9 de febrero de 2026

Nos queda Portugal

¿Consuelo de tontos? Lo más seguro. Pero mientras las dieciocho mil izquierdas que pululan por todos los vericuetos de este país no dejen de mirarse el ombligo y recapaciten con la muy deteriorada neurona que les queda, estaremos abocados a que la extrema derecha continúe su ascenso imparable. Porque, para más inri, aquellos que se dicen moderados han contribuido a que tal hecho sea ya irreversible. Y es que el electorado se pregunta para qué demonios quiere una copia si el original les sirve mucho más. Aquí no hay genérico que valga. En las farmacias puede que escapemos con el sucedáneo, pero en política, y más con los mimbres de los dirigentes actuales, va a ser que no.

No, no corren buenos tiempos. Pintan bastos en esta época convulsa. Ya ni son consistentes los innegables avances sociales para poner freno a una deriva. Nos tiramos de los cuatro pelos ante las tropelías del magnate estadounidense o las boutades de Isabelita, la castiza. Pero, en el fondo, nos encanta dirigir nuestros pasos hacia ese modelo. Y como no existen, por ahora, visos de solución alguna, tendremos que probar de esas otras medicinas. Que no se nos atraganten.

Estamos necesitados de buen correctivo. Que nos vuelvan a implantar el copago farmacéutico, que la escuela pública se convierta en la hermana pobre del sistema educativo, que nuestras pensiones vuelvan a ser de prestaciones de miseria y no se revaloricen cada año porque debemos rescatar entidades bancarias, que nuestros campos se tornen terrenos yermos ante la escasez de mano de obra (indeseables inmigrantes) y la cesta de la compra solo esté al alcance de los privilegiados que ostentan un cargo o nacieron en el seno de familias con apellidos de noble alcurnia. Cuando el señorito dicte las normas de lo tomas o lo dejas, donde vuelva a implantarse hasta el derecho de pernada (que no, no lo fue, aunque te lo cuenten los libros de historia, un hecho, triste y lamentable, de la Edad Media), donde no puedas siquiera caerte muerto porque hollas el coto particular del dueño del cotarro (ese al que debes hacer reverencia cada vez que pase y quitarte el sombrero en señal de agradecimiento por dejarte malvivir)…

Cuando esos puntos suspensivos, que engloban un amplísimo capítulo de restricciones que entendíamos superadas, te den tortas hasta en el carné de identidad, puede que la bombilla se te vuelva a encender. Lo malo será que la intensidad de la corriente ya no te haga cosquillas. Y el crujir de dientes no valdrá ni de epílogo o desenlace. El cainismo nos ha traído hasta este oscuro destino. Pero es que no se atisba luz de esperanza aunque Canarias parece resistir. Debe ser que la cultura democrática nos llega con el alisio. Que el cambio climático no nos los haga desaparecer. Aunque las aritméticas nos jueguen, a posteriori, malas pasadas.

Extremadura y Aragón serán lo que Vox quiera. Buscar excusas vanas, ahora cuando las urnas han dictado sentencia, se antoja ejercicio carente de fundamento. Pero —ay, el dichoso pero— se reproducen de manera machacona. El PSOE culpa a Feijóo y el PP a Pedro Sánchez. Echo en falta debates en los que primen fundamentos políticos de calado. Ya está bien del laissez faire, laissez passer. El pasotismo y el ande yo caliente deben ser desterrados de manera radical. Las implicaciones brillan por su ausencia. El compromiso ha pasado a mejor vida.

Sigan pensando que los viejos, aquellos que nos retiramos por mil causas que no vienen al caso, son —somos— los que dieron origen a estos lodos. Aquellos que hoy mismo miramos a Portugal como asidero. Porque a algo debemos agarrarnos. La esperanza me mantiene. Y como los comités —insulares, regionales y federal— se conforman con miembros selectos, la crème de la crème, aquellos cargos públicos que deben decidir y valorar la gestión de “ellos mismos” (a ver quién demonios se va a mirar su propia joroba), nos hemos ido olvidando de la confrontación de ideas, programas y, en fin, puntos de vista acerca de una realidad que se nos va de las manos a pasos agigantados.

Como la autocrítica está muy mal vista, si por un casual estas reflexiones llegan a tan altas seseras, al contenedor de los arritrancos (o arretrancos, que tanto monta): trasto viejo e inútil que estorba (también, persona despreciable). Si lo que está a la vista no requiere espejuelos, ¿no será posible que una de estas borrascas nos traiga unas buenas dosis de sensatez? Cállate, Jesús, que ya estás obsoleto. 

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