué momento de los estudios nos indicaron que debíamos ser las voz de su amo.
Que dejáramos a un lado santos principios de neutralidad, objetividad,
imparcialidad, beber en las fuentes, los hechos son sagrados… y nos
convirtiéramos en dóciles borregos al servicio del gobernante de turno. Porque
de comentaristas (consumados tertuli-anos) “apesebrados” vamos bien servidos,
pero de informadores a carta cabal estamos bien escasos. Y se nota cómo ha sido
vano el montante económico de fondos públicos ‘invertidos’ en tu formación para
que, tristemente, te hayas convertido en un mero sostenedor de alcachofas.
¿Será la total falta de profesionalidad lo que ha convertido
al periodismo en ese saco sin fondo en el que cabe cualquier cachanchán que
móvil en ristre presume de tener cientos de miles de visitas en cualquier red
social al uso? ¿No podrá constituir la escasez de rigor en el trabajo la causa
del deterioro evidente? ¿Cómo tomar en serio un informativo que se desarrolla
bajo los criterios de una sección de opinión y supeditado al interés de quien goza
de la facultad de nombrar al administrador general? Me creería lo del
parlamento si se requiriese una mayoría cualificada y no la simple con la que
Clavijo, y socios, han montado sus chiringuitos.
Qué sabia decisión aquella por la que decidí seguir siendo
maestro hasta que me muera. De haber cambiado, quizás por la petulancia de
subir un peldaño en la escalera docente o por pasar a formar parte del gremio de
la comunicación, es probable que no hubiese aguantado una semana. De cualquier
medio de comunicación, verbigracia, me habrían expulsado por evidente falta de
actitud borreguil.
Los dejo, que me voy a ver la tele. Una de esas que se publicita como servicio público. No te rías, coño. Hasta la próxima.




