Incidamos en algunos de los puntos del precitado informe:
Los españoles
califican con un 4,9 sobre 10 la confianza en el sistema. Solamente se
salvarían de suspender el Tribunal Constitucional, que consigue un 5, y la
Constitución de 1978 con un 6,4. No se daba a conocer ficha técnica alguna
de la encuesta. Con lo que se acrecientan las dudas. Porque ese suficiente
rascado del TC no está para echar voladores y una Constitución que ya demanda
reformas importantes, ¿es sostenida por respuestas de monárquicos acérrimos,
verbigracia?
Cuando la confianza
disminuye, las consecuencias van más allá de los tribunales, debilitando el
Estado de Derecho y creando espacio para la fragilidad institucional.
Conclusión de Perogrullo. Pero si hay un grupo de magistrados que se creen
intocables en sus decisiones disparatadas, ¿no son ellos quienes socavan los cimientos
y contribuyen al desprestigio consiguiente?
Tan solo el 20% de los
ciudadanos está convencido de que las personas con rentas altas reciben el
mismo trato en los tribunales que quienes tienen menos ingresos económicos. Si
se habla de representantes políticos y sus partidos, el número de españoles que
considera que se da un trato igualitario con el resto de ciudadanos es todavía
más bajo: solamente el 10% lo defiende. No se está siendo imparcial en los procesos
judiciales cuando los implicados tienen poder económico e influencia social.
Claro, y ahora que los jueces se han subido al carro de TikTok, Instagram, X,
Facebook, YouTube, WhatsApp, cuando no WeChat, Snapchat, Reddit, Weibo, y se
lanzan a la aventura de publicar en plan hooligan
al uso, entendiendo que nadie les puede toser, va bien servido el cóctel de la
discordia. Porque el cargo implica, como con la mujer del César, no solo ser
honrado, sino también parecerlo.
A pesar del aumento de
quienes dudan de su legitimidad, la Justicia española todavía es mejor valorada
que otros organismos. Los partidos políticos, las grandes empresas y medios de
comunicación generan todavía más desconfianza entre la población. Asimismo instituciones como el Gobierno o el Congreso
de los Diputados solo consiguen una calificación de 4 sobre 10. Eso, mal de
todos, consuelo de tontos. Yo estoy cojo pero a ti te falta una extremidad, o
yo estoy tuerto pero tú ciego. Vaya manera de concluir.
No, no corren buenos tiempos. Estamos inmersos en una
dinámica que es menester corregir. Cuando el desapego se hace patente, los
dirigentes deberían ser capaces de aportar y no estar echando leña al fuego
continuamente. Se suceden los espectáculos en muchas de las esferas sociales de
cierta relevancia que no invitan, precisamente, al optimismo. Puede que el
poder judicial se haya contagiado del circo parlamentario. Pues es innegable el
protagonismo que buscan ciertos jueces con decisiones políticas de alto
voltaje. Aquellos que se ofenden cuando creen invadidas sus competencias, pero
no dudan en inmiscuirse en terrenos resbaladizos que no entran en la esfera que
se les ha encomendado. Es su particular óptica de la separación de poderes. Y
jugar con las cartas marcadas puede dar lugar a sonados encontronazos, ni
deseados ni recomendables. En suma, zapatero a tus zapatos. Tan difícil no es.
¿O sí?

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