El pasado domingo (15 de los corrientes) hubo en Los Llanos
de Aridane una Gran Polvacera. Enorme, grandiosa. Se echaron polvos por
cantidades industriales. Toneladas de polvos. Hasta con artilugios que los
disparan. Y al día siguiente continuó la fiesta en Santa Cruz con los
archiconocidos Indianos. Evento al que llegan barcos cargados con especímenes
dispuestos a empolvarse hasta las cejas. Listos para tragar lo que le echen. ¡Cuánto
polvo desperdiciado, señor! El talco inundó plazas y calles. Tanto que las
cubas debieron emplearse a fondo con centenares de metros cúbicos de agua para
despejar la enorme costra. ¿Terminará por desentonar la negra Tomasa? Vaya
usted a saber con la deriva. Lo mismo nos llega uno montado en caballo blanco y
manda a parar porque eso ni es feminismo ni es nada.
Pero, al tiempo, y como ocurre con harta frecuencia en estas
fechas, el giro contrario a las agujas del reloj de nuestro asiduo visitante,
el anticiclón (sí, ese de las Azores que baila por el Atlántico a naciente o
poniente según le plazca) provocó otra avalancha, pero en sentido contrario: el
polvo en suspensión. Y quedó entablada la pertinente lucha o porfía. A saber,
cada uno hizo lo que le salió del pito. Y entre tanto saca y mete, que si
empuja o que si cede, que molesta o agradece, que si el blanco o el canelo,
falla estrepitosamente el entendimiento. Con lo que el índice de natalidad
autóctono, por los suelos.
El lema carnavalero, tan repetido en estos días por diversas
razones (para gustos, ya se sabe), podría también servirnos para describir la
situación que se vive en el PSOE (mi partido) con viejos dirigentes. Cuya
nostalgia les puede sin que haya decaído sus ínfulas de grandeza que tuvieron
tiempo atrás. Tanto que muchos de los votantes actuales se cuestionan
estupefactos muchos principios. Y entiendo que procede la aplicación urgente de
lo estipulado en los estatutos: cortar por lo sano. Porque si yo fuera (o
fuese) un declarado forofo culé, ¿cómo podría manifestar alegría incontenida
ante los triunfos merengues? De cajón, ¿no crees? O estás o no estás. Pero las
dos situaciones al mismo tiempo va a ser imposible. En misa y repicando, largo
me lo fiais.
Felipe suelta exabruptos. Page lo secunda. Ibarra se suma a
la fiesta. Tardando está Guerra. ¿Qué ocurriría si yo declaro que en las
próximas elecciones pienso votar al PP porque en mi pueblo tienen mayoría
absoluta y hacen tres fiestas todos los días? No se quedaría la situación en el
clásico rapapolvo, sino que las
medidas disciplinarias implicarían el borrado inmediato. Que sería lo lógico.
Como manifestaba el presidente asturiano, Adrián Barbón, “jamás
he insultado a un adversario político —menos
aún a un compañero de partido—.
No me gusta esa forma de hacer política que buscar alcanzar o retener el poder
a base de atacar en lo personal, calumniar, insultar, agredir ya sea a un
adversario o a la familia de un adversario”. “Yo creo que el respeto, la
educación, el buen trato, no está reñido con la defensa, con todas tus fuerzas,
de las convicciones y valores”. Un ejemplo de saber estar y al que el cargo no
se le ha subido a la cabeza. El que disponiendo de vivienda oficial en Oviedo,
vuelve siempre a su Laviana natal porque allí están sus raíces.
En resumen, añade un servidor: un respetito es muy bonito.
Discrepar todo lo que se quiera. Que el pensamiento único no vuelva jamás a marcar
el derrotero político. Así que Felipe y compañía: presten un último servicio al
partido que les dio todo, que les brindó la oportunidad de alcanzar altas cotas
y llegar a la cima, guardando las formas y acatando los procedimientos
orgánicos; Pedro no está ahí porque se arrogó un derecho divino. No levanten
más polvacera (en oficial peninsular, polvareda). Hagan como yo, escriban y
desahóguense, pero, reitero, guardando las formas.
De nada y hasta el miércoles, que solo son 48 horas y el
tiempo (con o sin polvos) pasa volando.

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