Se lleva la palma el gallego que llegó a Madrid para moderar
el discurso de un Casado que sufrió tal encontronazo con Ayuso que debió salir
por patas (por la infeliz ocurrencia de denunciar supuestas corruptelas en el
entorno de la intocable). Y lleva nuestro antagonista una trayectoria tan
zigzagueante como la de la procesionaria (de los pinos, que no Dolores Ibárruri).
Porque comenzó a soñar cada noche que veíase en La Moncloa y al despertar –vaya
desgracia– la realidad le daba cada estampido que incluso debió ser operado
porque los ojos comenzaron a fallar.
Tan tozudo es el contexto que recurro a una foto de hace
unos años en la ceremonia de entrega de los Goya. Muy premonitoria, por cierto.
Si se fijan bien diera la impresión de que todos quieren darle la espalda. Y me
recordó a Rajoy cuando en las cumbres habidas por esos mundos de dios, dado que
su inglés era “very difficult”, debía aislarse en un rincón más solo que la
una. Qué patética imagen para España.
Saben mis inestimables seguidores –pocos, pero bien avenidos–
que Alberto no es presidente porque no quiere. Y conveniente sería que sin ambages
proclame que España sí lo merece. Pues la cantinela de que el país no es digno
de tener –no merita la pena, que diríamos por estos lares– un gobierno dirigido
por el malvado de Pedro Sánchez, corrupto, golfo, descompuesto y cientos de
calificativos más. O como se canta en los mítines de Vox (con coreografía y baile
incluidos): hijo de puta. Así, sin anestesia, con dos… higos de pico, que es la fruta preferida de Isabelita.
Me da que este ciclo político está tardando demasiado en
cambiar de rumbo. Dónde demonios habrá quedado aquello de que hablando se
entiende la gente. Claro, cuando Aznar parió lo de “el que pueda hacer, que
haga”, pusiéronse todos a la labor. Y ha tenido éxito el eslogan. Tanto que
hasta en Washington y Tel Aviv aceptaron el envite y ahí están aportando su
granito de arena para mantener el orden (pacífico) mundial. Y por aquí no solo
lo dirigentes de la derecha extrema (y de la extrema derecha) se han lanzado en
tromba a la yugular de un gobierno, legítimamente elegido (cambien las normas
constitucionales si no les gusta el procedimiento), sino que –esa impresión
tengo y sus ilógicas actuaciones me lo ratifican– ciertos encumbrados del poder
judicial se han sumado a la campaña. Si no, ¿me quieren ustedes explicar por
qué el procedimiento contra Álvaro García Ortiz, exfiscal general del estado,
circuló con velocidad endiablada, cual fórmula 1, mientras que el de Montoro
transita como panda con el motor gripado?
No, no estamos pasando por los mejores momentos. Cada vez
que algunos abren la boca se encarece el pan. Y por si había poco jaleo con lo
doméstico (sesiones del Congreso y Senado, verbigracia) llega nuestro invitado
de hoy y demanda el regreso del emérito defraudador porque fue el artífice de
que el golpe de Tejero no pasara de simple intento. Admitiendo el beneficio de la
duda, ¿qué diantres tendrá que ver la velocidad con el tocino? Y armamos un
jaleo de padre y muy señor mío acerca de dónde se va a alojar el pobrecito.
Como no tiene donde caerse muerto, estimado Núñez Feijóo, qué mejor sitio que un
chalet de Moaña, con acceso directo al mar (ilegal, pero no importa, él se
mueve bien en esos ambientes) donde tendrá a su disposición el yate (ya sabes a
cuál me refiero). O, si no, en la cárcel, donde dispondrá de comida y cama
gratis.
Repite, Alberto, conmigo: España me merece. Dilo mil veces y
a lo mejor…





