Muy conveniente me parece el consejo con el que Morgan nos
ilustra. Porque las sesiones en el Congreso de los Diputados se han convertido
en ferias del tres al cuarto. Me niego a compararlo con un circo, pues payasos
y demás artistas merecen un respeto, siendo la comparación totalmente odiosa.
Pero en lugar de hidratarse cada treinta minutos para rebajar las calenturas,
sería mucho más oportuno que se habilitaran unos cuantos porrones (botijos) en
el hemiciclo, pero que el líquido elemento tuviese disueltas unas buenas dosis
de Trankimazin, que contiene alprazolam, y que pertenece al grupo de
medicamentos conocidos como benzodiazepinas. Estas sustancias actúan sobre el
sistema nervioso central, produciendo efectos ansiolíticos, sedantes y
relajantes musculares. La señora Armengol sería la encargada –le avala ya una
dilatada trayectoria– de sopesar las dosis en función de los antecedentes verbales
(exabruptos) esgrimidos en lo que va de legislatura. Aunque, me temo, que
algunos se han hecho acreedores a que se le suministren idénticas raciones con
las que tumbar a un caballo desbocado y disparadas con dardos tranquilizantes.
No creo sea menester poner nombres y etiquetas, pero en mente de todos hallamos
ejemplos significativos.
Ha transcurrido ya tanto tiempo de cuando uno fue parte activa
de eso conocido como res publica, que
muy pocos realejeros conocen si hubo mundo antes de Manolo y Adolfo. Más de
cuatro décadas se antoja lapso tan grande que cada vez que alguno de esos pocos
con cierta edad me pregunta si volvería a formar parte de la política, pocas
son las dudas al respecto. No encajaría ni de coña. Entiendo como factor
primordial la pérdida de ilusión que se observa en los cargos públicos. Aquel
volcarse por conseguir mejoras, con total desinterés y sin pedir a cambio las
lisonjas de rigor, brilla por su ausencia. Hay excepciones, por supuesto, pero
el ruido las sobrepasa con creces. El ordeño de la teta pública, que nunca se
seca, se ha erigido en leitmotiv. No
sostengo con tales aseveraciones que sean peores, en todos los sentidos, los
dirigentes actuales. Pero sí manifiesto con total rotundidad que la diferencia
estriba en el cómo se enfocan los asuntos. La prioridad ha dejado de ser el
pueblo, su progreso y su bienestar. Primero yo, y luego las circunstancias.
Acomodémonos los que vamos a gobernar, establezcamos sueldos, dietas y
gratificaciones, fijemos condiciones para poder disponer de asesores y correveidiles
varios, que más tarde evaluaremos situaciones y propondremos medidas y cauces
para las actuaciones. Pero como las situaciones son tan imprevisibles, ¿para
qué programar líneas de trabajo? Pasito tun tun, que ande yo caliente…
Y si a niveles superiores a los ámbitos locales es una exacerbada
crispación la tónica dominante, donde prima el irrespeto y se descalifica a
mansalva, flaco favor a la credibilidad de quienes son meros depositarios del
voto ciudadano. Se arrojan sospechas, se denuncian amaños y fraudes sin que la
carga de la prueba haga acto de presencia. Añadan el descrédito creciente del
aparato judicial, subido al carro del despropósito en reiterados actos, y el
cóctel está servido. Se imponen, sí, pausas de hidratación. Estas fiebres deben
ser tratadas urgentemente.
Acabo con un ejemplo: conozco a cierto alcalde que va a una
emisora de radio y se pasa todo el tiempo de la entrevista (más de media hora) hablando
de fiestas. C´est tout?






