Pero el problema es que si estos no han ocultado jamás sus
intenciones detrás de una careta, los de Feijóo, en una deriva constante, han
aceptado sus postulados sin el más mínimo rubor. ¿Dónde quedó la moderación del
gallego? ¿En el mismo retrete en el que Rajoy depositó su memoria? ¿En la
trituradora de papeles o en los martillos destructores?
Tengo 77 años y el susto vive conmigo. No por mí, que ya me
encuentro en la curva descendente, pero se avecinan malas cosechas para hijos y
nietos. Porque cercenar derechos, que creíamos consolidados, será moneda de cambio
corriente. Y cuando desde hace muchos años escribía que mucho lobo disfrazado de
linda ovejita deambulada por los vericuetos de la política, alguno me espetaba
que exageraba en grado sumo. Y es que no existen diferencias entre los de aquí
y los de allí. Puede que los collares no sean homogéneos, pero los andares de los
canes no muestran divergencias.
No hace falta ser un observador nato para percatarse de los
parecidos en los postulados voxianos
con los trumpianos. Cuando el
estadounidense se enfrasca en batalla, por ahora dialéctica, aunque todo podría
andarse, con la máxima autoridad de la iglesia católica, incluso remedando sus
principios en redes sociales, incita a los imitadores de rojo y gualda a que
arremetan contra todo aquel que ose defender al diferente. Porque la ‘prioridad
nacional’ es de por sí argumentario más que suficiente para echar por la borda
al negrito de mierda que llega en frágil embarcación a quitarnos el pan de la
boca. “No hay alimento para todos”, se jactan ya de proclamar a los cuatro
vientos.
Mal momento escogió el obispo de la diócesis de Canarias,
José Mazuelos, para indicar a estos salvapatrias
que se metan en un cayuco durante cinco días, y sus respectivas noches, sin
agua y sin alimento alguno, para que sean capaces de ponerse en el lugar de
esas personas que se lanzan al océano en busca de algo a lo que aferrarse. Y no
es solo por el principio cristiano de que todos somos hermanos en la viña del
Señor, sino que si somos dignos acreedores a que nos consideren humanos, hay
que atenderlos y cuidarlos. Salvo que, y esa parece ser la peligrosa tendencia,
podamos calificar a estos impresentables como vulgares carroñeros.
No tardaron demasiado –cómo vuelan las noticias– en lanzarse
desde Madrid a la yugular del prelado. Y
me pregunto qué demonios pinta el negro de la foto dorándole la píldora a la
pandilla de impresentables. Bueno, él mucho más. Aunque se disfrace de rey mago
(el que faltó en el cartel realejero) para llevarle carbón a Pedro Sánchez. Menos
mal que no lo disparó con un cañón. Ganas no le faltarían. Digno ejemplar de
los que sostienen que vivimos en una dictadura. ¿Lo metemos en una patera, a
cobro revertido, y los devolvemos a Camerún? ¿Falta de ignorancia, que diría
Cantinflas, o mala leche?
Mucho tendría que aportar el periodismo ante esta situación.
No se puede permanecer de brazos cruzados ante intromisiones de tal guisa. El
deberse a los condicionantes del medio para el que se trabaja no debe seguir
siendo la excusa para soslayar responsabilidades, éticas y profesionales. El
derecho constitucional de comunicar libremente información veraz por cualquier
medio de difusión no puede ser pisoteado por cantamañanas del tres al cuarto.
Y, desgraciadamente, hay más de un ejemplo en esta jungla.
“Los acuerdos de PP y Vox contra migrantes califican a
quienes lo firman”, manifestó el presidente Clavijo. Y olvidó lo que CC ha
rubricado en varios ayuntamientos. Y soslayó que tiene un pacto con quien le
pone el cuño a su propia sentencia. Que está presidido, casualidades de la vida,
por otro que nos llegó de allende los mares.
Qué turbio porvenir nos espera. Dios nos coja confesados si
Alberto o Isabel, Isabel o Alberto (que tanto monta)… Aparta de mí esos malos
pensamientos. Por cierto, ¿cabría el caballo de Santiago en el Falcon?




