Parece que el no a la guerra que abanderó Pedro Sánchez va
ganando adeptos. Y cuando Meloni, que tampoco es santa de mi devoción, le
planta cara al pelirrojo –cayéndole el aluvión de improperios consabido– sí que
recibe el apoyo parlamentario de la oposición italiana. Y uno se maravilla de
que por fin los del país de la bota imiten las buenas maneras y mejores modales
del fair play de Feijóo y Abascal.
Porque en abordar cuestiones de Estado, que no de política barriobajera, somos
pioneros en la Carrera de San Jerónimo, donde se sabe mucho de cómo… sube un
machango a la tribuna del Congreso de los Diputados a insultar a quien ostenta
la presidencia de la Cámara. Y es que eso de la inmunidad parlamentaria
mientras están allí dentro en el ejercicio de sus funciones –es un decir–
habría que revisarlo urgentemente, porque la patente de corso no tiene hoy
razón de ser.
Otro asunto que inunda portadas es la instrucción del juez
Peinado en el denominado caso Begoña Gómez. Del que no se puede opinar porque
el gremio (cuánto corporativismo) entiende que se invade su independencia y se
desprestigia su labor. Son las pieles finas de las que comentábamos hace unos
días. Y la desfachatez alcanza cotas alarmantes en el supuesto de la presidenta
madrileña, a la que molesta sobremanera las palabras de Bolaños mientras
aplaude con las orejas las salvajadas de su jefe de gabinete cuando arremete
contra el Tribunal Constitucional, adelantándonos las nefastas consecuencias
ante el fallo que pudiera, o pudiese, mover los cimientos del Estado cuando
dictamine el recurso del que fuera Fiscal General del Estado.
A pesar de los bandazos, y las correcciones o llamadas a
capítulo, no creo que la Audiencia de Madrid eche abajo el sumario del ínclito
juez. Y el juicio se celebrará. Y veremos sentada en el banquillo de los
acusados (guion as) a la mujer de un presidente del Gobierno. Para vanagloria
de un “ignorante metido en Plaza Castilla”. Arbitrario
y atrabiliario, que escribe mal, es farragoso, que no motiva sus argumentos y
no sabe lo que son indicios. Piropos que le dedica no este aprendiz de casi
todo sino Ramiro García de Dios, otro juez jubilado con larga trayectoria en el
mundo de las leyes.
Ojalá me equivoque de plano, pero me da que es asunto de
largo recorrido. Hasta que una instancia superior venga a poner un poco de orden
en el desaguisado, en la errática instrucción. Pero ya el daño estará hecho y
los minutos de gloria viajarán con Peinado a su retiro del chalé ilegal en La
Adrada (Ávila). Porque él, y sus santos cataplines, sí puede.
Concluyo con algo que no me cuadra: los concursos de belleza.
Denostados por unos y glorificados por otros. Mientras unas se desgañitan por
la utilización espuria de la mujer, que es tratada como un mero objeto, las
aspirantes se incrementan en cada convocatoria. Una prueba la encontramos en
las próximas fiestas de mayo en Santa Cruz. Donde su concejal, Javier
Caraballero, con su clásica boca desvarada por la perenne sonrisa que le
acompaña (incluso para anunciar la noticia más tétrica que te puedes echar a la
cara), nos adelanta que será 85 (35 adultas, 20 mayores –tercera edad–, 20
niñas y 10 niños) el número mágico que paseará por el escenario y lucirá el
mejor traje de mago que se haya visto nunca jamás. Ni Alfred Diston ni el Prebendado
Pacheco. Que siga el carnaval. Y yo con estos pelos.
¡Ah!, una primicia: la operación Kitchen no existió. Fue un invento de los medios. Es lo que afirman los testigos llamados a declarar. Pero los que mintieron fueron los periodistas en otro juicio reciente. Ay de aquellos jueces –la mayoría– que trabajan con abnegación impartiendo justicia y viendo como otros –la minoría– echan por tierra sagrados principios convirtiéndola en un ¿cachondeo? Lo dicho: nos estamos luciendo.




