viernes, 1 de abril de 2011

Retorno a las aulas

En la tarde-noche del martes de esta misma semana retorné a un aula de un IES. Llevaba ya unos meses en que contemplaba los toros desde la barrera. Valga el símil en el sentido de no tener implicación alguna en la docencia directa. Porque sí que estuve una semana atrás en un centro güimarero, y en el que ‘mi jefa de estudios’ desarrolla ahora labores docentes. Y me apetecía volver a tener algún contacto con alumnos. Nada mejor que acudir a la llamada de un amigo, Álvaro García Domínguez, que imparte clases en el IES Realejos a unos grupos, bastante numerosos por cierto, de la denominada Educación de adultos.
El pasado año, allá por el mes de abril, y con motivo de la celebración del Día del Libro, hicimos algo parecido en la emisora local Radio Arena. Y en aquella oportunidad, y asimismo en la pertinente entrada del blog, les animaba a que continuaran perseverando, porque para aprender nunca es tarde, o como decían nuestros abuelos: el saber no ocupa lugar. Y añadía: Ojalá vean cumplidas sus expectativas y que estos actos, sencillos a la par que lúdicos, pero preparados de una manera concienzuda, sean un acicate más en esa ardua tarea que tienen ante sí. Y exhortarles, también, para que una vez hayan alcanzado la meta que les permita un más fácil acceso a un puesto de trabajo digno, no dejen nunca aparcados estos quehaceres relacionados con la ampliación de su faceta cultural, ya que ‘nunca es tarde si la dicha es buena’.
Los alumnos de todas las edades (el profesorado me indicaba que la crisis actual ha hecho posible la asistencia masiva en busca del tan ansiado ‘graduado escolar’ que les abra las puertas laborales en un futuro cercano) tuvieron a bien leer el librito de un servidor que da título a esta ventana abierta de Internet: Pepillo y Juanillo.
Y a fe que me sorprendieron agradablemente. Pasamos algo más de una hora en una clase de lengua atípica, alejada de todos los cánones convencionales y en la que disfrutamos (puede que más yo que ellos), mientras comentábamos los avatares de los dos chiquillos allá por las décadas de los cincuenta y los sesenta del pasado siglo. No estaba conformado el auditorio, como podría suponerse, por aquellos que abandonaron la escolarización reglada hace más bien poco y que acuden a este sistema como la válvula de escape para alcanzar la meta que les correspondía cuando la edad reglamentaría les señalaba. Que los había, pero minoritariamente. A los más, y eso es digno de destacar, ya les quedaba lejos su etapa de escuela, colegio o instituto. Pero deduzco por las cuestiones que planteaban, y cómo lo hacían, que están aprovechando el tiempo de manera satisfactoria. Lo que me congratula enormemente, e igualmente me conduce al atrevimiento de darles todo mi apoyo para que su arrojo siga marcando improntas.
En las fotografías (de teléfono móvil, a perdonar la calidad) pueden apreciar diferentes momentos de la charla. Que me recordó, en su final, la clásica firma de libros en cualquier acto de presentación que se precie. Y algo –allí lo comentamos– que desmonta los argumentos de las editoriales a la hora de pasar las liquidaciones a los autores, cuando presentan unos resultados que se alejan bastante de la tangible realidad. Sí, porque aparte de las clásicas dudas acerca de las motivaciones para argumentar secuencias noveladas, de las posibles vivencias plasmadas en sus páginas, del cómo era una época en la que la luz eléctrica no había hecho acto de presencia, de la separación educativa en razón del sexo, del suplemento alimenticio de la leche en polvo y las porciones de queso amarillo y un sinfín de situaciones que chocan con un presente dotado de mil adelantos tecnológicos, también hablamos de las graves dificultades para publicar, de las incomprensiones y falsas expectativas…
Pero cuando alguno reconocía abiertamente que era el primer libro que leía en su vida, te cambian los esquemas y la moral se te refuerza. Fue, insisto, una multiplicación de dosis altamente esperanzadoras. Porque ahora, me indicaba una señora, lo va a leer mi marido. Qué más puede demandar este aprendiz de casi todo.
Gracias Álvaro, y gracias a todos los que hicieron posible este amenísimo rato vivido en este IES realejero. Vaya el ruego de que las mañas nunca pierdan y sigan demostrando que con voluntad, tesón y ganas se pueden alcanzar esos logros que se nos antojaban lejanos y difíciles. Tienen todo mi reconocimiento y afecto. Y mil gracias por haber elegido esta publicación con la que espero no haberles defraudado. Ánimo y adelante.