El tío Tomás emigró a Venezuela cuando yo tenía muy pocos
años. Nunca regresó. Ni siquiera de visita. Allá yacen sus restos. Otras
familias tuvieron más suerte. Porque raro es el hogar canario en que alguno de
sus antepasados no tuviera la imperiosa necesidad de cruzar el charco en busca
de esperanza, futuro, porvenir. Los hados jugaron unas veces a favor, pero
también en contra. Las vueltas del destino se han virado en la actualidad. Y a
Canarias le ha tocado la contrapartida. Afortunadamente.
Es tan obvio lo manifestado en el párrafo anterior que me lo
pude haber ahorrado. Pero lo he hecho a posta (adrede, deliberadamente). Por si
algún cargo público con responsabilidad en el Gobierno de Canarias o en el
Cabildo de Tenerife pudiese leerme. Sé que es misión imposible lo que pretendo,
pero persisto en meter la mano en el agua. Por una razón fundamental (y
elemental): tan ilustres seseras –criadas y ensoleradas en las mejores y
prestigiosas universidades del mundo– no pueden perder un segundo de su muy
preciado tiempo en descender a las cotas inferiores en las que se desenvuelve
este jubilado. Trayectorias vitales tan dispares son como las líneas paralelas:
no tendrán jamás punto de contacto.
Y suele ser esa disyuntiva la que se presenta en la realidad
cotidiana. De una parte, la dirigencia va en tren de alta velocidad y desde esa
tarima, placenteramente acomodada, observa que el pueblo –conformado por seres
insignificantes que solo saben depositar una papeleta cuada cuatro años–
transita por otra vía a ritmo mucho más lento. ¿En carreta? Pues sí. Siendo
esta pausada manera de ver la vida la que le permite ir reflexionando a cada paso.
Por lo que se percata de que no todo el monte es orégano y existen
contratiempos que requieren las paradas de la pertinente meditación. Pongamos
el ejemplo de un simple accidente en el que se ha visto involucrado un pobre
ciudadano que salió bien temprano de su casa en busca de un trabajo. O de un
viejillo que ‘fue a estirar las patas’ y se le dobló un tobillo. O aquel otro
que se cayó en una cuneta y grita desesperado para que alguien le tienda una
mano. O aquella madre que se ocupa de mil cuestiones al mismo tiempo y se le ha
escapado el crío de la cuna sin atinar con qué extremidad puede solventar el
difícil trance. O aquella pareja que pasea románticamente por la playa y es
sorprendida por la llegada de una enorme lancha cargada de negros…
No es complicado ponerse en el pellejo de los que viajan
cómodamente. No es que no puedan echar una mano ante cualquier situación
imprevista, es que, simple y llanamente, no la ven. Es –deber ser– la plebe
quien se encargue de mostrar solidaridad. Empatía, que se menta ahora. De
manera natural, sin pedir nada a cambio. Solo porque la generosidad surge de
manera espontánea. Porque aplica lo de hoy por ti y mañana por mí sin necesidad
de instancias en papel timbrado. A cara descubierta, sin mascarilla y sin
pensar en posibles contagios. Porque sobra humanidad, comprensión, feeling…
Lo ocurrido con el barco estos días pasados constituye uno
de los episodios más vergonzosos habidos en estas islas. Desde el Gobierno de
Canarias (Clavijo y Domínguez, o a la viceversa), con el acompañamiento de
voceros y prensa interesada (en crear polémicas), se ha llenado el vaso del
despropósito y se ha venido a dar una imagen que no se corresponde, en
absoluto, con lo que el noble pueblo canario ha demostrado a través de toda su
historia. Y la ceguera partidaria de los correveidiles no puede, en manera
alguna, justificar hechos de tanta ignominia. No nos merecemos estos que se
autocalifican como nuestros representantes. Cuyas declaraciones (hasta se sumó
al manual de instrucciones mi propio alcalde; me imagino quién le pasó la
chuleta) echan por tierra visitas papales y asistencias dominicales a misas y
ofertorios. ¿A comulgar: participación que los fieles tienen y gozan de los
bienes espirituales, mutuamente entre sí, como partes y miembros de un mismo
cuerpo? Judas Iscariote se les queda corto porque ustedes manejan mucho más de
treinta monedas.
“Cuando baje el último pasajero tiene que salir
inmediatamente para Holanda”, dijo Clavijo unas horas antes de fondear (que no
atracar) el crucero. Dicho desde esta encrucijada atlántica, plataforma
intercontinental y punto de encuentro de múltiples culturas, cuánta vergüenza
siento. Y que un realejero, hijo de la emigración, se preste a componendas de
tal calibre, si Viera te viera.
Incluso debió llegar una orden categórica de Marina Mercante
porque Fernando tuvo la infeliz ocurrencia de señalar al popular Pedro José,
presidente de la Autoridad Portuaria (otro acomodado), que prohibiera el fondeo
en Granadilla. Y a nacionalistas de pacotilla y peperos desmadrados quisiera
recordarles que sí, que las ratas nadan, pero, sobre todo, fuera del agua.
Indeseables.
De los másteres acelerados en RRSS, que en quince minutos te
convierten en experto perito en todos los saberes mundiales, incluso
extraterrestres, escribiremos otro día.




