29 de enero de 2026

Peligrosa deriva

El amigo Salvador García –a quien yo llamo maestro porque en esto del periodismo me gana como el Benfica al Madrid– aludía en su último artículo (pincha en el siguiente enlace por si es de tu interés: https://garciaenblog.blogspot.com/2026/01/impacto-de-la-desinformacion.html) a que la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) ha hecho público un comunicado en el que señala que la difusión de informaciones falsas a través de redes sociales no constituye un fenómeno aislado, sino un problema estructural que contamina el ecosistema informativo y erosiona la credibilidad de los medios y de los profesionales. Y, además, pone el acento en la alfabetización mediática como herramienta para combatir la desinformación. Recordando, asimismo, que el Parlamento Europeo ha instado a integrar esta formación en todos los niveles educativos y reclama al Gobierno la incorporación de una asignatura específica en la Educación Secundaria Obligatoria.

Ello me dio pie a comentar una anécdota. Sí, dejémoslo de tal guisa. Para lo que debo retroceder unas dos décadas, aproximadamente. A los últimos cursos de mi etapa docente en el IES Mencey Bencomo. Donde, como responsable de la publicación de un periódico trimestral (La Pizarra), elevé al entonces director del centro la posibilidad de ofertar una asignatura optativa para el segundo ciclo de la ESO (tercero y cuarto) que pudiera denominarse Periodismo Escolar. El pertinente proyecto debe encontrarse aún en cualquier gaveta o pasó a ocupar lugar preferente en el contenedor azul. Me inclino por la segunda opción.

Uno, maestro de escuela (y a mucha honra), figuraba en el catálogo (más en fino, RPT: relación de puestos de trabajo) como adscrito al primer ciclo (primero y segundo), por lo que la propuesta ni siquiera fue elevada a la consideración de Claustro y Consejo Escolar, porque, a buen seguro (eso me dijeron) algunos licenciados protestarían por tamaña osadía. No estaba capacitado.

Como los años cotizados me brindaban pintiparada ocasión para jubilarme a los sesenta –aunque, a decir verdad, uno creía que podía seguir dando el callo unos cursos más– creí conveniente no mover más el asunto y se corrió un tupido velo sobre el particular. No recurrí a mostrar el título que la Universidad de La Laguna me expidió el 30 de agosto de 1996 en el que se hacía constar la superación de los estudios conducentes a la licenciatura en Ciencias de la Información. Como tampoco aquel otro de 20 de septiembre de 2024 que daba cuenta de la suficiencia en esa Universidad, con la calificación de Sobresaliente Cum Laude (3 de septiembre de 2003), expidiendo el título de Doctor en la disciplina antes mencionada (rama de Periodismo). ¿Para qué?

Cuando echo la vista atrás, cada vez que leo cómo se entienden por novedades aquellas facetas que fueron obviadas en el pasado cada vez más lejano, siento, junto a la rabia contenida, profundos y vehementes deseos de… mandar a tomar por saco a todos los cargos públicos con amplísimas responsabilidades en procurar avances sociales en un mundo cada vez más a la deriva. Ignoro qué se pudo haber conseguido con el proyecto en cuestión, pero, y me apuesto nuevamente los consabidos cincuenta céntimos, que mayor daño no hubiese causado a los alumnos que esta avalancha de bulos y noticias falsas que pululan por Internet y que engendran daños cerebrales irreparables.

Si añadimos al citado cúmulo los postureos permanentes de quienes bien perciben dineros públicos para que la información veraz no sea mera entelequia plasmada en un manifiesto llamado Constitución, uno se convence de que la política –y quienes la ejercen en representación nuestra– no está a la altura que se le debe presuponer. Muy al contrario, las carencias son cada vez más notorias en una pléyade de arribistas y cantamañanas.

El tiempo me ha hecho algo escéptico. Ojalá aquellos que transitan por aulas y pasillos sean capaces de inculcar el pensamiento crítico en sus pupilos. Que serán los cargos públicos de un mañana a la vuelta de la esquina. Para que no sigan cometiendo los errores de los que ahora mismo nos avergüenzan en las instituciones.

Aquella propuesta iba mucho más lejos que la mera edición de un periódico cada tres meses. Pero los lamentos a posteriori solo sirven de desahogo ante la evidente frustración. Si me lees y tienes enlace directo con Poli, coméntaselo. Él conoce mucho más que este pobre ignorante y redomado platanero (gorvoranero). Puede que haya estudiado en Wyoming y la gente salida de esa universidad de allende los mares… sabe que te cagas. Con perdón. Los realejeros no abducidos –pocos pero selectos– un fisquito sabemos de qué hablamos. O escribimos.

A perdonar el rollo. ¡Ah!, ya cobré la pensión de enero. Con incremento. En febrero ya veremos. Aunque los concejales de mi grupo municipal de gobierno ya hablaron con Manolo, que es el único que puede convencer al gallego de… ja, ja, ja y ja.

20 de enero de 2026

Tres apuntes

Empeñada en solucionar las colas y atascos de la autopista en 90 días, la presidenta del Cabildo tinerfeño –a la que ya algunos llaman MentiRosa Dávila– optó por probar con los denominados semáforos inteligentes. Y le salió el tiro por la culata. Ignoro si la iniciativa corrió de su parte o, quizás, el señor Arteaga (que pasó de fiestas a carreteras como si esto de la cosa pública fuese regalo de tómbola) le  sorbió el seso (comió el coco, en lenguaje autóctono) al respecto. Lo cierto es que los artefactos no se ponían en verde ni de coña para permitir que se incorporaran a la TF-5 a la altura de Guamasa. Ni se alivió la avalancha procedente del Norte ni los que pretendían el acceso vieron colmadas sus aspiraciones. El éxito obtenido me recordó la cantinela de los edificios inteligentes, que suelen ser los que albergan las instituciones. Y que se mueren de asco porque el personal que los habitan no dan más de sí. Como los programas electorales se confeccionan con el único objetivo de engañar a la gente, echo en falta planificaciones a corto, medio y largo plazo. Prima la improvisación y los políticos son auténticos saltimbanquis. Dicen las malas lenguas que los circos están en crisis. Y un churro. Dado que las comparaciones son odiosas, ojalá aquellos payasos circenses se pusieran al mando de cabildos y ayuntamientos. Al menos nos reiríamos con fundamento.

ANPE (Asociación Nacional de Profesionales de la Enseñanza) es aquí en Canarias un sindicato hereditario. Como cualquier monarquía al uso. Guarda cierto parecido con el Cabildo de La Gomera. ¿Te lo imaginas sin Casimiro? Aquellos que recorrimos kilómetros por pasillos y aulas de cualquier centro docente sabemos de qué hablamos. Y aun desde el feliz estado jubiloso, nos causa cierta grima el comprobar cómo en los informativos televisivos se nos cuentan historias de pizarras y libros de texto con singular maestría y verborrea constante. Hazañas inversamente proporcionales a las horas de curro directo con alumnos. Con una sapiencia y un saber estar que… pa´ ministro, tú. Yo me crespo todo. Que dice el diccionario que tal verbo (crespar), aunque en desuso, significa lo mismo que encrespar o rizar el cabello. Y dado que presumo de una mata que causa envidia, me erizo sobremanera. Son –es– como los ampelídeos o vitáceos, plantas angiospermas trepadoras. Ya está, quédate con lo de las lianas: se enrollan que da (dis)gusto. Que continúe la saga (estirpe familiar).

Ya que en el párrafo anterior nombré al señor Curbelo Curbelo, hace unos meses le escuché que La Gomera iba a disponer de tanta energía eléctrica que hasta Tenerife se iba a aprovechar de los excedentes. Y limpita que da gusto. Una vez tendido el cable de conexión entre ambas islas, se vuelve a producir otra cero energético que retrotrajo a la Colombina a los tiempos de la cruel y despiadada Beatriz de Bobadilla. Pero una vez se superen las pruebas de enganche, en uno y otro sentido, despreocupémonos del todo. No habrá más apagones generalizados. Si en la estación de El Palmar se parase algún generador por cualquier causa, aquí estaremos al tanto enviando desde Chío electrones a mansalva. Lejos quedan los tiempos en que aquellas torretas de Vilaflor dieron pie a la mayor manifestación jamás habida en la isla picuda porque no teníamos voltios y amperios para tanta gente. Ya nos sobran por arte de magia. O por payasadas. Qué guapos estarían todos con la boca cerrada. Pero hablan y se desgañitan para que suban el pan y los huevos. Por la boca muere el pez, reza nuestro refranero. Mentira cochina porque no quedaría un político en pie, estarían más tiesos que garrotes.

A perdonar este alto en el descanso para hacerles partícipes de este trío de apuntes a vuelapluma. Hay más, como las deserciones en la tele canaria. La más vista en Canarias, según ellos mismos mismamente. No, la van a sintonizar en Groenlandia… Pero dejemos algo por si se tercia en otro día. Hasta más ver.

2 de enero de 2026

Desinformación

Leo en la Wikipedia que desinformación es una campaña en la que múltiples tipos de información y conocimiento (incluyendo juicios de valor, verdades, mentiras, verdades a medias, exageración y descontextualización) se usan como arma para manipular, explotar, o intensificar controversias con fines políticos, militares, o comerciales.

El diccionario de la lengua española nos explicita dos acepciones: 1. f. Acción y efecto de desinformar, y 2. f. Falta de información, ignorancia.

Creo, sinceramente, como bien expresaba Cantinflas en sus películas, que se ha propagado, como el virus de cualquier enfermedad contagiosa, una inconmensurable “falta de ignorancia”. Porque es tal la avalancha de medios que cualquier ciudadano halla en su diario quehacer, que los cacaos mentales son dignos de enmarcar. Y como las líneas editoriales se deben y se pasan sagrados principios periodísticos por el forro de cualquier prenda interior, lo de la información veraz ha pasado a ser parte de la historia. Ni te cuento lo de la neutralidad, imparcialidad y amplio etcétera.

Me encontré, en las postrimerías del pasado año, con un viejo conocido, quien, a las puertas de cierto establecimiento comercial en el realejero polígono de La Gañanía, me espetó, sin anestesia de ningún tipo, que le comunicara a Pedro Sánchez que debía convocar elecciones ya. Cuánto honor, pensé para mis interiores íntimos de adentro; ni que yo tuviera hilo directo con La Moncloa o La Mareta.

¿Y eso?, acerté a responder. Es un corrupto, dijo, aclarando luego: bueno, él no, pero los otros, aquellos que estaban a su alrededor, sí. ¿Y tú tienes constancia fehaciente de que eso es así?, ¿la justicia ha emitido veredicto al respecto? No, claro que no, me contestó algo alterado, pero está más claro que el agua; y lo veo en la tele todos los días. ¿Palabra de Dios?, interpelé. Coño, ya estás dándole vuelta a la tortilla. ¡Ah!, ¿yo o los que te sermonean un día sí y el otro también? Además, ¿ha dejado de tener valor la presunción de inocencia? ¿Somos nosotros los que debemos dictar veredictos de culpabilidad? ¿Nos erigimos en jueces y condenamos sin ni siquiera dar la opción de un juicio en el que canten las pruebas y se pongan en la balanza todos los pros y contras? ¿Te gustaría que te acusaran de cualquier delito y no te diesen la opción de defenderte? Porque cualquiera de nosotros estamos expuestos a…

El hombre se me fue achicando. Y poco a poco entrando en razón. Le expliqué lo que significa beber en todas las fuentes y lo invité a no quedarse encasillado en aquel canal que él entendía como luz divina. Detrás de cada tele, cada radio, cada periódico y no digamos nada de lo que inunda internet, siendo el móvil instrumento de fácil manipulación, se halla el poderoso caballero don dinero; son vigorosos los tentáculos económicos que se mueven en las trastiendas, que maniobran a su antojo y compran voluntades con pasmosa facilidad.

Pero te digo más, rematé, el que haya metido la pata, o la mano en la lata del gofio, y se rubrique con una sentencia firme al respecto, que todo el peso de la ley caiga sobre él, sin contemplaciones ni medias tintas, sea quien sea y caiga quien caiga, se apellide Sánchez, Feijóo, Abascal o Domínguez.

Él entró antes que yo al supermercado. Dentro no le vi el pelo. No creo que se estuviese escondiendo detrás de cualquier estantería. O compró un solo artículo y salió disparado. Mientras recorría pasillos en busca de la leche semidesnatada, la sacarina, yogures, pan integral, jamón y queso, frutas y el papel higiénico, me preguntaba el porqué esta sociedad avanza en loca y apresurada carrera sin reflexión alguna, del porqué ya no se medita sino que nos lanzamos a yugulares con ánimos destructivos. Marginamos lo importante y nos decantamos por lo superfluo. Ignoramos avances sociales y mejoras económicas indudables para detenernos en disquisiciones de porte nimio.

¿Coadyuvan los políticos a incrementar este ambiente enrarecido? Sin duda alguna. Fijó su residencia en cada dependencia de los hogares el y tú más, de tal manera que la obcecación raya el despropósito. La capacidad de raciocinio que se nos presupone brilla por su ausencia. Y aquellos que están llamados a ser modelos sociales caen cual castillos de naipes. Y el común de los mortales se deja arrastrar por la vorágine.

Sí, remato, estoy preocupado. Y mucho.

28 de diciembre de 2025

Qué callado se lo tenían

Desde La Corona, a 28 de diciembre de 2025: crónica surrealista.

Fuentes dignas de todo (des)crédito aseguran que los movimientos telúricos habidos en Tenerife estos últimos meses no se han debido a choques de placas tectónicas ni a reiterados flujos de magma a escasos kilómetros de la superficie terrestre. Tampoco han alcanzado estos lares los estertores del Tajogaite, como cuando los sonidos del bicho en el Barranco de Godínez se relacionaron con la erupción del Teneguía. Y mucho menos, me confirman, guarda algún tipo de relación con los efectos del cambio climático.

La causa principal –cuando no la única– se hallaba mucho más cerca: en la Avenida de Canarias realejera. Y no es que allí existan oquedades subterráneas –tipo Cuevas de los Verdes o del Viento– que se desmoronan (desgorrifan, en canario) con estrépito por las humedades causadas en los abundantes aguaceros habidos en este diciembre generoso. Les aseguro que puesto en contacto con Javier Dóniz, realejero destacado y homenajeado por el Círculo Viera y Clavijo en la noche de ayer, para que me aclarara el quid de la cuestión, me confiesa que se encontraba preocupado por el inusual acontecer.

Pero, claro, las voces altisonantes que se propagaron, cual ondas expansivas, por cada vericueto de la Villa del ilustre polígrafo (cuando se celebra el 294º aniversario de su nacimiento), exactamente igual a los rifirrafes de años idos entre dos gerifaltes socialistas disputándose un puesto de relevancia, vinieron a sacarnos de dudas. Y el secreto quedó desvelado.

Aquellos que han tenido la oportunidad de visitar las dependencias municipales del Consistorio –a un servidor no lo han invitado aún, así como tampoco a la rehabilitación de la Casa de La Gorvorana (que contará con una elegante cafetería)– describen la sala donde tuvo lugar la conflagración como un espacio diáfano, con mobiliario funcional (pero no de Ikea) y sin elementos decorativos que puedan ser utilizados como armas arrojadizas. Menos mal. Aunque las pataletas y zapateados causaron tales estrépitos que los sismógrafos detectaron elevados grados de calentura (energía liberada, según la escala de Richter).

En cónclave, que se intuía cordial por celebrarse en tan señaladas fechas, se dieron cita los dos sujetos de la foto (los que cortan el bacalao) amén de Noelia, Darío y José David. ¿Y los otros? Ni se enteraron. Lo más seguro es que ahora los componentes del remanente se hallen leyendo esta información y tan sorprendidos como el más común de los mortales.

“Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto”. Pues sí, me acordé del juramento que tomó el Cid al rey Alfonso en Santa Gadea de Burgos. Y es que las mayorías absolutas acaban por provocar disidencias internas. Los segundones, por aquello de la (in)sana envidia y el todos queremos más, aspiran a subir un peldaño. Máxime cuando se sienten marginados hasta en las sesiones fotográficas. No siendo la primera vez que alguno de los mentados en el párrafo anterior, por ocupar una concejalía de menor visibilidad externa, incrementa los decibelios para hacerse oír.

No reproduzco la algarabía conversacional por si me leen mis nietos y no vayan a pensar que el abuelo traspasa lindes con su vocabulario. Pero puedo prometer, y prometo, cual palabrita del Niño Jesús, que los gruesos calificativos excedieron el recinto de la ¿conversación? Hasta una copa de cristal –iban bien servidos, no te creas– no soportó tanta vibración y se hizo añicos.

Como  no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, tras un largo e intensísimo intercambio de mandobles verbales, hubo de adoptarse una solución intermedia (¿de consenso?; no, más bien de disenso):

Manolo, aquel que promulgaba la limitación temporal de los mandatos (¿o es que no lo recuerdas?), cortó por lo sano (ya lo decía mi padre que seccionando huevos se aprende a capar) y prometió un puesto de salida al actual alcalde para que pueda ir a lucir palmito en los madriles. Y Adolfo, contento como un chico menudo el Día de Reyes, salió disparado para San Agustín. Por fuera de Almacenes Siverio está aún bailando sobre una pata sola.

Noelia consiguió, por fin, no sin antes sellar las paces con Darío, ir en el número uno de la candidatura al ayuntamiento, pero con la condición de ceder la poltrona al segundo de la lista en el ecuador del mandato. Así, el crusantero vería colmadas sus viejas aspiraciones, mientras ella, como Mazón, seguiría manejando los hilos desde la sombra (del ciprés es alargada).

¿Y José David, el piquito de oro? Hombre, ni lo disimuló. Expuso que el Realejo se le quedaba chico y necesitaba ampliar horizontes. Directamente al Parlamento Europeo. A su favor, el haberse matriculado en la Escuela de Idiomas en una nueva modalidad trilingüe (francés, inglés y alemán), que junto a sus ya altos conocimientos de italiano y romanche, le posibilitaría fijar la residencia en Ginebra, porque el ser puntual (como el reloj suizo) era casi tan perentorio como su lenguaraz verborrea.

Que se haya dado a conocer el afer el día en que nació mi hija, 28 de diciembre, me congratula sobremanera. Debe ser que uno es muy inocente y piensa que en política los aconteceres guardan esa lógica que uno intenta sopesar en sus actuaciones diarias.

Bueno, como hasta el próximo año no pienso molestarles con más fake news, no se excedan en el condumio que luego la sal de frutas no hace milagros. Sean felices y pongan una sonrisa en sus vidas.

22 de diciembre de 2025

Me cago en el arbolito...

Otros tres años perdidos. ¿Solo? Creo que me puede el espíritu navideño haciendo algo de trampa. ¿Solo? Vale, un mucho. Es que a uno le cuesta sobremanera reconocer que le duele desde la mismísima coronilla hasta la uña del dedo gordo del pie ¿izquierdo? Aunque deba tragarse el tiempo en carne viva. Perdona, Pedro (Cabrera, no confundir), el símil, pero es que ni la esperanza me mantiene. Lo siento. También llora mi tambor la sequía. Como los Chorros de Epina, otrora tan generosos.

Y como andamos con lo de Blanca Navidad, te juro que he visto crecer el arbolito. No es que ya se pueda comparar al Pino Gordo de Vilaflor, mas está en camino. Y como no le cambiaron las bombillas (de incandescencia, aún) sigue incrementando su porte en las mayores de la tinieblas. Todo un espectro. Que se me aparece en sueños. Recurrentes. Que me persigue inexorable sosteniendo sus raíces con las ramas más bajas. Qué pesadillas. Razón tenía aquel del villancico: me cago en el arbolito…

De la mula y el buey nunca más se supo. ¿Quiénes cargaron con el estiércol? ¿Corrió a cargo del consistorio el nuevo alojamiento? ¿Se los llevó el alcalde para su particular Belén viviente? ¿Viven ahora al socaire del macizo de Tigaiga? Pobres cuadrúpedos, abandonados en fechas tan señaladas. No hay derecho. Ni ¿izquierdo? ¿Otra vez? Llegan nítidos los recuerdos de las gañanías en La Gorvorana. Sí, en plural. Con animales de porte. Como el toro que trajeron de Ballester. Cuando allá por la capital quedaban restos de plataneras. Y que le amargó la vida a Domingo, el canario, hasta extremos insospechados. Pasadas varias décadas sigo cavilando: ¿cuál de los dos era más bruto? Qué peligrosos somos los de dos patas. Y sin censo acreditado.

Las ovejitas fueron tristemente trasquiladas y más de una volvió a hacer acto de presencia en la Nochebuena, pero bien aderezada en elegante plato. Los desagradecidos pastores cambiaron, en una inmensa mayoría, su noble oficio por el de liberados sindicales. El resto fue nombrado, a dedo, como cuerpo especial de asesoría institucional. Incluyendo el protocolo. A lo peor, entre ellas (las ovejas), se camufló el carnero mocho (dícese del que no tiene cuernos; afortunado, no, porque entre el ganado, pobre del macho que no los lleve, pues pasa a ser considerado rara avis), traicionero como la madre que lo parió, y que lucía su porte también en los corrales de la Casona de La Gorvorana. Ando de un nostálgico perdido. Menos mal que con la reforma, amén de cafetería, volveremos a poder contemplar mucha borregada. Ya verás cuando se (re)inaugure.

El Niño es todo un magallote, cuadrado, cual luchador al uso. Incluso –eso me han dicho– dejó el hogar familiar y ahora se encuentra cursando Educación Física en un centro  de alto rendimiento. Mis deseos más fervientes para que la trayectoria venga jalonada por una pléyade de éxitos. Sin necesidad de que deba apelar al recurso fácil: el milagro. Jugar con tales ventajas no es procedente. Ni conveniente. Porque pueden acusarlo de vulgar trilero. Y no estaría muy bien visto con la carga histórica de buena persona que carga a sus espaldas. En su mochila, versión Clavijo.

San José, envejecido y cansado de tanta murmuración (en malas lenguas te veas), tuvo que abandonar el Portal. Fue trasladado, años atrás, a uno de los tantos hogares de la Tercera Edad en una ambulancia medicalizada y parece ser que se halla firmando las últimas voluntades. Se ha negado a afeitarse y presenta un aspecto horrendo. Vamos, que si el hijo (supuesto) lo vislumbrara, renegaría ipso facto y exigiría, ante notario, un estudio de identificación genética. Aunque me da que el pobre y decrépito viejo no esté ya en condiciones de un hisopado bucal.

La Virgen, que ya no lo es ni se encuentra en edad de maternidades, ha tejido tantos jerséis de lana que ya ni Cáritas se los recoge. Vive –es un decir– más sola que la una en punto y en las más de las ocasiones se la escucha tararear por los alrededores del archiconocido río (el de los peces en el agua) qué le habrá pasado al romero que ya no florece. Claro, mustio como ella… Como para llegar a mi casa debo atravesar el Barranco de Godínez, la última vez se me antojó que algo se barruntaba por debajo de la Travesía del Pino, justo donde colocan los fuegos artificiales de la Calle El Medio de Arriba. Pero no me acerqué, no sea que mis penurias religiosas me hiciesen cometer cualquier desliz en forma de pecado mortal…

¿Te extraña que con este panorama el mundo pueda ir a mejor? Retirado a mis cuarteles de invierno (botiquines para amnésicos), medito, largo y profundo: ¿dónde está la ilusión y el espíritu de servicio? ¿Circulando por la red de saneamiento entre montículos de mierda? ¿Basto yo? Y un cagajón (de la mula) pa´ ti.

El cambio de siglo no nos sentó nada bien. Llevamos una racha, compañero, que parecemos cangrejos en una maratón. No damos abasto para los negativos. Y nos pintan bastos. Ante nos (qué culto) un vasto desierto que se nos atraganta. Sin visos de solución. La cantimplora más seca que una vaca preñada. Más agua da un ladrillo.

Leo mensajes de paz y prosperidad. Proliferan, de boquilla, los buenos deseos. Como si todo se redujera a comprar unos décimos por si nos toca el Gordo. Y claro que nos toca, mejor, nos empuja y arrincona. A pensar, pero ni aun así somos capaces de hacerlo. Marginamos la introspección y en el baúl de los recuerdos permanece bajo inexpugnable candado cualquier halo de esperanza. Cuya llave custodia el machango de turno. Currito y echado pa´lante. Endiosado en su pedestal, pero más vacuo que el cerebro de una medusa. ¿Pero si no tiene? Por eso.

Pasan los años, inapelables y machacones. Un cúmulo de más de lo mismo. Sumamos derrotas, de cuatro en cuatro, sin levantar cabeza. Tropezamos con las mismas piedras sin que el partigazo nos valga de estímulo. Calcamos errores y no asumimos responsabilidades. Marginamos, cuando no machacamos, al que levanta la mano para una mínima sugerencia. Escachamos sin reservas porque lo nuestro es disgregar. Prima la mediocridad. Medra el inepto.

Reflexión: acción y efecto de reflexionar (pensar atenta y detenidamente sobre algo). ¿Es tan difícil dar un paso al lado cuando uno se percata de que no sirve ya para la tarea encomendada? ¿O no lo advierte? ¿Tanto han cambiado los tiempos? ¿Serán los efectos del cambio climático? Miren atrás, siquiera para no repetir errores. Verdades absolutas, muy pocas. Pero cuatro ojos ven más que dos.

Los viejos se lo cargaron. Así, sin anestesia. ¿Prejuicios? Casi pongo la mano en el fuego. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal, me señala el confidente. Mas, ¿qué prima? La ignorancia, el despropósito, el afán de figurar, aun a sabiendas de… Déjalo estar, estorbo.

Me siento raro. Pues siéntate bien. Qué remedio. Ni en fechas tan señaladas ¿o eran antes? me puede el disimular. Ya lo sé, cualquier tiempo pasado fue peor, pero continúo con el tranquillo. Y cuando no me gusta el caminar de la (¿o mi?) perrita, me revuelvo. Porque no quiero volver a esconderme como cuando venía el dueño de la finca. O la señora a buscar las mejores verduras. A la que había que ir a llevarle unos pasteles navideños porque… ¡La madre que la parió!

Insisto, reitero, porfío, suplico: cambien el rumbo, no mareen más la perdiz, no pierdan el tiempo inútilmente. No persistan en hacer buena la IA con el detrimento y deterioro ostensibles de la IN. Que lo superfluo coadyuve, pero que no se erija en pilar fundamental. Que vuelva la ecuanimidad. Urgentemente. No copien los postureos y sesiones fotográficas que tanto pusimos (bueno, puse) en solfa no ha tanto. Hagamos pueblo mamando pueblo. Incardinemos, que estamos más perdidos que el barco del arroz.

Rompo el silencio. No es un mero desahogo. Que también. Quiero y deseo ir mucho más allá. Con dictados normales, que no tratados filosóficos. Eso sí, yo escribo y algunos interpretarán lo que ¿estimen conveniente? No, lo que les salga del forro. Que lo disfruten.

Ños, te alargaste. Y un churro, ignoran lo que me he tragado. Al tintero le queda mucho espacio. Si mis Pepillo y Juanillo levantaran la cabeza.

¿Llegaste hasta aquí? Mi enhorabuena. ¿Y ahora hasta cuándo? Vete tú a saber. Sean felices.

Nota del autor:

Los hechos, connotaciones y posibles personajes retratados en el relato son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales se trataría, en todo caso, de una mera coincidencia.