jueves, 3 de abril de 2014

Adiós a la Casa Azul


“Desapareció la Casa Azul. En Toscal-Longuera fue todo un símbolo durante muchísimos años. Quiero imaginarme que el desarrollo urbanístico así lo requería. A partir de ahora la calle principal del barrio será mucho más ancha y se acabarán los problemas de la falta de aceras en la zona.
Accederemos a las urbanizaciones sin las estrecheces de antaño. Podremos incluso estudiar la posibilidad de efectuar algún cambio en la circulación rodada. Los vehículos no encontrarán obstáculos.
Pero ha quedado atrás un trozo importante de la historia del barrio. Se nos ha ido el enlace mágico de El Toscal y La Longuera. Aquel que contempló las viejas disputas entre los unos y los otros cuando las fiestas tenían lugar. O que fue la puerta de entrada de La Hoya y de La Gorvorana.
Parada de las guaguas, estación intermedia de aquellos diablos rojos que apenas cabían por una carretera encajonada, que marcaba el punto de inflexión entre el precio del billete de la anterior y posterior parada. Guaguas que tropezaron en más de una ocasión en curvas inverosímiles, para, en singular viaje, conducirnos hasta La Guancha. Y la Casa Azul sabía mucho de ello.
Longuera-Toscal se ha desarrollado urbanísticamente a ritmo vertiginoso. Y no tiene trazas de sufrir parón alguno. Y sus habitantes forman una amalgama de muy variadas procedencias. Y el profundo cambio fue contemplado por la Casa Azul, que ahora pasa a mejor vida.
Los vecinos de siempre, que rondan más allá de los cuarenta, recuerdan cómo en la Casa Azul se desahogaban los deseos reprimidos de las gentes de La Longuera cuando echaban los voladores hacia El Toscal. O cuando estos otros devolvían la jugada en la época de su fiesta. No se competía a limpiar paelleras como los de Villarriba y los de Villabajo. Era simplemente un arrebato explosivo como cuando se realiza un vulgar corte de mangas ante el gol de nuestro equipo.
Por allí transitaron domingo tras domingo las gentes de La Longuera cuando acudían a cumplir con el precepto de oír misa a la Ermita de La Gorvorana. O pasaban los chicos de los medianeros de las fincas para ir a la escuela. O las chicas marchaban a la de El Toscal, enfundadas en su babi blanco, con el que posaron para la posteridad en El Castillo.
Son recuerdos de tiempos idos que la Casa Azul se ha llevado para siempre. En un muy poco tiempo se ubicará en su lugar un elegante edificio que servirá de morada a nuevos vecinos que incrementarán un censo bastante importante.
Difícil es compatibilizar el hoy y el ayer. Quedan pocos símbolos en este barrio que ha visto cambiar su fisonomía de una forma brutal. Pero no sería demasiada pretensión hacer un llamamiento a las autoridades para que se intentaran conservar esos vestigios que han conformado la historia de esta zona.
Cuando los que siempre hemos vivido aquí escuchamos cómo se lanzan globos sonda, cómo se especula para estudiar los comportamientos ajenos, nos entran tremendos escalofríos. Por eso los que vivimos en Toscal-Longuera quisiéramos que se conservaran ciertos emblemas del barrio.
Y ahora que la Casa Azul se nos ha ido para siempre, procuremos que la vorágine sea más comedida. Me preocupa aquel intento de modificar el contorno de Los Roques. Bastante se ha fastidiado ya La Fuente. ¿No tenemos en Punta Brava una maravillosa playa? ¿No se va a construir un puerto en la vecina ciudad?
Realicen ya un proyecto para meter allá abajo una machacadora y acabar con el molesto callao. Dejen que la mar circule libremente por donde solía tiempo ha. La naturaleza es sabia y hará el resto. ¿No entra cada verano la arena a la Playa del Socorro? Hagan posible que nuestros nietos puedan volver a jugar al fútbol en Los Roques.
Se nos fue la Casa Azul. Ojalá haya sido el último ejemplo de lo que el desarrollo urbanístico demanda. En otras ínsulas –y no tan lejanas– han sabido armonizar turismo y naturaleza. Y que aquél se adapte a ésta. Y no al revés. El recurso fácil no es, precisamente, el que adopta la gente inteligente”.
Otro rescate de años idos. Del 22 de septiembre de 1996, periódico El Día. A veces pienso si no vamos de culo. Como si la marcha atrás fuera la única velocidad del auto loco en el que nos hemos subido y que parece no tener conductor. Y sigo sin dinero para dar a conocer en una publicación que treinta años después no estamos mucho mejor. Pero me tendré que fastidiar porque los políticos no están por la labor. No sea que se les reproche algo de sus actuaciones en estas tres últimas décadas.