jueves, 21 de mayo de 2015

Ticador

La mayoría de los que acceden a este blog puede ser encuadrada en el capítulo de jóvenes. Entiéndase por tal a toda persona menor de sesenta y seis años. Y, por lo tanto, ese raro sustantivo que da título al presente comentario puede que le suene extraño. Pero los que fuimos asiduos viajeros de aquellas guaguas rojas de Hernández Hermanos, y más tarde de Transportes de Tenerife, sabemos perfectamente a quién nos estamos refiriendo.
Ahora da gusto subirse a uno de estos vehículos de transporte colectivo. Asientos cómodos, aire acondicionado, un aparato en el que usted debe introducir el bono correspondiente (y si no, un amable conductor-cobrador que te expende el tique correspondiente a tu trayecto) y unos botones para pulsar y avisar para apearte en la parada siguiente, algo que se refleja en una pantalla con el pertinente aviso sonoro.
De vez en cuando sube otro personaje para comprobar si todos los pasajeros cumplen con la normativa vigente y han apoquinado el importe de rigor. Es el revisor (terminología moderna).
Décadas atrás (no tantas, no te vayas a creer) todo era mucho más rústico, más casero. Las guaguas (como esta de la ilustración en la parada de San Agustín, junto al surtidor de Benito) no solían brillar por su limpieza. Los cristales de las ventanillas disponían de un extraño sistema (apretar y subir un fisco) para que nos entrara el aire en los días de calor excesivo. Que también los había. Salvo que  los de atrás se quejaran.
Pero lo más característico, quizás, era el timbre. Una campanilla ubicada en lo alto del conductor (antes, chófer) era accionada a través de una cuerda (cuando se rompía se le ataba un cacho de cable o verga de platanera) que recorría por el pasillo central todo el largo del medio de transporte. Como los antiguos éramos más fuertes (se puede traducir por brutos) que los modernos, era frecuente que el artilugio estuviera desarmado.
Las guaguas llevaban conductor y cobrador. Este último, con una enorme cartera de cuero, era un equilibrista nato. Lo más, arrimaba el culo al asiento, y dispensaba tiques a mansalva. Y como había menos coches particulares, los llenazos eran frecuentes. Había que apretarse (los aprovechados hicieron su agosto con toques y aproximaciones indebidas) para que cupieran todos. Raro era que se dejara a alguien en la parada. Siempre había hueco. Y dado que la apertura de puertas no era automática sino manual, bajarse antes de que el armatoste se detuviese totalmente significaba el no va más. Más de uno que intentó hacerlo en sentido contrario a la marcha de la guagua, se dio fuerte costalazo.
Hace unos días leí en Facebook que una joven puso en su muro lo siguiente: “Esto de estar en la guagua y el ticador te mire y te eche una de sus mejores sonrisas…”. Eso se lo oyó a los padres, pensé. Como no suelo utilizar ya ese transporte, ignoro si los ticadores de ahora son como los de antes. Con aquella pinza metálica que te estampaba un par de agujeros (como las que se usan para agujerear los cintos o las de hacer ojales) en el tique, mientras comprobaba si su numeración coincidía con el estadillo que obraba en su poder. Recuerdo a uno que quiso hacerse el gracioso y aprovechó un tique encontrado en el suelo de la guagua (sin picar), por lo que pudo engañar al cobrador. Dado que el trayecto era corto (pongamos El Toscal-Los Barros), creyó podría escapar. Pero se subió el ticador en El Castillo y alcanzó palique acentuado, al tiempo que el cándido cobrador obtuvo también la fufa de rigor.
Los ticadores eran serios e imponían respeto. La profesión lo requería. Bien diferentes a los dicharacheros cobradores. Solían tener itinerarios fijos. Lo que al final se traducía en una familiaridad total. No hacía falta indicarle el lugar de destino. Era un hábito, igualmente, usar el mismo asiento. En fin, qué te voy a contar de aquella primitiva guagua de La Dehesa. Lanzada por una carretera estrecha y que consiguió durante muchos años que coches y motos mostraran todas sus precauciones, y más, por si se la encontraban en determinadas curvas. Mi padre fue uno que cuando utilizó la moto miraba siempre el reloj para no encontrársela antes de llegar al Salto del Barranco, rumbo al empaquetado de San Pablo en La Orotava.
Vaya, pues, en esta semana (ya queda menos) de descanso ‘político’, mi reconocimiento a estos pioneros. Qué fácil es valorar todo lo moderno sin poner en valor el trabajo de los que fueron sentando cimientos para que el edificio se consolidase.
Se admiten comentarios de vivencias. A buen seguro que las habrá, y a cientos.
Hasta mañana.