miércoles, 24 de febrero de 2010

Dormir es saludable

En los años lejanos de mi infancia me correspondió ir a la escuela de La Longuera. En aquel tiempo sólo tuve un maestro: don Andrés Carballo Real. Que allá cuando lo creyó oportuno me envió al colegio San Agustín donde con ayudas y penurias salí adelante con el Bachillerato de seis cursos. Del maestro rememoro, entre otras cosas, manifestar el aserto de “lección dormida, lección aprendida”. Y creo haberlo seguido a rajatabla, porque, que yo recuerde, jamás he pasado una noche en vela estudiando. Prefería levantarme bien temprano antes de realizar el sacrificio de no pegar un ojo (con lo bueno que es).
Hace dos días leo en El País que el científico Matthew Walker explica que “una noche en vela reduce la capacidad de asimilar conocimientos en casi un 40%”. Sigue habiendo mucho misterio, pero el sueño es necesario para aprender. Los bebés duermen muchísimo. Y aprenden que es un gusto. ¿Tú te has percatado de cómo le cogen el tranquillo al habla? Es increíble la capacidad de fijación de conceptos y el establecimiento de relaciones en su vida cotidiana. Como lo estoy viviendo cada día con mi nieta, establezco la correspondencia oportuna y concluyo que los viejos tenemos con un par de horitas. Sobre todo los del Imserso: ya se lo saben todo.
Parece ser que el hipocampo, cual carpeta de disco duro al uso, se llena, y es menester dar una cabezadita para que los archivos se muevan a otra carpeta y vuelta a empezar. Hizo el científico un experimento con varios jóvenes y se percató de que los que se habían echado una siestita, siguieron obteniendo por la tarde buenos resultados en las tareas encomendadas; aquellos que no habían dormido los cosecharon peores.
Cuánta razón tenía don Andrés. Aun sin saber nada de ordenadores ni de informática nos descubrió que “la limpieza del buzón del hipocampo tiene lugar en una fase del sueño”. Sus alumnos, ya bien entrados en años –y décadas–, hemos practicado su teoría y parece que la vida no nos ha tratado tan mal. Además, si la hemos complementado con la otra de la siesta –invento español exportado a Japón, sin ir más cerca–, gozamos con la tremenda ventaja de evacuar –el hipocampo– con bastante frecuencia, lo que conduce, inevitablemente, a disponer de una alta capacidad de asimilación ante la avalancha informativa con que nos encontramos en cada despertar. Como contrapartida, puede que tengamos algo más de barriga, pero de esa limpieza y sistema de evacuación no correspondía hablar en el presente.
El no estar ahora sujeto a demasiadas obligaciones, mejor, a estrictos horarios, me va a permitir planificar el ocio con varias siestas. Me temo que la de después del almuerzo ya no es suficiente. Bueno, hasta otra, los dejo porque me está entrando un sueño…