sábado, mayo 16, 2026

La televisión canaria

Cuánto perito, cuánto entendido, cuánto doctor, cuánto especialista. Y con carreras obtenidas en apenas diez minutos con una simple y placentera navegación por redes sociales. Ahora en serio: cuánto animal de dos patas. Llamarlos burros supondría una grave ofensa para el pobre animal porque la comparación sería, en este caso, más odiosa que nunca. Pasó con el coronavirus y persistimos con el hantavirus. Pero como no bastan dos tropiezos en la misma piedra, habrá nuevas oportunidades para demostrar que la racionalidad del humano se cotiza a la baja.

Que en esto del periodismo existe un intrusismo descomunal no constituye una novedad. Y que la televisión canaria se ha erigido en plató de propaganda de las andanzas gubernamentales, tampoco. Hecho este último que se ha visto notablemente incrementado en estos últimos días con el penoso afer del fondeo, que no atraque, en Granadilla. Puerto en el que CC hizo el particular agosto en su momento y que ni siquiera ha sido capaz ahora con un conveniente silencio de intentar justificar la purriada de millones que yacen en aquellos predios. Y alrededores terrenales. ¿O no, propietarios adyacentes?

Allá por la década de los noventa del pasado siglo, siendo unos treinta años más joven, entendí que a pesar de mi trabajo en el colegio de Toscal-Longuera (formaba parte, además, del equipo directivo), secretario del Casino de la Dehesa (Sociedad Valle de Taoro), componente de un grupo folclórico y colaborador del periódico El Día, entre otras nimiedades que no vienen a cuento, me sobraban unos minutos y decidí, motu proprio, matricularme en la universidad lagunera para cursar Ciencias de la Información. Y tan mal no lo debí hacer acudiendo cada tarde, de lunes a viernes, al Seminario (sí, allí estuvimos casi tres cursos, hasta que inauguramos la flamante Pirámide; bueno, cuando no llovía, porque se convertía en un auténtico coladero cuando caían cuatro gotas) puesto que el 30 de agosto de 1996 me expidieron un título “que faculta al interesado para disfrutar los derechos que otorgan las disposiciones vigentes”. Luego, tras ser admitido en los cursos de doctorado y asistir otros dos años más a los estudios pertinentes dentro del Programa de periodismo especializado “La prensa de calidad”, y llevar a cabo un concienzudo análisis de la prensa editada en Canarias entre 1873 y 1931 (proclamaciones de la I y II repúblicas, respectivamente), que me tuvo entretenido largo tiempo en archivos y hemerotecas, el 3 de septiembre de 2004 (el otro día) hice constar mi suficiencia en la precitada universidad con otra buena calificación.

Aunque el presidente del tribunal calificador me brindó la oportunidad de marcharme a una universidad mexicana (no a hablar de Hernán Cortés, como Ayuso), díjeme para mis interiores íntimos de adentro que con mi labor de maestro, amén de cargas familiares, estaba más que servido. Y en ello continué hasta el momento de la jubilación. Pero a bastantes compañeros de esta hornada universitaria (en la orla estamos) los veo repartidos por varios medios de comunicación. Entre ellos, la televisión canaria. La nuestra, dicen. Pero qué sectaria. Y siento enormes deseos de tener una conversa para que me expliquen en qué momento de los estudios nos indicaron que debíamos ser las voz de su amo. Que dejáramos a un lado santos principios de neutralidad, objetividad, imparcialidad, beber en las fuentes, los hechos son sagrados… y nos convirtiéramos en dóciles borregos al servicio del gobernante de turno. Porque de comentaristas (consumados tertuli-anos) “apesebrados” vamos bien servidos, pero de informadores a carta cabal estamos bien escasos. Y se nota cómo ha sido vano el montante económico de fondos públicos ‘invertidos’ en tu formación para que, tristemente, te hayas convertido en un mero sostenedor de alcachofas.

¿Será la total falta de profesionalidad lo que ha convertido al periodismo en ese saco sin fondo en el que cabe cualquier cachanchán que móvil en ristre presume de tener cientos de miles de visitas en cualquier red social al uso? ¿No podrá constituir la escasez de rigor en el trabajo la causa del deterioro evidente? ¿Cómo tomar en serio un informativo que se desarrolla bajo los criterios de una sección de opinión y supeditado al interés de quien goza de la facultad de nombrar al administrador general? Me creería lo del parlamento si se requiriese una mayoría cualificada y no la simple con la que Clavijo, y socios, han montado sus chiringuitos.

Qué sabia decisión aquella por la que decidí seguir siendo maestro hasta que me muera. De haber cambiado, quizás por la petulancia de subir un peldaño en la escalera docente o por pasar a formar parte del gremio de la comunicación, es probable que no hubiese aguantado una semana. De cualquier medio de comunicación, verbigracia, me habrían expulsado por evidente falta de actitud borreguil.

Los dejo, que me voy a ver la tele. Una de esas que se publicita como servicio público. No te rías, coño. Hasta la próxima.

jueves, mayo 14, 2026

"Marditoh roedoreh"

Pixie y Dixie bien podrían ser Fernando y Manolo. ¡Ah!, claro, por supuesto, el que falta al respeto soy yo por la comparación con la serie de dibujos animados. Pues para compensar, tíldame del gato Jinks y quedamos empatados. Y me valgo de otra ilustración publicada en eldiario.es, cuya autoría pertenece a Bernardo Vergara. Porque CC y PP están mostrando su verdadera cara. Y en este lamentable episodio del crucero –que muy pronto pasará a los anales de la historia porque la rabiosa actualidad nos encauzará por otros derroteros– los máximos responsables de las más altas instituciones canarias (gobierno y cabildo) no han sabido estar a la altura de un pueblo que no se siente, mayoritariamente, representado por estos bocachanclas. Me permito generalizar porque si Clavijo fue capaz de manifestar que “tendrán que violentar a los canarios si quieren fondear el barco”, incluyéndome en una lista de indeseables (juraría que es sentimiento compartido por la totalidad de mis lectores; vale son ocho, pero con mucho fundamento), ¿por qué no me puede estar permitido pagarles con idéntica moneda? ¿En qué se diferencian estos subterfugios de las proclamas de Abascal en hundirlos directamente? Prácticamente en nada, porque tantos rodeos y excusas solo difiere en el modus operandi. Porque, en definitiva, la finalidad es coincidente: no los queremos. ¿No recuerdan ustedes lo de yo no soy racista, pero…?

Cuando todo el operativo estaba organizado y el barco en cuestión se encontraba a pocas millas de su destino, se le ocurrió a nuestro presidente autonómico –cuánta vergüenza siento de que me lo recuerden y me lo restrieguen en la cara– encerrarse en su despacho, asesorado en todo momento por el licenciado en Wyoming (quien ha permanecido escondido, en un prudente segundo plano, para que no le recuerden su procedencia), para estudiar cómo nada el oligoryzomys longicaudatus. Recurrieron a la IA, ese recurso todopoderoso en el que se apoyan los cortos de espíritu, y enviaron, vía certificada y urgente, a Madrid el detallado informe. Que, afortunadamente para los que sentimos la canariedad muy por arriba de prontos y desmanes, fue rechazado por Sanidad, lo que dio lugar a que la Dirección General de la Marina Mercante ordenara al Presidente de la Autoridad Portuaria que todo lo previsto seguía adelante sin cortapisa alguna.

¿Debo avergonzarme en estos momentos de ser canario? Nunca. Jamás. De lo que siento pena y lástima profunda es de estar regido por políticos del tres al cuarto. Porque este comportamiento barriobajero (arrabalero, ordinario, soez) de las altas instancias –cuánta incongruencia– no se corresponde con lo que yo entiendo por política. No son estos los mimbres que se necesitan. No hay que buscar tan lejos a los malditos roedores. Los tenemos nadando bien cerca. Y conveniente sería no dejarnos contagiar. Los virus que transmiten son hondamente nocivos.

La deriva (¿o escora?) del PP es peligrosa. Y CC también se contagia. Se hallan a un paso de imitar a la catedrática de Historia de América, con cinco másteres sobre la figura de Hernán Cortés, que no contenta con su periplo mexicano (¿cuánto dinero le ha supuesto a los madrileños las giras internacionales –creo que unas cuatro decenas– de Isabel?) también se opone –¡qué raro!– a que la cuarentena de los 14 españoles del crucero se lleva a cabo en Madrid, aunque se haya elegido el hospital militar Gómez Ulla porque su flamante Zendal, el de los 200 millones de euros, haya resultado un fiasco en toda regla. Menos mal que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha sido capaz de poner los puntos sobre las íes y definido a la inefable Ayuso con una fina ironía que ya quisieran para sí algunos descerebrados de estos lares.

Espero que en la próxima ocasión, que la habrá, la pléyade de asesores del tándem Clavijo-Domínguez sea capaz de cumplir con su misión, con aquella que tienen encomendada y por la que se les paga generosamente. Al menos para que entre todos –que son unos buenos cuantos– compongan una melodía que no desafine tanto. Mi pueblo presume de excelentes músicos. Cualquiera de ellos desempeñaría mejor papel que los que ahora figuran en nómina. Y, si me apuran, hasta sostendría que podrían dirigir el concierto político con batuta mucho mejor conjuntada. Porque los chirridos actuales son de órdago.

No desentonen más, marditoh roedoreh, salvo que deseen seguir siendo el hazmerreír social.

martes, mayo 12, 2026

Ópticas

Sería conveniente iniciar el relato recordando dos refranes: “De aquellos lodos, estos barros” y “quien siembra vientos, recoge tempestades”. Aplicables a las pieles finas que permiten vejaciones, insultos, calumnias, amenazas, provocaciones y demás en espaldas ajenas (bien motu proprio, bien  a través de seudomedios subvencionados) y ponen el grito en su cielo cuando pintan bastos.

El tío Tomás emigró a Venezuela cuando yo tenía muy pocos años. Nunca regresó. Ni siquiera de visita. Allá yacen sus restos. Otras familias tuvieron más suerte. Porque raro es el hogar canario en que alguno de sus antepasados no tuviera la imperiosa necesidad de cruzar el charco en busca de esperanza, futuro, porvenir. Los hados jugaron unas veces a favor, pero también en contra. Las vueltas del destino se han virado en la actualidad. Y a Canarias le ha tocado la contrapartida. Afortunadamente.

Es tan obvio lo manifestado en el párrafo anterior que me lo pude haber ahorrado. Pero lo he hecho a posta (adrede, deliberadamente). Por si algún cargo público con responsabilidad en el Gobierno de Canarias o en el Cabildo de Tenerife pudiese leerme. Sé que es misión imposible lo que pretendo, pero persisto en meter la mano en el agua. Por una razón fundamental (y elemental): tan ilustres seseras –criadas y ensoleradas en las mejores y prestigiosas universidades del mundo– no pueden perder un segundo de su muy preciado tiempo en descender a las cotas inferiores en las que se desenvuelve este jubilado. Trayectorias vitales tan dispares son como las líneas paralelas: no tendrán jamás punto de contacto.

Y suele ser esa disyuntiva la que se presenta en la realidad cotidiana. De una parte, la dirigencia va en tren de alta velocidad y desde esa tarima, placenteramente acomodada, observa que el pueblo –conformado por seres insignificantes que solo saben depositar una papeleta cuada cuatro años– transita por otra vía a ritmo mucho más lento. ¿En carreta? Pues sí. Siendo esta pausada manera de ver la vida la que le permite ir reflexionando a cada paso. Por lo que se percata de que no todo el monte es orégano y existen contratiempos que requieren las paradas de la pertinente meditación. Pongamos el ejemplo de un simple accidente en el que se ha visto involucrado un pobre ciudadano que salió bien temprano de su casa en busca de un trabajo. O de un viejillo que ‘fue a estirar las patas’ y se le dobló un tobillo. O aquel otro que se cayó en una cuneta y grita desesperado para que alguien le tienda una mano. O aquella madre que se ocupa de mil cuestiones al mismo tiempo y se le ha escapado el crío de la cuna sin atinar con qué extremidad puede solventar el difícil trance. O aquella pareja que pasea románticamente por la playa y es sorprendida por la llegada de una enorme lancha cargada de negros…

No es complicado ponerse en el pellejo de los que viajan cómodamente. No es que no puedan echar una mano ante cualquier situación imprevista, es que, simple y llanamente, no la ven. Es –deber ser– la plebe quien se encargue de mostrar solidaridad. Empatía, que se menta ahora. De manera natural, sin pedir nada a cambio. Solo porque la generosidad surge de manera espontánea. Porque aplica lo de hoy por ti y mañana por mí sin necesidad de instancias en papel timbrado. A cara descubierta, sin mascarilla y sin pensar en posibles contagios. Porque sobra humanidad, comprensión, feeling

Lo ocurrido con el barco estos días pasados constituye uno de los episodios más vergonzosos habidos en estas islas. Desde el Gobierno de Canarias (Clavijo y Domínguez, o a la viceversa), con el acompañamiento de voceros y prensa interesada (en crear polémicas), se ha llenado el vaso del despropósito y se ha venido a dar una imagen que no se corresponde, en absoluto, con lo que el noble pueblo canario ha demostrado a través de toda su historia. Y la ceguera partidaria de los correveidiles no puede, en manera alguna, justificar hechos de tanta ignominia. No nos merecemos estos que se autocalifican como nuestros representantes. Cuyas declaraciones (hasta se sumó al manual de instrucciones mi propio alcalde; me imagino quién le pasó la chuleta) echan por tierra visitas papales y asistencias dominicales a misas y ofertorios. ¿A comulgar: participación que los fieles tienen y gozan de los bienes espirituales, mutuamente entre sí, como partes y miembros de un mismo cuerpo? Judas Iscariote se les queda corto porque ustedes manejan mucho más de treinta monedas.

“Cuando baje el último pasajero tiene que salir inmediatamente para Holanda”, dijo Clavijo unas horas antes de fondear (que no atracar) el crucero. Dicho desde esta encrucijada atlántica, plataforma intercontinental y punto de encuentro de múltiples culturas, cuánta vergüenza siento. Y que un realejero, hijo de la emigración, se preste a componendas de tal calibre, si Viera te viera.

Incluso debió llegar una orden categórica de Marina Mercante porque Fernando tuvo la infeliz ocurrencia de señalar al popular Pedro José, presidente de la Autoridad Portuaria (otro acomodado), que prohibiera el fondeo en Granadilla. Y a nacionalistas de pacotilla y peperos desmadrados quisiera recordarles que sí, que las ratas nadan, pero, sobre todo, fuera del agua. Indeseables.

De los másteres acelerados en RRSS, que en quince minutos te convierten en experto perito en todos los saberes mundiales, incluso extraterrestres, escribiremos otro día.

domingo, mayo 10, 2026

Deshumanizados

El crucero Hondius nos visita hoy. Como lo hacen cientos a lo largo de cada año. Que nos traen millones de turistas para general regocijo de los dirigentes políticos. Esos seres amorfos (imperfectos, contrahechos, indeterminados…) que se privan por una controversia. Que hacen de la nada un todo y se quedan más frescos que una lechuga en el refrigerador. Cínicos y casi malnacidos (indeseables, despreciables).

Junto a las toneladas de carne humana, mucha mayor cantidad del resto de mercancías que alimentan y sostienen nuestra endeble economía, siempre pendiente de fuera. Cargueros y contenedores que son imagen cotidiana en un archipiélago en manos de allende los mares. Keine probleme. Pas de problème. No problem.

No ha tanto nos visitó una embajada de la Agencia Espacial estadounidense. A la que recibimos con los brazos bien abiertos y sonrisa de oreja a oreja porque escogió uno de nuestros hospitales por si ocurriera (o ocurriese) un percance a los astronautas en cualquier misión. Éramos en ese entonces (ayer mismo) unos afortunados. Nada importaba si desde recónditos lugares nos pudiesen llegar virus desconocidos sobre la faz de la tierra.

Ahora ha surgido una emergencia sanitaria. Grave, no lo neguemos. Que también se ha aprovechado para la pertinente confrontación política. Cualquier hecho –hasta el más leve– es excusa perfecta para atacar sin misericordia al malvado de Pedro Sánchez, causante de todos los males del mundo. Y cómo no lo iba a ser de que la cepa de los Andes, una de las múltiples variantes del archiconocido hantavirus, atravesase el Atlántico para recalar en estas peñas. Un nuevo trato colonial que hizo saltar como un quíquere a Fernando Clavijo (y como una quícara a Rosa Dávila). ¿Por qué a nosotros y no dejarlos a la deriva o... cañonearlos hasta el hundimiento?

Poco importó lo de los 14 pasajeros españoles. Cabo Verde les quedaba al lado. Que es un país tan adelantado que no debería hallarse situado en lo que, en otras ocasiones no tan peliagudas, denominamos Tercer Mundo. Con mayúsculas, para destacar. Rechazo total a que recale en esta ultraperiferia. Y ya puestos, ¿por qué en Tenerife y no en Gran Canaria? La mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía la inexcusable obligación de ponerse en contacto directo con la consejera de Sanidad por si esta estimaba oportuno saltarse la lista de espera. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, sabe perfectamente que Esther Monzón siempre coge el teléfono, aun cuando el número es para desconfiar o se hallare (o hallase) en sus ratos libres.

Marruecos no dejó aterrizar al avión que llevaba hasta Países Bajos a unos enfermos. El país norteafricano se ha comportado como lo que es y ha mostrado al mundo, también a la OMS (a la que pertenece), que eso de la defensa de los derechos humanos sigue siendo una entelequia para los retrógrados y carcas que aún existen. Por eso tomó tierra en Gran Canaria. Porque no todos somos iguales, muy a pesar de Clavijos y Domínguez. Que han puesto el rostro de la deshumanización más abyecta. Y que acudirán dentro de unos días a las misas que oficie León XIV a darse golpes de pecho y a rezar en voz alta su gran amor fraternal. Que tenga cuidado el Papa no sea que en su visita al puerto de Arguineguín le sea prohibido el acceso por Onalia Bueno, cuyo apellido echa por la borda toda su trayectoria política en materia de inmigración.

Ardieron las redes sociales –se dice– y en los perfiles dudosos se extendía lo de la masiva queja ciudadana. Como si las expresiones malintencionadas de los cuatro dirigentes de turno supusiesen una declaración urbi et orbi. No, ellos no representan al pueblo canario, noble por excelencia, que sabe, desde siempre, tender la mano al caído. Ellos son unos miserables que se erigen en falsos defensores de una ciudadanía que ni por asomo merecen.

Canarias, afortunadamente, y muy a pesar de los cantamañanas que ocupan poltronas, dispone de unos protocolos para actuar en caso como el presente, sin necesidad de alarmas del tres al cuarto, que solo buscan réditos electorales pisoteando las más elementales normas de convivencia, de humanidad.

Una vez más queda demostrado el escaso nivel de los arribistas. Que dan más de no porque jamás podrán dar más de sí. Como mi paisano, Manuel Domínguez, al que ignoro si se le pidió el certificado de vacunaciones cuando nos llegó de Venezuela y que por la cercanía a Los Andes lo mismo…

Mañana, con total probabilidad, nos entretendremos con algo nuevo. Porque lo más nimio valdrá para arrancar otro litigio, otra polémica. A costa de lo que sea. El argumentario dispone de salidas para cualquier situación. Basta con cargar culpas en espaldas ajenas. Y a todas esas almas caritativas que hoy mismo acudan los santos oficios religiosos, recen con inusitado fervor para que ese dios invocado siga siendo ciego para siempre jamás. Amén.

viernes, mayo 08, 2026

¿Quién ganó?

Era la pregunta obligada años atrás. Sobre todo entre aquellos que los veíamos de lejos. Desde Toscal-Longuera, por ejemplo. Que éramos completamente ajenos a la porfía entre ambas calles y no entendíamos muy bien el porqué del pique pirotécnico. Pero que echábamos mano del reloj para el minutaje de las sorprendentes lluvias de voladores que parecían eternas. Y cuando nos hablaban de las hipotéticas cantidades de dinero que se quemaban en la noche del 3 de mayo, hacíamos cruces –otras cruces– ante lo que considerábamos un despilfarro sin precedentes. ¡Ah!, y la respuesta era, invariablemente, que la calle del Sol, la del Medio o los fogueteros.

Pasó el tiempo y los devenires de la vida me trajeron a Realejo Alto. Y durante el primer trienio de la nueva estancia, casi inmerso en el meollo (más cerca no me podía quedar una de las ubicaciones: donde dispara la calle del Medio), pudo más la novedad y fui capaz de ‘soportar’ cómo caían los restos, aún incandescentes, sobre la calva. Y debías, a la mañana siguiente, darte unas refriegas en el cogote aún renqueante del esfuerzo de mirar hacia arriba la noche anterior, amén de limpiar azotea, patio y cancela de los restos de las carcasas. Pero como un servidor no era capaz de ‘vivir’ el espectáculo, de sentir esa emoción que tanto escucho en quienes han mamado desde la cuna tan magno acontecer, debí recurrir a la escapada. Y ya han transcurrido unas dos décadas en la que Jesús duerme como un bendito bien lejos de su Realejos norteño. Este último episodio, verbigracia, en La Gomera. Algo raro el que acuda a La Villa (San Sebastián) para la desconexión oportuna.

Como uno escribe, inveterada costumbre, tiene la manía de escuchar, procesar y luego sentarse ante el teclado. Y llevo un tiempo oyendo quejas de aquellos que, criados y ensolerados en alguna de los dos calles del litigio, observan atónitos una peligrosa deriva en la ancestral costumbre. Y que entienden que se pierde irremisiblemente su esencia más genuina. Porque desde que el ayuntamiento se ha encargado de la organización de las Fiestas de Mayo, prima más la rentabilidad política que cualquier otra faceta. Y cada acto se enfoca hacia la posibilidad de lucimiento personal del gobernante de turno. Que la multitud acuda al evento (vocablo preferido por el dirigente de marras), coma y beba profusamente (a ser posible gratis), olvide baches, atascos e infraestructuras lamentables, obras que se eternizan, y pague los favores concedidos cada cuatro años en la pertinente cita electoral. ¿Y la tradición? Anticuado, que eres un vetusto y refunfuñón.

Ahora se vive la hora cero, ese momento mágico en que se desborda –¿o se descorcha?– la euforia colectiva (como en fin de año pero a lo bestia) y nos llevamos de paso el esfuerzo colectivo de unas gentes que con tesón, voluntad y respeto son como hormigas recolectoras y mantienen bien alto un pabellón heredado por vínculos familiares. Las respectivas comisiones de ambas calles bien harían, entiendo, en plantarse ante los entremetimientos interesados. Porque la práctica habitual de echarse flores, incluso a través de méritos ajenos, viene a ser moneda de cambio corriente entre los cargos públicos actuales. Que primen convicciones y arraigos. Que dicte el corazón y no prevalezca el estómago agradecido.

Un político ostenta un cargo temporal. Condición a no olvidar. Y como tal tiene  una importante labor encomendada: gestionar los dineros públicos en aras del bien común, planificar y ser capaz de ver más allá de la inmediatez para que el municipio progrese y ofrezca una vida digna a sus ciudadanos. Todo lo demás, lo superfluo, es alharaca del bien quedar. Y, desgraciadamente, nos habituamos a los postureos, con sesiones audiovisuales en abundancia, como si ello constituyera una buena muestra de su quehacer.

También desde la Cruz Santa, lugar emblemático en los enrames florales de aquel bello paraje, se elevan voces para poner de manifiesto la pérdida de las señas de identidad. Porque el afán de convertir en multitudinarios los hechos que han ido jalonando la propia historia de aquel asentamiento, desvirtúan la propia idiosincrasia crusantera. Existe un evidente afán de acaparamiento por parte del Consistorio que no solo puede terminar minando la convivencia, sino que peligra el sustento histórico de costumbres y tradiciones. Lo que junto al acomodo vecinal –que me lo den todo hecho– podría desembocar en una conversión no deseada. Desde mi total imparcialidad, un último consejo: un respetito es muy bonito. Una mayoría absoluta no es patente de corso para… nada. Y las fiestas son del pueblo y no del arcarde o consejar del ramo. Sean felices y disfruten que todavía quedan actos para dar y tomar.