viernes, 23 de noviembre de 2012

De Pocoyó a Dora

Cuando el 30 de junio de 2009 acabé mi etapa de docente en activo, mi nieta tenía casi diecisiete meses. Era la época de Pocoyó. Y como había mucho tiempo por delante, me correspondió husmear en Internet para convertirme en un experto de las aventuras del infante vestido de azul. Durante bastantes siestas –muchas de las cuales concluyeron en reconfortable sueño–, Emma y yo fuimos, junto al personaje en cuestión, y sus inseparables amigos Pato, Elly, Pajaroto y su mascota Loula, descubriendo el mundo a través de la voz en off de José María del Río. Y nos citábamos cada día con el pulpo Fred, un maestro malabarista que vive con Ballena más de un episodio en las profundidades del mar; con la oruga Valentina, muy amiga de Pajarito, y que a su conveniencia se transforma en mariposa; la singular Orquesta Pelota (trompeta, tambor y platillos); los niños, que ayudan al narrador y contestan siempre las preguntas de los diferentes personajes…
Y así aprendimos a bailar, a barrer, a correr, a investigar… Y fuimos a cumpleaños, jugamos con una nube, nos reímos, pintamos…
Pasó la etapa de la guardería mañanera y se iniciaron los tránsitos colegiales. Los gustos y preferencias cambiaron radicalmente. Aparecieron las Monster High y al abuelo se le rompieron los esquemas. Con la edad nos volvemos niños. Eso dicen. Como sigo prefiriendo a Pocoyó antes que Pokemon y Pingüinos de Madagascar, lo mismo debo dar la razón a quienes así opinan. Puede que crezcan más rápido que lo que uno deseara. Porque recuerdo cuando con un año nos fuimos hasta Ingenio para darle la bienvenida a la ciudadana, al abuelo de las complicidades en los descansos tras la comida del mediodía se le ocurrió plasmar en décimas ciertos avatares, de los que rescato:
Con la décima he plasmado
el cariño de un abuelo
que se queda medio lelo
cuando Emma justo al lado
–y yo medio adormilado–,
una siesta nos echamos.
Después nos regocijamos
con vídeos de Pocoyó;
qué más puedo pedir yo
si con la nieta flipamos.
Ahora mismo, el segundo tripulante, Leo también alcanza la misma cantidad de meses que al principio reseñé, diecisiete meses. Meses atrás no estaba por la labor de adoptar la posición horizontal y aguantar un minuto delante de la tele. Dicho de otra manera más sugerente: pasaba olímpicamente. Pero llega otro nuevo personaje de los dibujos animados y hace posible una transformación radical: Dora, la exploradora, una niña de siete años, que, junto al inseparable Botas, un mono de cinco años, emprende un viaje en cada episodio, con la inestimable ayuda de Mapa y Mochila.
Con Leo hemos comido helado, ayudado al pajarito azul a encontrar a su madre, nos hemos subido al coche amarillo de Tico (la ardilla), cruzamos el río ruidoso y atravesamos el bosque silencioso… Y hemos esquivado a Swiper, el zorro villano y ladrón, a base de repetirle “Swiper, no robes”, a lo que este responde, para mostrar su desagrado por el intento fallido, aquello de “Jolín”. Sin olvidar, claro, el trío musical (Fiesta Trío) que pone los acordes de rigor cuando superamos los obstáculos.
Hemos logrado unos minutos de concentración lo que constituye una diferencia abismal con lo que ocurría apenas unos meses atrás. Y cuando entra en casa bien de mañana los días estipulados, siempre lo hace con una sonrisa y el estribillo en los labios de Dora, Dora, Dora, Dora, Dora, Dora… hasta que se queda sin aire, porque la polisílaba exploradora es demasiado para su exiguo vocabulario mono y bisilábico.
Conozco jubilados que se aburren. Y algunos que están a punto que preguntan en qué pueden entretenerse. No lo entiendo porque hay días en que me faltan horas.
Y como rescaté una décima de la nieta, qué menos que otra para el muchacho. Esta:
La familia nos creció
con la llegada de Leo,
y aunque presumir es feo,
no obstante, estimo yo,
que cuando el hecho ocurrió
grande fue nuestra alegría;
pues hemos sumado un día
a momentos estelares:
esos hitos singulares
que todo linaje ansía.
Feliz fin de semana. Y si quieres pensar que en este post me dediqué a cantar excelencias familiares, debo darte la razón. ¡Ah!, y si tú puedes y estás en condiciones de hacerlo, no te recates. Adelante.