Es lo que prima: la vuelta al cole. De lado dejamos las
picas de plátanos (630.000 kilos), que como no hay ganado suficiente, de cuatro
patas, acaban en la basura, sin que ningún supermercado compre unas buenas
remesas y ponerlas en el mercado a precio más económico. También obviamos, por
ahora nos queda muy lejos, que ese impresentable ministro israelí, que no se
quita la kipá (o yarmulke) ni para ir a dormir, abogue abiertamente por matar
cada noche a 30 o 40 palestinos porque su dios, que está por encima del hombre,
le exige humildad, respeto y responsabilidad en su conducta diaria… Manda
huevos, por el dios y por el susodicho.
Desde ahora, y hasta los primeros días de septiembre,
ocupará lugar preferente en los medios de comunicación el notorio incremento,
el importante desembolso que supone mochila, libros de texto, papelería variada
y material fungible, uniforme, chándal… Idéntica cantinela cada año. 500 o 600
euros por cabeza. Lo que implicará un rompedero de la ídem. E iremos de peregrinación
por las instituciones públicas y los propios colegios para solicitar ayudas. Al
inicio del curso, casi todos somos vulnerables. Incluso aquellos que
disfrutaron de buenas vacaciones en sonados establecimientos hoteleros. Porque la
prioridad se establece en función de sesgados intereses. Entre los que la carga
familiar ocupa el lugar más bajo del escalafón.
Nada nuevo bajo el sol. Se repiten esquemas de manera
machacona. Porque la comodidad se ha impuesto dejando muy de lado todo aquello
que suponga sacrificio, esfuerzo, trabajo, dedicación, lucha, tenacidad… Que me
lo den todo y si me lo traen a casa… ¿Y ustedes no tendrán una cama por
casualidad?
Aquellos que pudimos vivir de cerca, durante décadas, el
andar de la perrita, sabemos de necesidades y de otras no tan parvedades. Que
de todo hay en esta viña. Pero no solo fue pícaro el Lazarillo de Tormes. El
ingenio se agudiza porque el medrar incrementa el beneficio. Y muchos políticos
de la actualidad han errado en sus apreciaciones por la cortedad de miras. Al
ser su único horizonte la inminente cita electoral, han trastocado aquella sentencia
estoica, “hacer de la necesidad virtud” en un pesebrismo de lo más procaz.
Regalan directamente el pescado y no enseñan a utilizar la caña. La grandeza y fortaleza
humanas también se consiguen renunciando a lo que nos falta, a veces por
innecesario, a veces por pura comodidad.
No es la primera vez que lo cuento. Me temo que tampoco la
última. A todos aquellos de lágrima fácil (de cocodrilo en las más de las
ocasiones), que ponen el grito en su cielo por el precio del libro de
Matemáticas –pero no se privan de superficialidades del tres al cuarto– el
consejo de que vayan por los centros escolares y soliciten el acceso a los
libros de actas de las asociaciones de madres y padres cuando iniciaron su
andadura a finales de los años setenta del pasado siglo. Que repasen las actividades
que se acometieron para que la tan cacareada igualdad de oportunidades fuese
algo más, mucho más, que un capítulo de buenas intenciones. Lo mismo sería
conveniente extrapolar modos y costumbres. Ojalá cundieran ciertos procederes
en los acomodados, y adocenados, movimientos asociativos de la actualidad, tanto
vecinales como de cualquier otra índole.
Bien está que el dinero de nuestros impuestos revierta en el bienestar social. Pero no convirtiendo la gestión del reparto en un borreguismo exacerbado. Que impere la ecuanimidad en la vuelta al cole. No convirtamos en excepcional lo que viene a ser un peldaño más en la escalera de la vida.
¡Ah!, yo no escribo para que asientas con la cabeza y
compartas todas mis consideraciones. Si logro que reflexiones, y disientas
cuanto menester fuere, mucho habremos avanzado. ¿O no te has percatado de que
hay más de uno al que interesan los apocados del sí, bwana? De nada, que para eso estamos.




