martes, mayo 12, 2026

Ópticas

Sería conveniente iniciar el relato recordando dos refranes: “De aquellos lodos, estos barros” y “quien siembra vientos, recoge tempestades”. Aplicables a las pieles finas que permiten vejaciones, insultos, calumnias, amenazas, provocaciones y demás en espaldas ajenas (bien motu proprio, bien  a través de seudomedios subvencionados) y ponen el grito en su cielo cuando pintan bastos.

El tío Tomás emigró a Venezuela cuando yo tenía muy pocos años. Nunca regresó. Ni siquiera de visita. Allá yacen sus restos. Otras familias tuvieron más suerte. Porque raro es el hogar canario en que alguno de sus antepasados no tuviera la imperiosa necesidad de cruzar el charco en busca de esperanza, futuro, porvenir. Los hados jugaron unas veces a favor, pero también en contra. Las vueltas del destino se han virado en la actualidad. Y a Canarias le ha tocado la contrapartida. Afortunadamente.

Es tan obvio lo manifestado en el párrafo anterior que me lo pude haber ahorrado. Pero lo he hecho a posta (adrede, deliberadamente). Por si algún cargo público con responsabilidad en el Gobierno de Canarias o en el Cabildo de Tenerife pudiese leerme. Sé que es misión imposible lo que pretendo, pero persisto en meter la mano en el agua. Por una razón fundamental (y elemental): tan ilustres seseras –criadas y ensoleradas en las mejores y prestigiosas universidades del mundo– no pueden perder un segundo de su muy preciado tiempo en descender a las cotas inferiores en las que se desenvuelve este jubilado. Trayectorias vitales tan dispares son como las líneas paralelas: no tendrán jamás punto de contacto.

Y suele ser esa disyuntiva la que se presenta en la realidad cotidiana. De una parte, la dirigencia va en tren de alta velocidad y desde esa tarima, placenteramente acomodada, observa que el pueblo –conformado por seres insignificantes que solo saben depositar una papeleta cuada cuatro años– transita por otra vía a ritmo mucho más lento. ¿En carreta? Pues sí. Siendo esta pausada manera de ver la vida la que le permite ir reflexionando a cada paso. Por lo que se percata de que no todo el monte es orégano y existen contratiempos que requieren las paradas de la pertinente meditación. Pongamos el ejemplo de un simple accidente en el que se ha visto involucrado un pobre ciudadano que salió bien temprano de su casa en busca de un trabajo. O de un viejillo que ‘fue a estirar las patas’ y se le dobló un tobillo. O aquel otro que se cayó en una cuneta y grita desesperado para que alguien le tienda una mano. O aquella madre que se ocupa de mil cuestiones al mismo tiempo y se le ha escapado el crío de la cuna sin atinar con qué extremidad puede solventar el difícil trance. O aquella pareja que pasea románticamente por la playa y es sorprendida por la llegada de una enorme lancha cargada de negros…

No es complicado ponerse en el pellejo de los que viajan cómodamente. No es que no puedan echar una mano ante cualquier situación imprevista, es que, simple y llanamente, no la ven. Es –deber ser– la plebe quien se encargue de mostrar solidaridad. Empatía, que se menta ahora. De manera natural, sin pedir nada a cambio. Solo porque la generosidad surge de manera espontánea. Porque aplica lo de hoy por ti y mañana por mí sin necesidad de instancias en papel timbrado. A cara descubierta, sin mascarilla y sin pensar en posibles contagios. Porque sobra humanidad, comprensión, feeling

Lo ocurrido con el barco estos días pasados constituye uno de los episodios más vergonzosos habidos en estas islas. Desde el Gobierno de Canarias (Clavijo y Domínguez, o a la viceversa), con el acompañamiento de voceros y prensa interesada (en crear polémicas), se ha llenado el vaso del despropósito y se ha venido a dar una imagen que no se corresponde, en absoluto, con lo que el noble pueblo canario ha demostrado a través de toda su historia. Y la ceguera partidaria de los correveidiles no puede, en manera alguna, justificar hechos de tanta ignominia. No nos merecemos estos que se autocalifican como nuestros representantes. Cuyas declaraciones (hasta se sumó al manual de instrucciones mi propio alcalde; me imagino quién le pasó la chuleta) echan por tierra visitas papales y asistencias dominicales a misas y ofertorios. ¿A comulgar: participación que los fieles tienen y gozan de los bienes espirituales, mutuamente entre sí, como partes y miembros de un mismo cuerpo? Judas Iscariote se les queda corto porque ustedes manejan mucho más de treinta monedas.

“Cuando baje el último pasajero tiene que salir inmediatamente para Holanda”, dijo Clavijo unas horas antes de fondear (que no atracar) el crucero. Dicho desde esta encrucijada atlántica, plataforma intercontinental y punto de encuentro de múltiples culturas, cuánta vergüenza siento. Y que un realejero, hijo de la emigración, se preste a componendas de tal calibre, si Viera te viera.

Incluso debió llegar una orden categórica de Marina Mercante porque Fernando tuvo la infeliz ocurrencia de señalar al popular Pedro José, presidente de la Autoridad Portuaria (otro acomodado), que prohibiera el fondeo en Granadilla. Y a nacionalistas de pacotilla y peperos desmadrados quisiera recordarles que sí, que las ratas nadan, pero, sobre todo, fuera del agua. Indeseables.

De los másteres acelerados en RRSS, que en quince minutos te convierten en experto perito en todos los saberes mundiales, incluso extraterrestres, escribiremos otro día.

domingo, mayo 10, 2026

Deshumanizados

El crucero Hondius nos visita hoy. Como lo hacen cientos a lo largo de cada año. Que nos traen millones de turistas para general regocijo de los dirigentes políticos. Esos seres amorfos (imperfectos, contrahechos, indeterminados…) que se privan por una controversia. Que hacen de la nada un todo y se quedan más frescos que una lechuga en el refrigerador. Cínicos y casi malnacidos (indeseables, despreciables).

Junto a las toneladas de carne humana, mucha mayor cantidad del resto de mercancías que alimentan y sostienen nuestra endeble economía, siempre pendiente de fuera. Cargueros y contenedores que son imagen cotidiana en un archipiélago en manos de allende los mares. Keine probleme. Pas de problème. No problem.

No ha tanto nos visitó una embajada de la Agencia Espacial estadounidense. A la que recibimos con los brazos bien abiertos y sonrisa de oreja a oreja porque escogió uno de nuestros hospitales por si ocurriera (o ocurriese) un percance a los astronautas en cualquier misión. Éramos en ese entonces (ayer mismo) unos afortunados. Nada importaba si desde recónditos lugares nos pudiesen llegar virus desconocidos sobre la faz de la tierra.

Ahora ha surgido una emergencia sanitaria. Grave, no lo neguemos. Que también se ha aprovechado para la pertinente confrontación política. Cualquier hecho –hasta el más leve– es excusa perfecta para atacar sin misericordia al malvado de Pedro Sánchez, causante de todos los males del mundo. Y cómo no lo iba a ser de que la cepa de los Andes, una de las múltiples variantes del archiconocido hantavirus, atravesase el Atlántico para recalar en estas peñas. Un nuevo trato colonial que hizo saltar como un quíquere a Fernando Clavijo (y como una quícara a Rosa Dávila). ¿Por qué a nosotros y no dejarlos a la deriva o... cañonearlos hasta el hundimiento?

Poco importó lo de los 14 pasajeros españoles. Cabo Verde les quedaba al lado. Que es un país tan adelantado que no debería hallarse situado en lo que, en otras ocasiones no tan peliagudas, denominamos Tercer Mundo. Con mayúsculas, para destacar. Rechazo total a que recale en esta ultraperiferia. Y ya puestos, ¿por qué en Tenerife y no en Gran Canaria? La mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía la inexcusable obligación de ponerse en contacto directo con la consejera de Sanidad por si esta estimaba oportuno saltarse la lista de espera. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, sabe perfectamente que Esther Monzón siempre coge el teléfono, aun cuando el número es para desconfiar o se hallare (o hallase) en sus ratos libres.

Marruecos no dejó aterrizar al avión que llevaba hasta Países Bajos a unos enfermos. El país norteafricano se ha comportado como lo que es y ha mostrado al mundo, también a la OMS (a la que pertenece), que eso de la defensa de los derechos humanos sigue siendo una entelequia para los retrógrados y carcas que aún existen. Por eso tomó tierra en Gran Canaria. Porque no todos somos iguales, muy a pesar de Clavijos y Domínguez. Que han puesto el rostro de la deshumanización más abyecta. Y que acudirán dentro de unos días a las misas que oficie León XIV a darse golpes de pecho y a rezar en voz alta su gran amor fraternal. Que tenga cuidado el Papa no sea que en su visita al puerto de Arguineguín le sea prohibido el acceso por Onalia Bueno, cuyo apellido echa por la borda toda su trayectoria política en materia de inmigración.

Ardieron las redes sociales –se dice– y en los perfiles dudosos se extendía lo de la masiva queja ciudadana. Como si las expresiones malintencionadas de los cuatro dirigentes de turno supusiesen una declaración urbi et orbi. No, ellos no representan al pueblo canario, noble por excelencia, que sabe, desde siempre, tender la mano al caído. Ellos son unos miserables que se erigen en falsos defensores de una ciudadanía que ni por asomo merecen.

Canarias, afortunadamente, y muy a pesar de los cantamañanas que ocupan poltronas, dispone de unos protocolos para actuar en caso como el presente, sin necesidad de alarmas del tres al cuarto, que solo buscan réditos electorales pisoteando las más elementales normas de convivencia, de humanidad.

Una vez más queda demostrado el escaso nivel de los arribistas. Que dan más de no porque jamás podrán dar más de sí. Como mi paisano, Manuel Domínguez, al que ignoro si se le pidió el certificado de vacunaciones cuando nos llegó de Venezuela y que por la cercanía a Los Andes lo mismo…

Mañana, con total probabilidad, nos entretendremos con algo nuevo. Porque lo más nimio valdrá para arrancar otro litigio, otra polémica. A costa de lo que sea. El argumentario dispone de salidas para cualquier situación. Basta con cargar culpas en espaldas ajenas. Y a todas esas almas caritativas que hoy mismo acudan los santos oficios religiosos, recen con inusitado fervor para que ese dios invocado siga siendo ciego para siempre jamás. Amén.

viernes, mayo 08, 2026

¿Quién ganó?

Era la pregunta obligada años atrás. Sobre todo entre aquellos que los veíamos de lejos. Desde Toscal-Longuera, por ejemplo. Que éramos completamente ajenos a la porfía entre ambas calles y no entendíamos muy bien el porqué del pique pirotécnico. Pero que echábamos mano del reloj para el minutaje de las sorprendentes lluvias de voladores que parecían eternas. Y cuando nos hablaban de las hipotéticas cantidades de dinero que se quemaban en la noche del 3 de mayo, hacíamos cruces –otras cruces– ante lo que considerábamos un despilfarro sin precedentes. ¡Ah!, y la respuesta era, invariablemente, que la calle del Sol, la del Medio o los fogueteros.

Pasó el tiempo y los devenires de la vida me trajeron a Realejo Alto. Y durante el primer trienio de la nueva estancia, casi inmerso en el meollo (más cerca no me podía quedar una de las ubicaciones: donde dispara la calle del Medio), pudo más la novedad y fui capaz de ‘soportar’ cómo caían los restos, aún incandescentes, sobre la calva. Y debías, a la mañana siguiente, darte unas refriegas en el cogote aún renqueante del esfuerzo de mirar hacia arriba la noche anterior, amén de limpiar azotea, patio y cancela de los restos de las carcasas. Pero como un servidor no era capaz de ‘vivir’ el espectáculo, de sentir esa emoción que tanto escucho en quienes han mamado desde la cuna tan magno acontecer, debí recurrir a la escapada. Y ya han transcurrido unas dos décadas en la que Jesús duerme como un bendito bien lejos de su Realejos norteño. Este último episodio, verbigracia, en La Gomera. Algo raro el que acuda a La Villa (San Sebastián) para la desconexión oportuna.

Como uno escribe, inveterada costumbre, tiene la manía de escuchar, procesar y luego sentarse ante el teclado. Y llevo un tiempo oyendo quejas de aquellos que, criados y ensolerados en alguna de los dos calles del litigio, observan atónitos una peligrosa deriva en la ancestral costumbre. Y que entienden que se pierde irremisiblemente su esencia más genuina. Porque desde que el ayuntamiento se ha encargado de la organización de las Fiestas de Mayo, prima más la rentabilidad política que cualquier otra faceta. Y cada acto se enfoca hacia la posibilidad de lucimiento personal del gobernante de turno. Que la multitud acuda al evento (vocablo preferido por el dirigente de marras), coma y beba profusamente (a ser posible gratis), olvide baches, atascos e infraestructuras lamentables, obras que se eternizan, y pague los favores concedidos cada cuatro años en la pertinente cita electoral. ¿Y la tradición? Anticuado, que eres un vetusto y refunfuñón.

Ahora se vive la hora cero, ese momento mágico en que se desborda –¿o se descorcha?– la euforia colectiva (como en fin de año pero a lo bestia) y nos llevamos de paso el esfuerzo colectivo de unas gentes que con tesón, voluntad y respeto son como hormigas recolectoras y mantienen bien alto un pabellón heredado por vínculos familiares. Las respectivas comisiones de ambas calles bien harían, entiendo, en plantarse ante los entremetimientos interesados. Porque la práctica habitual de echarse flores, incluso a través de méritos ajenos, viene a ser moneda de cambio corriente entre los cargos públicos actuales. Que primen convicciones y arraigos. Que dicte el corazón y no prevalezca el estómago agradecido.

Un político ostenta un cargo temporal. Condición a no olvidar. Y como tal tiene  una importante labor encomendada: gestionar los dineros públicos en aras del bien común, planificar y ser capaz de ver más allá de la inmediatez para que el municipio progrese y ofrezca una vida digna a sus ciudadanos. Todo lo demás, lo superfluo, es alharaca del bien quedar. Y, desgraciadamente, nos habituamos a los postureos, con sesiones audiovisuales en abundancia, como si ello constituyera una buena muestra de su quehacer.

También desde la Cruz Santa, lugar emblemático en los enrames florales de aquel bello paraje, se elevan voces para poner de manifiesto la pérdida de las señas de identidad. Porque el afán de convertir en multitudinarios los hechos que han ido jalonando la propia historia de aquel asentamiento, desvirtúan la propia idiosincrasia crusantera. Existe un evidente afán de acaparamiento por parte del Consistorio que no solo puede terminar minando la convivencia, sino que peligra el sustento histórico de costumbres y tradiciones. Lo que junto al acomodo vecinal –que me lo den todo hecho– podría desembocar en una conversión no deseada. Desde mi total imparcialidad, un último consejo: un respetito es muy bonito. Una mayoría absoluta no es patente de corso para… nada. Y las fiestas son del pueblo y no del arcarde o consejar del ramo. Sean felices y disfruten que todavía quedan actos para dar y tomar.

miércoles, mayo 06, 2026

Cumpliremos la ley

Bueno fuera. Hasta ahí podríamos llegar. Pero ¿es necesario propagarlo a los cuatro vientos? ¿No se supone que los partidos políticos deben predicar con el ejemplo y sujetarse a la normativa legal constitucionalmente establecida? O lo de cumplir cánones solo se inventó para los que cada cuatro años ejercemos el derecho al voto para luego asentir ante desmanes y componendas. ¿A santo de qué viene esa cantinela que ya cansa al más pintado? Si han firmado un pacto (PP y Vox en diferentes comunidades autónomas), el españolito de a pie se mosquea ante tanta aclaración cuando ni siquiera ha comenzado a funcionar la maquinaria. ¿Tienen, acaso, miedo a que se repitan ‘éxitos’ de casos precedentes cuando ententes de contenido similar saltaron por los aires?

No, no me gustan estos vaivenes. Tengo un ligero escozor detrás de la oreja cuando observo el caminar de la perrita. Prioridad nacional, primero sin aditivos ni edulcorantes. Cuando aún el motor no ha arrancado, ya se están produciendo las primeras aclaraciones. ¿Por qué? ¿Fruto de la desconfianza? Preliminares haylos. Y los que abandonaron la nave despotricaron a degüello. Pero como el poder atrae y llama, vuelven a las andadas e inician nuevo noviazgo.

Feijóo persiste en una deriva rara. Hoy va y mañana viene. Ahora sube, pero sostiene que baja. El atraganto de Pedro Sánchez lo ha abocado a un continuo malvivir. Y necesita a toda costa contrarrestar el varapalo nacional con un creciente e innegable dominio autonómico. Mas las mayorías absolutas están muy caras. Y se ha dejado pescar en las redes de Abascal. Sin posibilidad alguna de sentar unas mínimas bases que pongan sobre la mesa argumentos que concuerden con aquello que se espera de una derecha moderada en consonancia con sus homólogos del resto de Europa.

Es ahora mismo Vox el que lleva el timón de la nave. Y marca el rumbo de manera inexorable. ¿Hacia dónde? Nadie lo sabe. Porque Santiago, como fiel admirador de las veleidades de Trump, dispara bien alto pero sin apuntar a blanco definido. Puede que mucho más a negro impreciso. Es menos escurridizo y presa fácil. Así de duro, pero así de real. Sin ambages.

El trágala de la prioridad nacional es el hecho que constata cómo el PP sigue derrapando. Y no ya en las curvas, sino también en las rectas de gran visibilidad. Que no es posible obviar aunque se empeñen en la inútil justificación. Que al no ser demandada por nadie (lo que está a la vista no requiere espejuelos) implica aceptar un hecho irreversible: excusatio non petita, accusatio manifesta.

Parece no haber marcha atrás. Cuando Casado fue defenestrado por atreverse a denunciar un trafullo (alboroto, barullo, lío) relacionado con la familia de Isabel Díaz Ayuso, el Partido Popular creyó conveniente que debía ser Alberto Núñez Feijóo el que condujera el tránsito hacia la moderación. Y en calidad de tal desembarcó en Madrid el gallego. Y lo propagó bien alto para que todos creyéramos en la reconversión. Mas no ha sido posible. Ni él, como presidente nacional, ni sus voceros han sido capaces de hilvanar un discurso mínimamente creíble. Los bandazos han sido una constante. Y todo para caer en brazos de un Vox ávido de sangre (en sentido metafórico).

Con la prioridad nacional –se acepta pulpo como animal de compañía– el PP demuestra bien a las claras que tiene más bien oscuro su porvenir. Porque dudar de que TODOS somos iguales ante la ley y que los derechos constitucionales no van en función de colores de piel o creencias religiosas, e intentar justificar que donde dije digo, es síntoma inequívoco de que el mareo provocado en la travesía es mucho más grave de lo que se creía. No solo no se da la talla requerida para tal alta misión de estado, sino que son tratados como auténticos peleles por la ultraderecha convicta y confesa. Y uno no sabe a quienes tenerle más miedo: si a los que van con la cara descubierta o a los que fluctúan como veletas a merced del viento. Aunque las concomitancias convergen en un peligroso solapamiento. 

lunes, mayo 04, 2026

Vox

Más temprano que tarde acabará el PP en replantearse los pactos que viene firmando con Vox en diferentes comunidades autónomas. Por nuestro bien y por el suyo. Por su propia supervivencia. Y mal augurio para si en un futuro (2027, por ejemplo) tiene pensado lanzarse a la aventura de nombrar vicepresidente al mismísimo Santiago Abascal. Ese ser impresentable, vividor como ninguno, que ha medrado a costa del dinero público desde que salió del parvulario, que escupe más que habla y que cada día muestra su verdadera cara de xenófobo, racista, sectario, supremacista y… gilipollas elevado a la enésima potencia.

Pero el problema es que si estos no han ocultado jamás sus intenciones detrás de una careta, los de Feijóo, en una deriva constante, han aceptado sus postulados sin el más mínimo rubor. ¿Dónde quedó la moderación del gallego? ¿En el mismo retrete en el que Rajoy depositó su memoria? ¿En la trituradora de papeles o en los martillos destructores?

Tengo 77 años y el susto vive conmigo. No por mí, que ya me encuentro en la curva descendente, pero se avecinan malas cosechas para hijos y nietos. Porque cercenar derechos, que creíamos consolidados, será moneda de cambio corriente. Y cuando desde hace muchos años escribía que mucho lobo disfrazado de linda ovejita deambulada por los vericuetos de la política, alguno me espetaba que exageraba en grado sumo. Y es que no existen diferencias entre los de aquí y los de allí. Puede que los collares no sean homogéneos, pero los andares de los canes no  muestran divergencias.

No hace falta ser un observador nato para percatarse de los parecidos en los postulados voxianos con los trumpianos. Cuando el estadounidense se enfrasca en batalla, por ahora dialéctica, aunque todo podría andarse, con la máxima autoridad de la iglesia católica, incluso remedando sus principios en redes sociales, incita a los imitadores de rojo y gualda a que arremetan contra todo aquel que ose defender al diferente. Porque la ‘prioridad nacional’ es de por sí argumentario más que suficiente para echar por la borda al negrito de mierda que llega en frágil embarcación a quitarnos el pan de la boca. “No hay alimento para todos”, se jactan ya de proclamar a los cuatro vientos.

Mal momento escogió el obispo de la diócesis de Canarias, José Mazuelos, para indicar a estos salvapatrias que se metan en un cayuco durante cinco días, y sus respectivas noches, sin agua y sin alimento alguno, para que sean capaces de ponerse en el lugar de esas personas que se lanzan al océano en busca de algo a lo que aferrarse. Y no es solo por el principio cristiano de que todos somos hermanos en la viña del Señor, sino que si somos dignos acreedores a que nos consideren humanos, hay que atenderlos y cuidarlos. Salvo que, y esa parece ser la peligrosa tendencia, podamos calificar a estos impresentables como vulgares carroñeros.

No tardaron demasiado –cómo vuelan las noticias– en lanzarse desde Madrid a la yugular del prelado.  Y me pregunto qué demonios pinta el negro de la foto dorándole la píldora a la pandilla de impresentables. Bueno, él mucho más. Aunque se disfrace de rey mago (el que faltó en el cartel realejero) para llevarle carbón a Pedro Sánchez. Menos mal que no lo disparó con un cañón. Ganas no le faltarían. Digno ejemplar de los que sostienen que vivimos en una dictadura. ¿Lo metemos en una patera, a cobro revertido, y los devolvemos a Camerún? ¿Falta de ignorancia, que diría Cantinflas, o mala leche?

Mucho tendría que aportar el periodismo ante esta situación. No se puede permanecer de brazos cruzados ante intromisiones de tal guisa. El deberse a los condicionantes del medio para el que se trabaja no debe seguir siendo la excusa para soslayar responsabilidades, éticas y profesionales. El derecho constitucional de comunicar libremente información veraz por cualquier medio de difusión no puede ser pisoteado por cantamañanas del tres al cuarto. Y, desgraciadamente, hay más de un ejemplo en esta jungla.

“Los acuerdos de PP y Vox contra migrantes califican a quienes lo firman”, manifestó el presidente Clavijo. Y olvidó lo que CC ha rubricado en varios ayuntamientos. Y soslayó que tiene un pacto con quien le pone el cuño a su propia sentencia. Que está presidido, casualidades de la vida, por otro que nos llegó de allende los mares.

Qué turbio porvenir nos espera. Dios nos coja confesados si Alberto o Isabel, Isabel o Alberto (que tanto monta)… Aparta de mí esos malos pensamientos. Por cierto, ¿cabría el caballo de Santiago en el Falcon?