“La vil explotación de que son objeto los niños por los
autores de sus días, dedicándolos a trabajos prematuros en vez de mandarlos a
las escuelas, lo que deforma y debilita su tierno organismo y sume su
inteligencia en la más negra tiniebla de la barbarie, es la causa del tremendo
analfabetismo”, según leemos en la contundente respuesta de un maestro
nacional, Dióscoro Galindo González, en artículo ya reseñado en anterior
capítulo, a un artículo publicado en La
Prensa, y que éste publica en El
Norte de Tenerife ( La Orotava, 5-noviembre-1919, Época II, número 66,
páginas 1 y 2) bajo el título de Impugnando una calumnia”.
Analfabetismo que también en La Orotava, al igual que hizo
en sus otros destinos, Dióscoro Galindo González quiso combatir con las clases
nocturnas para adultos. Hecho que no solo chocaba con las mentes cerradas y embrutecidas de los
hipotéticos alumnos, sometidos a los dictados caciquiles de los terratenientes
para los que trabajaban, sino con la escasa, por no decir nula, colaboración de
las autoridades, en las más de las ocasiones auténticos peleles en manos de los
que manejaban los hilos.
De las conclusiones, un botón:
“La instrucción para un modesto labrador debía
conducir a lograr un hombre religioso, buen ciudadano, buen vecino y cuidadoso
padre de familia. La necesidad imperiosa del alimento diario, del apego a una
tierra que daba poco y rendía menos, desembocaba en razonamientos de lógica
aplastante para quienes su horizonte no distaba sino el medio metro escaso
entre su espalda curvada y el suelo que le brindaba su fruto: Lo que ha de
gastar en libros, que es alimento para el espíritu, lo emplea en pan, que es
sustento para el cuerpo. Y cuántas veces hubo de pasar el propio maestro
por tal tesitura. Porque a su tremenda vocación le podían las punzadas de un
estómago vacío”.
Independientemente de la tarea investigadora que reflejas en
el trabajo, y cuyo anexo de fichas periodísticas y diversa documentación así lo
atestiguan, me señaló quien lo dirigió: Lo has redactado de manera tan amena
que diera la impresión de que su elaboración está encauzada a una publicación
en formato libro. No sé hacerlo de otra manera, le respondí, y si los cánones
universitarios entienden que estas tareas solo van encaminadas a ilustres de
título y pedestal, conmigo que no cuenten. Mis destinatarios, si los hubiere,
son aquellos que conforman pueblo, mucho más sabios, dentro de sus notorias
carencias, que los encumbrados que tuvieron la suerte a su lado. Su defensa (contando
con la ventaja de unos cuantos años a la espalda) tuvo un altísimo porcentaje
de espontaneidad y un mínimo del rigor académico que había observado en
situaciones similares. Jesús, el que tuvo la oportunidad de compartir unas
horas con don Antonio González (el motivo fue una entrevista para una
asignatura denominada Periodismo científico) hizo, desde aquel entonces, una
promesa: la de seguir siendo un mago de Los Realejos, como él proclamó a los
cuatro vientos cuando le hicieron entrega del premio Príncipe de Asturias de
Investigación Científica y Técnica en 1986. Aquellos doctos examinadores, una
vez calificada la faena, me brindaron la oportunidad de cambiar de aires e irme
como profesor a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Invitación
que, obviamente, rechacé. Porque la etiqueta de maestro de escuela estaba tan
adherida que, aun hoy, con diecisiete cursos jubilado, no he podido despegarla.
Afortunadamente. El que nace barrigón…, que decía mi padre.
A perdonar la extensión, que obligó al fraccionamiento,
pero, así lo entiendo, la ingesta en pequeñas dosis hará valorar en mayor
profundidad la figura de un docente ejemplar: Dióscoro Galindo. Se perdió un
veterinario, pero se ganó un excelente maestro. Que debió lidiar con muchos
animales, incluyendo sus asesinos. Paradojas de la vida; y de la muerte.
Aquellos avances en el campo educativo de la II República fueron cercenados. Y
de qué manera. Pero la sangre derramada hizo germinar semillas. Aunque la
cosecha tardase décadas en irse recogiendo. Honor y gloria a quienes lo
hicieron posible. Y a los más jóvenes, un consejo: lean e instrúyanse. No caiga
sobre ustedes esa pesada losa en la que se acumulan los errores de un pasado no
tan lejano. Los de mi quinta nos vamos, pero ustedes están a tiempo de hacer
posible que se vayan disipando negros nubarrones.




