En le entrada anterior me olvidé –cosas de la edad– de unos
apuntes. Y como rectificar es de gente normal, que no de sabios, van las
oportunas aclaraciones:
Aquellos que se sienten satisfechos con besitos y las
fiestas de la ignominia a cambio de que su poder adquisitivo vuelva a niveles
de años idos, mucha falta les está haciendo un reposado examen de conciencia,
un acto de contrición en cualquier confesonario al uso. Para que comprueben
fehacientemente que la penitencia impuesta no les podrá suplir tantas
restricciones. Pero si aun así prefiere que la marcha atrás sea la única que
funcione en su particular caja de cambios, con toda la claridad y sencillez
posibles para que me entiendas a la primera, te manifiesto abiertamente:
¡jódete! Cuando nos percatemos ‒somos
unos cuantos millones y podemos desnivelar el fiel de la balanza con pasmosa
facilidad‒ del enorme poder
que tenemos a nuestro alcance, deberán disiparse dudas para que los políticos,
como administradores de huchas y cajas de caudales, actúen en consecuencia. Y
no son, precisamente, aquellos –muchos– que solo han sabido vivir bien
agarrados a la teta pública, quienes estén en condiciones de dar lecciones a
los que ha currado toda una vida para sacar adelante a una familia. Supriman
también los viajes del Imserso porque los jubilados no se merecen tantas
atenciones y viajes casi gratis. Que ese dinero malgastado lo necesitan
diputados y senadores para otros garbeos más perentorios.
Y sesudos periodistas, entre ellos los ilustres Inda e Iker,
al rescate de las meteduras de pata del que vino de Galicia a poner orden y
concierto. Pasando de la defensa a ultranza de una moderación exquisita a una
exacerbada inquina a quien fue capaz de articular una mayoría parlamentaria que
le ha permitido gobernar, eso sí, entre trancas y barrancas, unos buenos
cuantos años. Contando, además, con el beneplácito de una justicia –el que
pueda hacer, que haga– que dilata procedimientos ‘populares’ hasta extremos que
rayan la desvergüenza, mientras que en otros aferes muestra una celeridad digna
de encomio. Y mientras en otras profesiones los errores se pagan con graves
sanciones, aquí, por aquello del corporativismo, pelillos a la mar.
Escuché días atrás a un jubilado que le dedicaba unas
palabras a un tal Figaredo. El típico ejemplo de cómo puede ser diputado
cualquier cantamañanas. Lo calificaba como un niño con pañales, sobrino de un
tal Rato, y vocero (también voxero)
de los que defienden la teoría de que el sistema de pensiones es insostenible.
Como lo fue cuando un tal M. Rajoy dio un hachazo sin precedentes a la
denominada ‘hucha’ porque había que salvar a Bankia. Entidad bancaria al frente
de la cual estaba su tío, modelo, junto con Montoro, de cómo se gestiona lo
público para patrocinio exclusivo de lo privado. Por cierto, ¿sabes algo de los
trafullos destapados de cuando Cristóbal era todopoderoso ministro y adoptaba
acuerdos para favores directos al gabinete que había montado? ¿Nada, verdad? Es
la doble vara de medir de la justicia. Esa que reclama independencia cuando se
critican sus decisiones. Con un CGPJ tan contaminado que en vez de velar por la
ejemplaridad de actuaciones de suma trascendencia, se dedica a tapar desmanes
al tiempo que nos reclama obediencia ciega en su labor. No, aterricen, sean
humildes, prediquen con el ejemplo, que las clases especiales (castas) no
tienen razón de ser en una democracia consolidada. O lo mismo cometo tremendo
error al considerar que todos los Poderes del Estado ya lo tenían asumido. Yo
no quisiera comparar la toga con el tricornio de Tejero, pero me lo ponen a
huevo.
Y a esos mozalbetes que cantan consignas de tiempos idos, a
lo peor sería conveniente que sufrieran en propias carnes oprobios y
restricciones de un pasado no tan lejano a modo de escarmiento. Lo mismo
despierta esa panda de comemierdas. Porque si hoy en democracia (todo lo imperfecta que tú quieras) algunos dicen lo que dicen, imagínate qué harían en un régimen autoritario (como el que añoran).


