No, no corren buenos tiempos. Pintan bastos en esta época
convulsa. Ya ni son consistentes los innegables avances sociales para poner freno a una deriva.
Nos tiramos de los cuatro pelos ante las tropelías del magnate estadounidense o
las boutades de Isabelita, la castiza.
Pero, en el fondo, nos encanta dirigir nuestros pasos hacia ese modelo. Y como
no existen, por ahora, visos de solución alguna, tendremos que probar de esas otras
medicinas. Que no se nos atraganten.
Estamos necesitados de buen correctivo. Que nos vuelvan a
implantar el copago farmacéutico, que la escuela pública se convierta en la
hermana pobre del sistema educativo, que nuestras pensiones vuelvan a ser de
prestaciones de miseria y no se revaloricen cada año porque debemos rescatar
entidades bancarias, que nuestros campos se tornen terrenos yermos ante la
escasez de mano de obra (indeseables inmigrantes) y la cesta de la compra solo
esté al alcance de los privilegiados que ostentan un cargo o nacieron en el
seno de familias con apellidos de noble alcurnia. Cuando el señorito dicte las
normas de lo tomas o lo dejas, donde vuelva a implantarse hasta el derecho de pernada
(que no, no lo fue, aunque te lo cuenten los libros de historia, un hecho,
triste y lamentable, de la Edad Media), donde no puedas siquiera caerte muerto
porque hollas el coto particular del dueño del cotarro (ese al que debes hacer
reverencia cada vez que pase y quitarte el sombrero en señal de agradecimiento
por dejarte malvivir)…
Cuando esos puntos suspensivos, que engloban un amplísimo
capítulo de restricciones que entendíamos superadas, te den tortas hasta en el
carné de identidad, puede que la bombilla se te vuelva a encender. Lo malo será
que la intensidad de la corriente ya no te haga cosquillas. Y el crujir de
dientes no valdrá ni de epílogo o desenlace. El cainismo nos ha traído hasta
este oscuro destino. Pero es que no se atisba luz de esperanza aunque Canarias
parece resistir. Debe ser que la cultura democrática nos llega con el alisio.
Que el cambio climático no nos los haga desaparecer. Aunque las aritméticas nos
jueguen, a posteriori, malas pasadas.
Extremadura y Aragón serán lo que Vox quiera. Buscar excusas
vanas, ahora cuando las urnas han dictado sentencia, se antoja ejercicio carente
de fundamento. Pero —ay, el
dichoso pero— se reproducen de
manera machacona. El PSOE culpa a Feijóo y el PP a Pedro Sánchez. Echo en falta
debates en los que primen fundamentos políticos de calado. Ya está bien del laissez faire, laissez passer. El pasotismo
y el ande yo caliente deben ser desterrados de manera radical. Las implicaciones
brillan por su ausencia. El compromiso ha pasado a mejor vida.
Sigan pensando que los viejos, aquellos que nos retiramos
por mil causas que no vienen al caso, son —somos— los que
dieron origen a estos lodos. Aquellos que hoy mismo miramos a Portugal
como asidero. Porque a algo debemos agarrarnos. La esperanza me mantiene. Y
como los comités —insulares,
regionales y federal— se conforman con miembros selectos, la crème de la crème, aquellos cargos públicos que deben decidir y
valorar la gestión de “ellos mismos” (a ver quién demonios se va a mirar su
propia joroba), nos hemos ido olvidando de la confrontación de ideas, programas
y, en fin, puntos de vista acerca de una realidad que se nos va de las manos a
pasos agigantados.
Como la autocrítica está muy mal vista, si por un casual estas reflexiones llegan a tan altas seseras, al contenedor de los arritrancos (o arretrancos, que tanto monta): trasto viejo e inútil que estorba (también, persona despreciable). Si lo que está a la vista no requiere espejuelos, ¿no será posible que una de estas borrascas nos traiga unas buenas dosis de sensatez? Cállate, Jesús, que ya estás obsoleto.





