Uno creía –ay, iluso– que la discreción de los magistrados
era factor determinante para que la credibilidad en ese poder del Estado no se
deteriorara. Por lo que, entiendo, el excesivo protagonismo, y no solo en sus
actuaciones personales (que hagan de su capa un sayo), sino también en el
desarrollo de su quehacer profesional, nos han abocado hacia un escepticismo
galopante.
“Les hablo desde un país con una democracia agredida desde
las altas instancias”, ha sentenciado Feijóo, ante la derecha internacional en
la inauguración del Foro Libertas, que reunió en Madrid a líderes de Europa e
Iberoamérica. Y la ilustración de Vergara no puede ser más explícita.
Cayó el exfiscal general con el argumento de que fue él, o
alguien de su entorno, el que filtró el tristemente famoso correo electrónico. Como
el testimonio de los periodistas se arrojó directamente al cubo de la basura,
se resumió todo el proceso en “tuviste que ser tú”. Se acuerdan ustedes, al
menos los mayores, cuando en los juegos infantiles alguien sufría un percance y
el resto le coreaba el clásico “jódete”, pues eso.
Cayó el hermano del presidente bajo la pregunta de hasta qué
límites los indicios pueden convertirse en el fundamento nuclear para una
condena. ¿No se menoscaba así el principio de la presunción de inocencia? ¿Qué
prevalece?
Y no caerá Begoña Gómez, porque ya ha sido sentenciada, y
condenada, de jure y de facto. Ni mareemos la perdiz ni demos más vueltas. Por ello,
afirmo rotundamente que va a caer Pedro Sánchez. Será el próximo.
Irremisiblemente. ¿Tengo pruebas? Ni falta que hacen. ¿E indicios? Tampoco, me
basta con las conjeturas, con suposiciones. Lo adelantan con semanas de
antelación los gurús de la derecha y es motivo más que suficiente. La cacería se
halla organizada y magníficamente engrasada.
Hasta el PP tinerfeño (el moderado Lope Afonso) se lanza a
la aventura. No pondremos líneas rojas a Vox. Definidos ahora como el
centro-derecha. A este paso, Manuel Domínguez se colgará la etiqueta de
comunista dentro de bien poco. Son discursos que van calando y ganando adeptos.
Fui testigo, hace dos días, de una conversa en el Hospital Bellevue entre unos
operarios de mantenimiento y se me engrifaron los pelos. Poco, por razones
obvias, pero con el miedo en el cuerpo. Las herramientas que asomaban de la
bolsa colgada a la cintura me provocaron infinito temor. Alicates, tenazas y
destornilladores bien podrían ser las armas de la destrucción masiva que
invocara Aznar en su día. Claro, pensé, cada cual hace a su manera. Confié, no
obstante, en el buen hacer del personal sanitario. Por si el ataque comenzaba
allí mismo.
Cuando caen muros en Europa, hasta la verja de Gibraltar, en
determinadas instancias judiciales se levantan tapias. ¿Para aislarse del mundanal
ruido y dictar conforme a razonamientos sólidamente fundamentados? Qué va. Nada
más lejos de la realidad. Puede que sea la particular manera de entender la
independencia judicial. Pero, y a los hechos me remito, más pareciera un coto
de caza privado. Donde deben existir unas enormes paredes en las que cuelgan
las cabezas de las piezas obtenidas en las respectivas monterías. Todas ellas
al cuidado del alguacil, que las custodia, junto a los aparejos, y que mima con
mucho esmero un enorme cartel que preside toda la estancia: El que pueda hacer,
que haga.
Con todo el respeto del que soy capaz, aunque legitimado
para la discrepancia y la sana crítica, invoco mi derecho constitucional “a
expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la
palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, sin que “el ejercicio
de estos derechos pueda restringirse mediante ningún tipo de censura”.
Y como los ataques van a continuar, con o sin pruebas (ya
este paso, otrora fundamental, se ha convertido en mero efecto colateral), el
próximo será, indubitablemente, Pedro Sánchez. A mis allegados vengo diciendo
de tiempo atrás: el que pueda votar, que no se quede en casa. Los polvos del
pasotismo derivados, quizás, del todos son iguales, son ahora las montañas de lodos
que se deslizan ladera abajo enfangándonos hasta las cejas.
Los enjambres sísmicos de Las Cañadas son simples carantoñas
ante los no disimulados movimientos de togas. Sin cañones, tanques, misiles, drones
o bombas de racimo. A la chita callando, mas con una impunidad que excede todo
límite democrático. Si “la justicia emana del pueblo”, como uno más que lo
conforma, manifiesto con total firmeza que algunos Juzgados y Tribunales están ejerciendo
funciones que la Constitución no contempla, con lo cual se vulneran los propios
cimientos de un estado de derecho. Muy peligroso, sí. ¿Que quieres llamarlo lawfare? Pues vale.
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