jueves, 6 de mayo de 2010

Estoy molido


Pensaba escribir algo de José Manuel Soria, al que los sindicatos ya llaman absentista por estar mucho en Madrid y cuando regresa se pone a recortar como un loco a cabildos, ayuntamientos y alguna que otra consejería. Ya lo había mentado en entradas anteriores, pero a mí nadie me hace caso. Debe ser que no estoy afiliado sindicalmente. ¿Seguirá yendo al aeropuerto en coche oficial o pagará un taxi de su bolsillo?
Era mi intención insistir en el brutal parón a un montón de comedores escolares (entre ellos los de los colegios realejeros de Pérez Zamora y Toscal-Longuera), para los que se barajan varias alternativas que pasan siempre por que los padres desembolsen una linda cantidad de dinero. Así que, de no plantarse y exigir lo que otros ya disponen, tendremos comedores de muchos precios diferentes (deberán ser a la carta). ¿Dónde está Fitapa? A mí que me registren, ya yo soy un simple abuelo, sin hijos en ‘eso’.
Me soplaron que volvieron a gastarse la tira de millones en fuegos de artificio. Dicen, los que los justifican, que es dinero del pueblo. Y ello ya es motivo suficiente para argumentar incluso la religiosidad del evento. Lo de las plataformas hidráulicas debió consistir en un peldaño más hacia las alturas. Explíquenselo a los griegos. O cuando se aproxime la Navidad, hagamos una campañita para que los negritos africanos vivan unos días felices con turrones y mazapanes. O con pasteles de doña Paula.
¿Y el titular? Pues después de unos días de total relajo y desconexión, llega mi hijo y me cursa gentil invitación para visitar una huerta que tuvo a bien comprarse en Las Abiertas. No se trataba de una chuletada, pero sí de una comida de papas. Lo malo es que primero hubo que cogerlas. Y uno no se halla acostumbrado a menesteres tales. Lo dicho: estoy molido como un zurrón. Me duele hasta el carné de identidad. Y un instrumento denominado azada, que viene a ser como un motor en versión de los pobres, me ha causado un par de elegantes bolsas en mi mano derecha. La única útil que tengo, porque la izquierda es más bien de adorno. A decir verdad, papas no había muchas porque el viento de febrero casi acaba con ellas. Como tampoco recibieron muchos cuidados, la hierba campaba a su anchas por los surcos. Pero, como dicen los lugareños, para la semilla del próximo año sí hay. Y alguna caerá también en el caldero.
En la foto estamos echándonos un chocolate calentito, pues cuando se mete la bruma en lo alto de Icod, te entran unas ganas de marcharte para tu casa que para qué contarte. Pero aguantamos. Bueno, aguanté, medio cambado, pero aguanté. Así estoy hoy, parezco una carreta vieja. Esta es la razón por la que no entiendo a los jubilados que se compran una finquita. Tanta platanera mamé cuando era menudo que cuando leo lo de los secarrales que ayer te comenté, siento escalofríos y vergüenza ajena. Debe ser que a algunos encumbrados, y a sus ‘negros’ escribidores’, les corre la savia elaborada por sus arterias y la bruta por sus venas. Chiquitos injertos están hechos. Guárdenme un par de brotes para ver si consigo ‘fabricar’ unos bonsáis.
En fin, si mañana estoy más recompuesto les contaré algo de más fundamento, pues llevo dos días mayeros de un verdor exuberante. Qué le vamos a hacer. Otros, con más falta de vista que yo, lo atisban más seco. Son ópticas distintas, enfoques desiguales. Hasta luego.