No, no me gustan estos vaivenes. Tengo un ligero escozor
detrás de la oreja cuando observo el caminar de la perrita. Prioridad nacional,
primero sin aditivos ni edulcorantes. Cuando aún el motor no ha arrancado, ya
se están produciendo las primeras aclaraciones. ¿Por qué? ¿Fruto de la
desconfianza? Preliminares haylos. Y los que abandonaron la nave despotricaron
a degüello. Pero como el poder atrae y llama, vuelven a las andadas e inician
nuevo noviazgo.
Feijóo persiste en una deriva rara. Hoy va y mañana viene.
Ahora sube, pero sostiene que baja. El atraganto de Pedro Sánchez lo ha abocado
a un continuo malvivir. Y necesita a toda costa contrarrestar el varapalo
nacional con un creciente e innegable dominio autonómico. Mas las mayorías absolutas
están muy caras. Y se ha dejado pescar en las redes de Abascal. Sin posibilidad
alguna de sentar unas mínimas bases que pongan sobre la mesa argumentos que
concuerden con aquello que se espera de una derecha moderada en consonancia con
sus homólogos del resto de Europa.
Es ahora mismo Vox el que lleva el timón de la nave. Y marca
el rumbo de manera inexorable. ¿Hacia dónde? Nadie lo sabe. Porque Santiago,
como fiel admirador de las veleidades de Trump, dispara bien alto pero sin
apuntar a blanco definido. Puede que mucho más a negro impreciso. Es menos
escurridizo y presa fácil. Así de duro, pero así de real. Sin ambages.
El trágala de la prioridad nacional es el hecho que constata
cómo el PP sigue derrapando. Y no ya en las curvas, sino también en las rectas
de gran visibilidad. Que no es posible obviar aunque se empeñen en la inútil justificación.
Que al no ser demandada por nadie (lo que está a la vista no requiere
espejuelos) implica aceptar un hecho irreversible: excusatio non petita, accusatio manifesta.
Parece no haber marcha atrás. Cuando Casado fue defenestrado
por atreverse a denunciar un trafullo (alboroto, barullo, lío) relacionado con
la familia de Isabel Díaz Ayuso, el Partido Popular creyó conveniente que debía
ser Alberto Núñez Feijóo el que condujera el tránsito hacia la moderación. Y en
calidad de tal desembarcó en Madrid el gallego. Y lo propagó bien alto para que
todos creyéramos en la reconversión. Mas no ha sido posible. Ni él, como
presidente nacional, ni sus voceros han sido capaces de hilvanar un discurso
mínimamente creíble. Los bandazos han sido una constante. Y todo para caer en brazos
de un Vox ávido de sangre (en sentido metafórico).
Con la prioridad nacional –se acepta pulpo como animal de compañía– el PP demuestra bien a las claras que tiene más bien oscuro su porvenir. Porque dudar de que TODOS somos iguales ante la ley y que los derechos constitucionales no van en función de colores de piel o creencias religiosas, e intentar justificar que donde dije digo, es síntoma inequívoco de que el mareo provocado en la travesía es mucho más grave de lo que se creía. No solo no se da la talla requerida para tal alta misión de estado, sino que son tratados como auténticos peleles por la ultraderecha convicta y confesa. Y uno no sabe a quienes tenerle más miedo: si a los que van con la cara descubierta o a los que fluctúan como veletas a merced del viento. Aunque las concomitancias convergen en un peligroso solapamiento.

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