lunes, 28 de diciembre de 2015

Inocentes discrepancias

–Lo dejo, Adolfo, no puedo seguir soportando estas terribles presiones sobre mis sienes, que me atenazan, me comprimen, me sujetan, me dejan hecho un asquito –decía Manolo en un receso, el tercero, de aquella importante reunión en el local ‘secreto’ de Las Llanadas– y se lo achaco a tanta nimiedad, al escuchar peticiones insulsas de unas gentes que no se merecen un alcalde como yo. El pueblo se me queda chico. Yo necesito volar más alto. Mi espíritu aventurero se anquilosa por momentos. Sabes que idolatro a José Manuel, su prestancia, su forma de estar, su manera de actuar, su elegancia al mentir, su verborrea pausada. Añoro aquel breve periodo de mi estancia madrileña en el Congreso.
–Eso ya lo hemos hablado en el seno del grupo. Y somos conscientes de tus legítimas aspiraciones. Es más, no vamos a poner impedimento alguno cuando tú decidas, con la libertad que te caracteriza, alzar el vuelo en busca de otras corrientes de aire que te conduzcan al lugar que tan bien te mereces. Sabemos que el pueblo siempre lo van a seguir siendo. Que no progresa la mente vecinal en proporción directa al desarrollo neuronal de tus altísimas capacidades. Pero aguanta estoicamente unos meses. Delega en mí cuanto creas menester y desarrolla la actividad orgánica con total desahogo. Aquí estamos nosotros, al pie del cañón.
–No sé, deja pasar estos días en familia y adoptaremos una medida cuando las luces navideñas se apaguen hasta el próximo año, salvo las que dejaremos en San Agustín para los carnavales. Por cierto, los comerciantes de Toscal-Longuera no quedaron satisfechos con aquellos churros que pusiste.
–¿Cómo que puse? –soltó iracundo el primer teniente de alcalde, al que se le encendieron todos los colores del arco iris, cuyo semicírculo perfecto, y duplicado, quedó reflejado en ambos cristales de sus pequeñas gafas–. El que haya presidido la reunión para concretar las acciones de estas fiestas, no quita que la acción colegiada del equipo esté presente en cada rincón y en cada instante de nuestra gestión. Creo que a Isa no le va a gustar ese tinte de desconfianza hacia nuestro quehacer.
–Desde que se inició el proceso electoral, tras la convocatoria y disolución de las Cortes por nuestro estimadísimo Mariano, a quien Dios guarde y cuide durante muchísimos años más, regreso a casa a las tantas de la noche, cansado de las agotadoras jornadas, y no hago más que observar quejas en mi Twitter y en mi Facebook. Sé que son expuestas sin argumentación alguna por aquellos, pocos, menos mal, que entienden que el partido que tan dignamente representamos puede perder apoyos ciudadanos por deslices y mariconadas que se nos van de las manos sin darnos cuenta. Pero ustedes…
–¡Ah!, ¿ustedes? Qué bonito. ¿Tú quieres que me dedique únicamente al urbanismo? Pues me pongo a ello sobre la marcha. Haré unos cursillos del estilo de los que realizó Laura con Hacienda, que los pague el ayuntamiento, me encierro en mi despacho y a planificar un pueblo bonito, un pueblo con encanto, un pueblo que se dirija al futuro con horizontes de esperanza, con salidas y entradas que dignifiquen, sin colapsos, con unas conexiones hacia la autopista dignas de una población de cuarenta mil habitantes. Y todo eso lo haré si no me distraigo en los cometidos que te corresponden, por los que cobras y que te pagamos religiosamente. No olvides que en mi condición de Licenciado en Bellas Artes me siento capaz de diseñar un planeamiento que nos devuelva el prestigio y nos sitúe en el contexto de las ciudades modernas, sin olvidar que la conservación del patrimonio histórico debe erigirse en seña de identidad. Y que tú, por tus evidentes relaciones y connotaciones con el mundo empresarial, también de la construcción, prefieres que el tiempo, inexorable cuentadante, actúe cual termita en la noble tea.
–Échate otro vasito, Adolfo. Relájate. Ponte cómodo y no te alteres. Sabes que los nervios juegan malas pasadas. Mi único objetivo hacia tu persona es que vayas aprendiendo, fogueándote y adquiriendo los mimbres suficientes. Ya te queda menos para que agarres el timón de mando. Sabes, al igual que yo que todos tenemos deseos inconfesables, pero entre nosotros basta con una mirada. Revelarte la intención de abandonar esta plataforma para subir otros peldaños, es prueba inequívoca de que no te cierro puertas, al contrario, mis pretensiones te convienen. Y una vez haya dado el salto, podrás acometer los cambios en las concejalías, y personal de confianza, que guardas planificados en ese recóndito lugar de tu privilegiado cerebro. Al que solo le falta una pizca de ambición. Pero no todo se puede poseer. Somos pocos en este mundo de la política los que disponemos de esa capacidad, mejor, habilidad para hacer previsibles los futuros inciertos.
–¿En serio, Manolo? O sea que en enero ya podré ocupar definitivamente el sillón. ¿Antes o después de San Vicente? Es que me hace ilusión portar el bastón. Ya me veo por El Cantillo, bajo la atenta mirada del vecindario… ¿De verdad, Manolo?
Un retortijo inoportuno había causado la ausencia de Domínguez por motivos fisiológicos más que obvios. Cuando Siverio se dio la vuelta se tropezó con Domingo que traía una nueva jarra de vino. No aquel azufrado de épocas idas, no, un verdadero jugo de lo que da la uva.
Ambos sonrieron. Se sonrieron.
–¿Y Manolo? –preguntó el recién llegado.
–Fue a evacuar otra consulta. ¿Tú pusiste en el cuarto de baño las varias decenas de papeles con las delegaciones en forma de decretos y desenroscaste la bombilla?
Otras sonrisas. De complicidad.