Tras un largo peregrinaje burocrático –y eso que iban a
agilizar la administración– a finales de enero de 2024 me hicieron entrega de
la placa que en las fotos se refleja, y pasaba formar parte de los
privilegiados que pueden guardar el coche en el garaje sin contratiempos
mayores. Ja, ja, ja y ja. Eso creía este iluso. Te sigo relatando:
Bueno, de algo sí que me encuentro muy satisfecho. Y es que
el ayuntamiento realejero se bajara del burro y modificara la ordenanza que
regula los vados permanentes para simplificar los trámites. Aunque a un
servidor no le quedó más remedio que pasar por el aro y aportar hasta
documentación que el propio consistorio me había expedido tiempo atrás. Que
vivan las nuevas tecnologías. Y que suprimieran el requisito del plano acotado
de la acera. Con lo fácil que es sustituir la exigencia por una visita de un
técnico municipal y, tras la visual pertinente, sentenciar aquello de sí o no
procede.
Tras la señalización oportuna (5 de febrero de 2024),
entendía este optimista que los cuatro metros de raya amarilla iba a suponer
todo tipo de facilidades para maniobrar en la entrada y salida del fotingo. No
contaba con aquellos a los que las prohibiciones no les caen bien. Y podría
contarte cómo en romerías y otros eventos de masiva afluencia en el casco de
Realejo Alto me han causado tantos quebraderos de cabeza, que acabas por
preguntarte para qué demonios pago la licencia ‒amén de sentidos recordatorios a familiares directos de los
presuntos implicados‒ si
hasta los propios vecinos de la calle se suman en más de una ocasión, y no por
el clásico es solo un minuto, a que el ataque de nervios aflore inmisericorde.
Uno, obviamente, acaba por cansarse. En dos ocasiones se me
ha presentado la imperiosa necesidad de sacar el coche por motivos familiares.
Y en ambas había un elegante vehículo ocupando un metro de los cuatro
señalizados. Del resto de ‘ocupaciones’ ya me olvidé para que no arranque un
proceso ulceroso de estómago. Tuve que llamar a la policía. Que acudió y puso
la sanción correspondiente a los infractores. Y me avisaron para que pudiera
salir en dirección prohibida. Porque en la del sentido de circulación en la
calle era, y es, completamente inviable.
E inicié otro proceso en mayo de este año que, tras varias
idas y venidas (la propia patrulla, que hizo acto de presencia en la primera
oportunidad, entendió que al no haber espacio para aparcar dos coches se
podrían señalizar dos o tres de motos, pero luego, en su informe, desistieron),
supone incrementar un metro –la ordenanza permite un máximo de cinco– por lo
que así lo solicité. No creo que sea un trámite tan engorroso, pensé. ¿Y quién
demonios te dijo que podías hacerlo? Pensar, me refiero.
Pasó el tiempo. Sigue sin llegar el informe de la policía,
me argumentaba el funcionario cada vez que llamaba. A los tres meses, cansado y
pensando si el plazo se iba a extender tanto como cuando la primera vez, pedí
cita para hablar con la concejala delegada de urbanismo. Porque mi
planteamiento era bien simple: si ya tengo concedida la licencia y ahora se
trata de aumentar la señalización en un metro (lo que la ordenanza permite),
con abonar lo que corresponda y pintar la raya… Pero lo fácil y normal no lo es
tanto visto desde el otro lado. Donde habitan los que tienen cogida la sartén
por el mago y deben firmar.
Me marché con la sensación de ser un afortunado porque tres
meses es una poquedad –para ellos– aunque una eternidad para el que espera.
Redacto estas líneas cuando el mes de septiembre avanza por el calendario. Ni jumo ni pelo. Incluso si recurres a
solicitar información a través de la web municipal, mutis por el foro. ¿Se hará
con toda la ciudadanía, me cuestiono, o solo ocurre conmigo porque, quizás, no
gusta lo que escribo? ¿Te acuerdas de la campaña del contenedor marrón? También
pregunté y la señorita que me atendió –de la empresa municipal Realserv– alegó
no saber nada. ¿Es esta la transparencia que merece una calificación
sobresaliente? Me lo expliquen.
Lees estas líneas el 4 de septiembre (viernes). Terminé de
redactarlas el día anterior por la tarde. Sigo a la espera de que la policía
municipal emita el informe. Eso me dicen. Porque Noelia no sabe nada. Domingo,
tampoco. Carolina, me imagino, sostendrá que hay pocos agentes. Todos ellos
(concejales) cobran religiosamente a
final de mes. Y los muchos cargos de confianza. Sobra el dinero para fiestas y
autobombo. Los superávits publicitados demuestran que los ingresos son
generosos. Al tiempo, la ejecución presupuestaria tiene más baches que las
carreteras del pueblo. Y los déficits a subsanar, unos cuantos. Figurines,
abundantes. Gestores, no los veo.
Si antes de final de año escuchas unos voladores a
destiempo, no te preocupes; seré yo que brinco de alegría porque me habrá
llegado un mensaje del ayuntamiento indicándome que Adolfo en persona viene a
pintarme de amarillo el metro demandado. Asistirán con él todo el grupo de
gobierno, el jefe de la policía vestido de gala, el responsable de protocolo
con atril y micro, el de prensa con todos los medios de comunicación
regionales, el párroco de Santiago Apóstol con el agua bendita, la Sociedad
Musical Filarmónica, Acorán y Tigaray, los directores de todos los centros
docentes y una amplísima representación del alumnado…
Qué afortunados son todos los que se hinchan en poner iconos
del bien quedar en las publicaciones del ayuntamiento –perdón, grupo de
gobierno– porque este servidor de ustedes tiene tanta suerte como cuando juega
un décimo de lotería navideña. En fin, tendré que seguir llamando a la policía.
Aunque no me hagan el informe preceptivo. Y antes de las próximas elecciones
(mayo de 2027), iré a hablar de nuevo con Noelia acerca de la agilización de
los trámites burocráticos. Qué desgraciadito soy.
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