sábado, marzo 07, 2026

Desconfianza

Un informe de Funcas (Fundación que forma parte de la obra social de CECA: Confederación Española de Cajas de Ahorro) advierte que la desconfianza hacia el Poder Judicial ha crecido un 8% desde 2023. Y como últimamente he tenido la oportunidad de manifestar abiertamente que no me gusta nada el andar de la perrita, me da que somos ya unos cuantos los que pensamos que no es necesario estudio alguno para caer en la cuenta de que algo, o mucho, está fallando en el sistema judicial, en el que a los responsables de administrar el derecho se les ve inclinándose hacia donde sople el viento. Y, reitero, no hace falta recurrir a ningún think tank (tanque de pensamiento, laboratorio de ideas, centro de reflexión) para percatarse de que puede que ese porcentaje aludido siga incrementándose en un futuro no muy lejano. Porque aumentan, peligrosamente, lo que antes eran meras excepciones.

Incidamos en algunos de los puntos del precitado informe:

Los españoles califican con un 4,9 sobre 10 la confianza en el sistema. Solamente se salvarían de suspender el Tribunal Constitucional, que consigue un 5, y la Constitución de 1978 con un 6,4. No se daba a conocer ficha técnica alguna de la encuesta. Con lo que se acrecientan las dudas. Porque ese suficiente rascado del TC no está para echar voladores y una Constitución que ya demanda reformas importantes, ¿es sostenida por respuestas de monárquicos acérrimos, verbigracia?

Cuando la confianza disminuye, las consecuencias van más allá de los tribunales, debilitando el Estado de Derecho y creando espacio para la fragilidad institucional. Conclusión de Perogrullo. Pero si hay un grupo de magistrados que se creen intocables en sus decisiones disparatadas, ¿no son ellos quienes socavan los cimientos y contribuyen al desprestigio consiguiente?

Tan solo el 20% de los ciudadanos está convencido de que las personas con rentas altas reciben el mismo trato en los tribunales que quienes tienen menos ingresos económicos. Si se habla de representantes políticos y sus partidos, el número de españoles que considera que se da un trato igualitario con el resto de ciudadanos es todavía más bajo: solamente el 10% lo defiende. No se está siendo imparcial en los procesos judiciales cuando los implicados tienen poder económico e influencia social. Claro, y ahora que los jueces se han subido al carro de TikTok, Instagram, X, Facebook, YouTube, WhatsApp, cuando no WeChat, Snapchat, Reddit, Weibo, y se lanzan a la aventura de publicar en plan hooligan al uso, entendiendo que nadie les puede toser, va bien servido el cóctel de la discordia. Porque el cargo implica, como con la mujer del César, no solo ser honrado, sino también parecerlo.

A pesar del aumento de quienes dudan de su legitimidad, la Justicia española todavía es mejor valorada que otros organismos. Los partidos políticos, las grandes empresas y medios de comunicación generan todavía más desconfianza entre la población. Asimismo  instituciones como el Gobierno o el Congreso de los Diputados solo consiguen una calificación de 4 sobre 10. Eso, mal de todos, consuelo de tontos. Yo estoy cojo pero a ti te falta una extremidad, o yo estoy tuerto pero tú ciego. Vaya manera de concluir.

No, no corren buenos tiempos. Estamos inmersos en una dinámica que es menester corregir. Cuando el desapego se hace patente, los dirigentes deberían ser capaces de aportar y no estar echando leña al fuego continuamente. Se suceden los espectáculos en muchas de las esferas sociales de cierta relevancia que no invitan, precisamente, al optimismo. Puede que el poder judicial se haya contagiado del circo parlamentario. Pues es innegable el protagonismo que buscan ciertos jueces con decisiones políticas de alto voltaje. Aquellos que se ofenden cuando creen invadidas sus competencias, pero no dudan en inmiscuirse en terrenos resbaladizos que no entran en la esfera que se les ha encomendado. Es su particular óptica de la separación de poderes. Y jugar con las cartas marcadas puede dar lugar a sonados encontronazos, ni deseados ni recomendables. En suma, zapatero a tus zapatos. Tan difícil no es. ¿O sí?

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