Las agrupaciones locales tienen que actuar de revulsivo. Son
–deberían ser– los bases, los cimientos. Pero no se palpa mucho entusiasmo. Y
con las excepciones de rigor no vamos a ningún lado. No es suficiente. Ya no
valen tiritas para tremendo sangrado. Los pétalos de la rosa se marchitan, se
ajan sin remisión. Se languidece y escasea la representación en las
instituciones. A este paso, inexorable, desgraciadamente, el PSOE puede
convertirse en algo residual. Con culpabilidad compartida.
Lo que me provoca mayor tristeza es que los beneficiarios en
esta alarmante sangría de votos no se han destacado por elevar propuestas a la
ciudadanía, en conseguir avances y mejoras, sino más bien todo lo contrario.
Pero se han subido a un carro que los lleva en volandas. Casi sin mover un
dedo. Dicho más coloquialmente: se lo hemos puesto a huevo.
Queda un año escaso para otra cita importante: elecciones
locales (ayuntamientos y cabildos) y en aquellas comunidades que las hacen
coincidir, como en Canarias; salvo que a Clavijo le dé por adelantarlas, algo
que no me extrañaría porque harto sabido es que cada cual vela por sus
intereses (partidarios) y si los alisios soplan a favor…
¿A ti no te pagan puntualmente la pensión y para lo que te
queda? Así mismo, sin anestesia, me indican aquellos que no comprenden la
necesidad que tengo para desahogarme escribiendo. Artículos de opinión, de muy
escasa calidad, pero que pretenden –vano intento– siquiera un mínimo de calado
social, de concienciación. Pero ni en los supuestamente de mi onda, tú. Mi
éxito es directamente proporcional a la debacle socialista actual: de culo y
sin frenos. En mi reencarnación deberé convertirme en ermitaño para predicar en
el desierto. Quizás tenga mayores recompensas. Al menos me habré ganado un
trocito de aquel cielo que vendía el padre Antonio.
Abran las casas del pueblo. Dejen entrar nuevas ideas. Que
no son un coto privado de caza. Pero, al tiempo, salgan a la calle, convivan
con la gente, háganse partícipes de su problemática, echen una mano,
identifíquense con el pueblo llano y sencillo, sean empáticos (que es más
moderno) y déjense de machangadas con fotos, poses y actos del bien quedar. Yo
voy a caminar varios días a la semana y no llevo el móvil para irme retratando
y presumiendo de mi buen estado de forma. Entonces, almas de cántaros, ¿para
qué inundar las redes si se participa en una prueba lúdico-deportiva en
cualquier fiesta de barrio? ¿No era motivo de crítica hacia los gobernantes el
continuo bombardeo publicitario? ¿Y los combatimos con más de lo mismo? ¿Es esa
toda la congruencia habida? ¿Constituye esa parafernalia el bagaje a ofrecer
para que el electorado deposite su confianza a la hora de votar? Decimos, sin
recato, que el pueblo es tonto cuando vota a los otros. ¿Sí? ¿Y no será por
deméritos nuestros? ¿Tenemos suficiente credibilidad, inspiramos la confianza
suficiente, podemos convencer a los indecisos de que la nuestra es la mejor
opción? ¿No creen que existen demasiadas preguntas que el votante se hace y no
hemos sido capaces de rebatir argumentos, por mucho que creamos que puedan ser
falaces?
Se te nota preocupado. Pues no, lo siguiente. La estamos
cagando. Y cuando las diarreas abundan hay que encontrar el remedio. Si es
menester el “machuca y limpia”, no perdamos más el tiempo mareando la perdiz.
Como ya me hallo en el grupo de los obsoletos, me temo que deberé conformarme,
como mucho, con el clásico tomamos nota y estudiaremos qué pudo haber pasado.
Eso, a conejo ido, palos a la madriguera.
Como se aproxima el Día de Canarias, en que saldrán a la
calle muchos patriotas y en mi pueblo habrá feria de ganado, tengan cuidado por
si los confunden. Y yo estoy pensando en tomarme un descanso porque el estrés
me trae en un sinvivir agobiante.





