Será trabajo de los científicos averiguar cómo demonios
llegaron tan lejos, porque es harto sabido que su cortedad y escasez de
alumbrado no explican en manera alguna que hayan sido capaces de soportar un viaje
tan largo y en unas condiciones gravitacionales tan difíciles. Por lo que el
misterio tardará varios siglos en resolverse. Todo ello, obviamente, va a
imposibilitar que ambos puedan en un futuro más o menos distante acudir a la
llamada de Zarzuela para que asienten sus dominios en Moncloa. Por mucho que lo
deseen. O no. Las leyes de la física son
inexorables.
Nos hallamos en condiciones –al menos en un 99,99% de posibilidades–
de asegurar que el rastro de los miasmas deletéreos que ambos cuerpos fueron
dejando por el espacio sideral han sido clave en el hallazgo. Vamos, que las
emanaciones gaseosas que se desprenden de las fermentaciones y de las
combustiones imperfectas marcaron el devenir de la investigación. Traduzco: el
tufo no dejaba lugar a dudas. Político, por supuesto. En asuntos de higienes
personales, cada cual haga de su capa un sayo.
Al equipo que tengo el honor de liderar –reitero, modesto
pero muy eficaz– le extrañó sobremanera que otras líneas de escudriñamiento no
hayan caído en algo tan simple. Que no difiere demasiado de lo que viene
ocurriendo de un tiempo a esta parte en el Congreso de los Diputados. Lo del
Senado es ya menos evidente porque lo han convertido en exclusiva sala de comparecencias,
consecuencia de las infinitas comisiones creadas, que intentan justificar
sueldos indebidos y que soslayan el primigenio objetivo de la cámara: ser la
voz de la representación territorial. Y otro miasma deletéreo.
¿Y el tercero? Sigue el dilema planteado. Aunque hay avances
evidentes. Porque de igual manera que cuando el feto se muestra de culo y hace
más complicada la identificación del sexo, no existe imagen lo suficientemente nítida
para asegurar de que se pueda tratar de Domínguez o Clavijo. Otros especímenes
han sido descartados rotundamente.
Al primero se le creyó ver recitando la reflexión hamletiana,
calavera en ristre, del ser o no ser, esa es la cuestión. Pero como el sonido fallaba
más de la cuenta, no hay certeza absoluta de si la declamación venía con
traducción incorporada o estaba aún en versión original (To be, or not to be, that is the question). Y la duda razonable
surge. Sabido es que el segundo en el organigrama estudió en la Universidad de Wyoming, donde lógico
es presuponer que se imparten las clases en el idioma de Shakespeare. Y dado
que siguen bien resguardados en sus trajes espaciales, la identificación no
está resultando fácil.
Nada me extrañaría, no obstante, que dado el escaso valor de
los sujetos, registrados o no, acaben por ser desechados y abandonados a su
suerte. No se puede estar perdiendo el tiempo, eso piensa el equipo científico,
en nimiedades del tres al cuarto. Lo verdaderamente importante es saber si en
aquellos lejanísimos predios es posible que la vida humana medre y con estos
tres ejemplares es completamente inviable resolver tal disquisición. Seguiremos
esperando al camino inverso, es decir, que seres de otros sistemas solares nos
vengan a visitar y nos saquen de dudas. Lo malo sería que aterricen en la
Carrera de San Jerónimo o en Teobaldo Power, donde puede que corra peligro su
integridad física por la animadversión de quienes piensan que pueden ser
desalojados de sus poltronas. Y el sillón lo defenderán con uñas y dientes.
Presentarán más resistencia que los guanches en Acentejo.
Seguiremos informando. No duden de que ante nuevos hallazgos, ahí estaremos, al pie del cañón.




