Corría el mes de marzo del año 2001. Colaboraba entonces,
con un comentario semanal, en un programa que dirigía José Manuel Martín en
Radio Realejos. Y como uno no tiene dinero para publicar en formato libro al
menos una selección de todo lo que se ha ido acumulando –incluyan los varios
centenares de artículos periodísticos– debe conformarse con recordar algunos de
vez en cuando. Ahora, en este blog; mañana, quién sabe dónde. Como este que
transcribo:
«Hurgando
en papeles viejos de las hemerotecas se encuentra uno con grandes sorpresas. Un
maestro tacorontero, Manuel García Pérez,
fecundo colaborador en periódicos de las primeras décadas del siglo XX, que se
firmaba con el seudónimo de Tinguaro, escribió en el periódico portuense El Teide, el día 9 de septiembre de
1908, un artículo titulado Los jazmines
de una escuela. Del mismo rescato estas líneas:
Esta mañana, al
despertar de un sueño interrumpido por las múltiples preocupaciones que
embargan mi mente adulta, lo primero que apareció en el escenario de mis
recuerdos fue unos jazmines que había en el patio de la escuela de mi pueblo.
Aquellos jazmines eran entonces el único
reloj que allí se encontraba. Tanto el maestro como sus discípulos leíamos la
hora en las flores de los jazmines. Pero solamente marcaba por la tarde. Cuando
aquellas campanillitas de seda roja abrían sus delicados pliegues, que durante
las horas de sol ocultaban cuidadosamente sus estambres, como si los rayos del
astro rey amenazaran el germen de la reproducción guardado en el sagrario del
pistilo, entonces era la hora de salir de la escuela, entonces un resplandor de
libertad iluminaba nuestros semblantes...
Del
periódico profesional El Auxiliar, que se subtitulaba Periódico de Instrucción primaria y
dirigido por D. Juan de la Puerta
Canseco, otras muestras. Su primer número vio la luz el 12 de octubre de
1860. Fue periódico decenal, constaba de 8 páginas y pervivió, en tres épocas
diferentes, hasta su número 455 (20 de mayo de 1899), es decir, casi cuarenta
años. Y perdonen los radioyentes que me vuelva a centrar en el terreno
educativo. Pero, a buen seguro, muchas de estas cosas se vienen repitiendo
cuando han transcurrido más de ciento cuarenta años.
Para que la Instrucción primaria adquiera en
Canarias la importancia que merece, es necesario que se presente á sus
encargados un porvenir menos sombrío que el que hoy columbran; que no se les
deprima con humillantes comparaciones, que, en fin, garantizándoles el
esclusivo ejercicio de su ministerio, encuentren una justa remuneración á su
trabajo y á sus desembolsos. (22-noviembre-1860, número 3)
Intimamente ligada la educacion del hogar con
la Instrucción dada en la Escuela, no queda duda alguna de que los Padres deben
ser los mas eficaces auxiliares de los Profesores de Instrucción primaria. Esta
es una verdad tan conocida, que no debieramos ocuparnos de ella, si la
esperiencia no nos demostrara que no siempre los jefes de familia están de
acuerdo con los profesores. Por el contrario, á veces destruye el uno lo que el
otro edifica á fuerza de cuidado y de perseverancia... (22-noviembre-1861, número 3, año II)
No nos cansaremos de repetirlo, el dia en que
todos los padres comprendan la conveniencia que hay de visitar con asiduidad
las aulas, y guardar al Profesor todas las consideraciones que se merece, ese
dia la enseñanza pública habrá dado un gran paso y se habrá desterrado ese
indiferentismo que mata toda buena aspiración y todo estímulo... (2-enero-1862, número 7)

Que la ignorancia es la fatal consejera de lo
absurdo, lo anómalo y hasta lo criminal con desconsoladora frecuencia, nadie lo
desconoce, así como tampoco nadie pone en duda que el desarrollo de todos los
intereses del país depende del fomento de la instrucción. El Maestro de
escuela, modestísimo funcionario que, á pesar de ser con dolorosa frecuencia el
blanco donde ejercitan los que estiman agudezas de ingenio para mortificarle y
escarnecerle, muchos seres extraviados por las nieblas de la perversión y el
embrutecimiento, prepara el porvenir de las futuras generaciones, y necesita,
por lo tanto, que le envuelva el público prestigio, que le rodeen las
consideraciones de sus conciudadanos para que, auxiliado de la confianza que
inspire en el seno de las familias, donde de tanto valor pueden ser sus
saludables consejos, germinen y fructifiquen las semillas que deposite en el
tierno corazón de la infancia... (16-octubre-1886,
número 2)
No podemos menos que levantar nuestra humilde
y desautorizada voz, para inclinar el ánimo de los encargados de vigilar el
desarrollo de la primera enseñanza pública, á fin de que desplieguen ese celo,
esa actividad, ese vigorismo tan necesarios y precisos, para que desaparezcan
de una vez y para siempre jamás, señalados e injustificables abusos que tanto
dañan aún á la instrucción primaria... (16-septiembre-1887,
número 35)
Cierro
los ojos y medito profundamente si el hurgar en papeles viejos ha valido la
pena. Cuando concluyo que hace 140 años se luchaba por las mismas nobles
causas, creo más firmemente en la enorme responsabilidad que pesa sobre
nuestros hombros. Y la losa del tiempo no puede, en manera alguna, hacernos variar
los planteamientos de siempre. Porque perderíamos el norte, nuestro norte. El 26 de noviembre de 1888, un artículo,
también de El Auxiliar, titulado Las escuelas de adultos, indicaba: La primera enseñanza debe ser esencialmente
educativa, debe tener un carácter integral. Y no había LOGSE. Ni siquiera
ministerio propio, que como tal se constituyó en 1900.
Finalizo
con una nueva cita reiterando mi solicitud de disculpas por tratar algo que me
atañe directamente. Pero si vale de llamamiento a la sociedad para que cada
sector se implique en esta labor, algo habré conseguido.
El Maestro ha de ser dulce en sus modales, y
cuando hable con sus discípulos deberá usar el lenguaje y tomar el aire, no de
autoridad severa, sino de quien ruega o persuade. Pero en el fondo ha de
sentirse fuerte para sostener sus determinaciones, o no hará nada con buen
éxito, especialmente si pretende ganarse el corazón de sus alumnos. (16-marzo-1887, número 17)
Añado
que libertad no significa, no debe significar pérdida de autoridad. Y es más
que probable que no hayamos sido capaces de hacerlo comprender a los jóvenes,
que han creído que su autonomía no tiene límite alguno. Aunque hoy me haya
extendido, creo que ha valido la pena. Ojalá que la reflexión les ocupe algunos
minutos más en esta semana».
A la meditación anterior añadan 25 años más, los
transcurridos desde aquel 2001. De los cuales unos buenos cuantos los he podido
contemplar desde el otro lado de la barrera: la jubilación. Pero el contacto no
se ha perdido. Primero, por razones familiares bien directas. Segundo, porque
existe un trabajo amplísimo (Prensa y educación en el Norte de Tenerife entre
la I y la II repúblicas, 1873-1931) que me permite establecer comparaciones
entre años idos y un presente incierto.
Hace unos días alguien volvió a insinuarme el acudir a los
organismos oficiales en busca de financiación. Convicciones éticas no me lo
admiten en estos momentos. Me niego a participar en componendas. Si fueron
capaces de argumentar que “si ella está presente, nosotros no acudiremos”, les
devuelvo la moneda con “si ellos van a estar presentes, conmigo no cuenten; a
costa mía, rotundamente no”. En mi hambre mando yo (título de una canción). La
dignidad no se puede perder por treinta monedas (los euros que te van a
conceder como magnánimo servicio). Por donde les quepa (título de otra
canción). Y a perdonar porque hoy hubo más largueza.