miércoles, 5 de mayo de 2010

Cuatro secarrales



Había adelantado a los incondicionales que iba a estar unos días en Las Palmas. Y así ha sido. No pude hablar con Jerónimo. Otra vez será, porque no me dio tiempo de avisar a Salvador. He regresado y aún no ha habido lugar para enterarme de qué calle ganó este año en la Villa de Viera. La gente inteligente me señala si me largo para no escuchar tanto estampido. Algo de cierto hay en ello. Y en tiempos de crisis –eterna canción de los últimos meses–, menos entiendo el gasto. La desconexión fue total, por lo que las entradas a este blog quedaron suprimidas en estos cuatro días pasados. En los que sólo hubo fotografías, comer, hacer kilómetros (en coche, bastante pocos por el Paseo de Las Canteras) y descansar. Pasé, eso sí, por Montaña Alta, en Guía, y saludé a dos amigos: Misael y Ana. Escuché unas perras de música, no probé el queso (estoy medio desconfiado e intuyo que algún componente no me sienta bien), compré pan de papa y unos dulces de Moya. Arranqué la caña pronto –qué raro en mí–, tras haber cumplido el encargo de Benito (A. F. de Higa) y dejar un “Pepillo y Juanillo” por las tierras de los ‘cuatro secarrales’. Y para que haya constancia del hecho, las tres fotografías que hoy inserto dan fe de lo ásperos que están los terrenos por la tercera (en extensión) isla de esta nacionalidad archipielágica y ultraperiférica, llamada Gran Canaria (excepción hecha de un recóndito lugar ubicado en la santacrucera Avenida de Buenos Aires, donde las derivas son mayores que las del barco de Fred Olsen en su travesía a Agaete cuando trinca la mar revuelta).
Para mí Las Palmas es una gran ciudad que sabe mirar hacia el mar. La playa de Las Canteras está preciosa y da gusto pasear por sus aledaños. El cosmopolitismo se respira por todos lados y en el ambiente se inhala cultura. Porque pones la oreja atenta y escuchas conversas interesantes. Y los ‘verdes’ de la Autonómica montaron su particular protesta uno de los días que allá estuve. Se congregó bastante gente. Incluso pasó un helicóptero, pero no alcanzamos a vislumbrar el pasaje. Lo mismo era Willy que espiaba al personal.
De San Mateo a Valsequillo la carretera está linda. Me recordó Madeira. Como aquí nos cargamos todos los árboles que bordeaban las nuestras porque constituían un peligro para el tráfico, cuando quiero rememorar el tramo entre Las Arenas y San Agustín, por El Castillo y Los Barros, tengo dos opciones: cerrar los ojos y volver a mis años mozos o marcharme para Gran Canaria y subir por Santa Brígida, o ir de Arucas a Teror, o de Firgas a Valleseco, o de Moya a Fontanales...
También ‘circunvalé’ en varias ocasiones, pero dejé pendiente algunas visitas para una próxima oportunidad. En aquellos ‘secarrales’ me encuentro bien y como tengo la manía de perderme por todo vericueto que halle, siempre se queda algo en el tintero. No subí a Santa Lucía, pero sí estuve en La Aldea. Siempre voy y me traigo un callao. Ya sé que es un antojo, pero mis peligros de embarazo ya me quedan algo lejos. A donde no pienso volver es a cierto restaurante de Artenara, pues una ‘toleta’ de propietaria le metió tremenda fufa a un viejillo por no sé qué mal entendido. Y aquel rasque me afectó, creo, más a mí que al pobre infeliz. Lo dicho: allí no como más, que el jodido solomillo casi me produce diarreas. De seguir en esa línea, la muy sorulla cierra el negocio en un par de meses. Y eso que tal población me sorprende. Tanto que hace apenas un año y medio estuve unos días en una casa-cueva preciosa.
Aquí sigo entonces. Se acabaron estas mini vacaciones y me enfrasco en la cotidiana labor. Los Realejos está en fiestas durante todo este mes y lo mismo hago mutis por el foro nuevamente cuando la romería se halle a la vuelta de la esquina. Lo pensaré. Parece que ya no estoy para esos trotes festivos. Mañana más.