Nos invaden. Y no tenemos recursos para atenderlos. Hay, por
lo tanto, que cortar por lo sano. Que se despliegue el Frontex (Agencia Europea
de la Guardia de Fronteras y Costas), la Guardia Civil y la Policía Nacional.
Que nosotros reservaremos la Guanchancha
(Policía Autonómica) para fiestas y cuchipandas varias. Y cámbienle, por
cierto, el rojo de la uniformidad (y el de los coches) por un cian acharranado.
El malvado de Pedro Sánchez, y su pandilla de ministros
ineptos, nos ha dejado solos en la inmensidad del océano. Ese mismo que propuso
cambiar la ley de extranjería (artículo 35) y que nosotros (es Manolo quien te
habla) nos negamos rotundamente. Porque eso supone repartir menores y mis
compañeros de hornada no están dispuestos a soportar tales cargas. Si al menos
fueran ucranianos, pero negros… quita, cruz, perro maldito. Yo no soy racista…
Y lo peor, sentencia el de la foto, es que utilizan esta
invasión como arma arrojadiza y electoral. Lo desembucha y no se sonroja, no se
le cae la cara de vergüenza. No pidas imposibles, Jesús. Él no está en campaña.
¿Y Fernando? Tampoco. Mayday, mayday,
mayday. Después de que Abascal les enchufara –por detrás y sin anestesia
(iba a escribir lubricante y me arrepentí)– los números dos al Senado, cuestión
es de imitar eslóganes y propuestas guerreras. Cuando no existen razones, con
dos… Si quieres acabarlo en ones, también vale.
El mar se ha convertido en un gran cementerio. ¿De ahora?
¿En precampaña? ¿Los mismos razonamientos humanitarios de Onalia Bueno? Sí, esa
alcaldesa tan codiciada –políticamente– por los unos y los otros que se negó a
enterrar a los negros en su cementerio moganés. ¿Se lo tiznaban? Con un
comportamiento similar al de tus correligionarios peninsulares y fruteros. Qué
diferencia tan grande con el ejemplo de El Pinar. En suma, con el pueblo
herreño.
Canarias está sola. Mayday,
mayday, mayday (venez m´aider,
que fueron los franceses los padres de la criatura y no los universitarios de
Wyoming). Cuánta desfachatez. Desplegaremos la Armada por toda la costa
occidental africana desde Marruecos hasta Sudáfrica. No va a poder pasar ni un
alfiler. Y a todo aquel que intente embarcarse en esos yates de lujo, cañonazo
y a tomar viento fresco. Ahí, Manolo, como el guanche icolaltero, con otros dos…
Menudo mes de noviembre nos espera. Vamos a estar de un entretenido
subido. Será una durísima competición para comprobar quien la tiene más grande;
perdón, perdón, en qué estaría yo pensando, para comprobar quien la suelta más
grande. Mas no me preocupan los mensajes, porque los emisores son harto
conocidos. Pienso en los receptores. Los pensionistas, sobre todo. Yo lo tengo
claro: no me la toquen. Y por lo que dicen un tal Figaredo y una tal Muñoz –ambos
en el círculo de amistades de populares locales, insulares y regionales, que se
refuerzan mediante pactos y acuerdos– jamás votaré a los que me van a dar el
sablazo. ¿Vas a dejar, amigo pensionista, que a ti sí te la toquen? Si hasta
los estadounidenses despertaron –algo que yo creía improbable–, ¿a qué esperas?
Si antes de que deposites el voto ya te piden sacrificio, después ni te cuento.
Como diría Calero: que yo tengo mi tino.

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