Continúo, como él, metiendo la mano en el agua porque la
esperanza me mantiene. Unas letras en el Mirador del Almendrillo no suplen
carencias evidentes en una isla en la que aún se tiene que hablar a escondidas.
En la que las paredes oyen y se chivan. Donde el pesebrismo es la práctica dominante.
Donde casi todos deben (deberían), pero se deben. Donde las políticas siguen
siendo prácticas subsidiadas. Donde un encuentro de mayores, pomposamente vendido
en medios que también comen en idénticos dornajos, se convierte en acto de
exaltación de figuras que en pleno siglo XXI siguen vigentes y a las que se rinde pleitesía. Que al llevarse a cabo en enormes carpas (corren, y se despilfarran,
rápidos y fáciles los dineros), se emulan entradas bajo palio. Emperadores de
nuevo cuño. O no tan reciente.
Sí, me mantiene la esperanza de que otras luces puedan
brillar. El eclipse total de la actualidad, que parece emular procederes del
Ortega ¿sandinista?, es harto notorio en caminatas y descansos. Y uno añora
sentarse en cualquier terraza y poder cantar libremente. E invocar el atenazado
artículo 20 de la Constitución por quienes se jactan mediante proclamas tan
vacuas como el cerebro de las aguavivas. Porque ni una sin alcohol –solo la de
limón– se puede uno llevar al gaznate sino hablando de fútbol, del ignominioso último
mundial por mucho que la jugada nos haya salido bien. O no, porque la sombra
del pelirrojo es muy alargada. ¿También? ¿La habremos exportado como hicimos
con Ruiz de Padrón?
Cuánta pena el vivir con la cabeza gacha. Que ni siquiera puede equipararse a la de un campesino que
cava el suelo en detrimento de echar una visual al cielo. Este jociquea desde
el amanecer y riega la cosecha con el sudor de su frente. Para poco, mas para
algo: el orgullo del apego a una tierra, a su tierra. Pero aquel, santo
inocente, es el sumiso que satisface deseos del ser superior, arrogante y
egocéntrico. Ojalá no acaben con tu Milana, pobre infeliz. Solo espero y deseo
que un buen día, más pronto que tarde, una piedra de las que remueves con la
guataca te alcance el totizo y despiertes de tan largo sueño. Porque tienes a
tu alcance, y sin saberlo, el arma poderosa para el cambio. Donde la
desconfianza deje de ser espada de Damocles. Que la sana algarabía de una amena
charla, en la que la diversidad de pareceres vuelva a transcurrir por los
cauces de la normalidad, inunde plazas y rincones. Que sean los enormes árboles
refugio y cobijo de los solajeros y no tétricos escenarios conspiranoicos.
Sí, existe el miedo. Mucho. Los tentáculos del espionaje
coadyuvan. Y de qué manera. Los micrófonos ocultos graban inmisericorde. Que se
extienden más allá de lindes geográficas. Que navegan y sobrevuelan. Antenas desplegadas
que cubren laderas, lomadas y barrancos y desarrollan una cobertura excelente.
Señal: óptima. Modus operandi. Modus vivendi.
Los viejos, irremisiblemente, nos iremos. Ley de vida. Y de
muerte. Presiento, no obstante, que algo está cambiando. “Solo no estoy. Están
conmigo siempre horizontes y manos de esperanza”. Sueño con otros amaneceres
donde el desperezo matinal evapore los miasmas deletéreos que aún restan cual sedimentos
de un atavismo adherido a las (in)consciencias. Ojalá que las herencias se
liberen de servidumbres. Para que el pueblo vuelva a serlo. Sin tutelas. Sin
papis.
A ti, 20, gracias por permitirme expresar libremente mis
pensamientos, ideas, opiniones. Sin que ningún ‘ordenador’ me haya restringido
tal derecho. Y a ti, Pedro, que te echen de menos: “Y cuando mis palabras se
liberen del combate en que muero y en que vivo, la alegría del mar le pido a
todos cuantos partan su pan en esta isla que no sea silencio amordazado”.




