martes, 14 de septiembre de 2010

Comisión de control


El singular equipo de Paulino Rivero, cuyo entrenador económico es José Manuel Soria, tras encomendarse a la Virgen del Pino (a la que pidieron protección e intercesión divinas), observando que el gasto continúa disparatado, ha decidido crear otra comisión para poner freno y control. ¿Quién carcome?, pregunta este ignorante redomado. ¿Qué consejero se está pasando? ¿En qué capítulo se roen los dineros a mansalva?
Ante cualquier cuestión que planteemos, la respuesta siempre estará en alguno de los que ya están. Si el despilfarro existe, la responsabilidad deberá recaer en algún despilfarrador que despilfarra más de lo que sería deseable, y alguien se lo consiente. Por lo tanto, la nueva comisión deberá estar formada por otras personas que no sean tan manirrotas. ¿A cuántos fichamos? ¿Cuántos van a cobrar? Porque el controlador que controle el descontrol, si pretendemos que controle bien habrá que retribuirle adecuadamente. Y ello no asegura que lo ahorrado en el control del descontrol sea lo suficientemente abultado como para abonar las retribuciones de los lumbreras que controlen a los que ahora mismo están descontrolados. Clarísimo. Y ya se sabe lo que exigen los controladores. A los hechos me remito.
Y en ello estábamos cuando el iluminado del portavoz gubernamental sale a la palestra para indicarnos que no hay aumento de sueldo a la policía autonómica. Que solo se trata del “típico baile de números”. Coño, qué bailongas las partidas presupuestarias. Así hay descontrol, qué otra cosa podría esperarse. Y mira que yo le doy vueltas a la pensión y no hay manera que los cuatro dígitos me deleiten con la danza del vientre. ¿Y desde mayo nadie se había percatado de que en los presupuestos de la comunidad canaria existía una verbena amenizada por Pepe Benavente y “Los alegres colombinos” en la que los números se pegaban unos movimientos sensuales de sí te menees? Aparte de perder el control, perdieron la vergüenza.
Han atisbado una solución maravillosa: la venta de activos. Debe traducirse por quitarse de encima algún solar, museo, palacete, fotocopiadora vieja, vehículo oficial, helicóptero… Eso, entiendo, es pan para hoy y hambre para mañana. Yo tengo una salida mucho más práctica: la venta de pasivos. Y me explico. El organigrama gubernamental deberá estar compuesto por una plantilla de varios miles de personas. Aparentemente el más activo es Paulino. Eso, aparentemente, porque si te fijas bien se pasa todo el tiempo viajando. Y en su medio de transporte preferido tiene que ir sentado y sin moverte mucho. Por consiguiente, más pasivo que activo. Va a Mancha Blanca, corta una cinta, repite las palabras que ya dijo en Candelaria y retorno tras felicitar a Rita (cacho maga en Los Dolores) e Inés. Eso Paulino, que, como cocinero mayor, presume de tener muchos potajes al fuego. Imagínate el resto. Oh, el segundo, José Manuel, se va cada dos por tres a la Península porque debe departir con Mariano y solicitarle a Santiago (Apóstol) un sinfín de bienaventuranzas, por lo que tampoco es de los que curra las veinticuatro horas, que es lo que ellos dicen, en pro de la causa por la que perciben sus honorarios y otras viandas de menor porte. Pues echa a caminar de ahí hacia abajo, miles y miles de escalones, y comprobarás (ni calculadora hace falta) que existen muchos más pasivos que activos. Y cuando hay excedente es menester recurrir a la venta, la expropiación o la patada por el culo. Si vendemos todos estos pasivos… Planteamiento completamente erróneo: no te dan un euro. Pero ganamos en movilidad, ¿no? Sí, pero para tener más espacio donde arrullarse con el sillón.
¿Tendremos solución o nos pegamos un tiro de leche en polvo y nos morimos de blanco? Nuevo dilema.