sábado, 10 de diciembre de 2011

Platicando

En la tarde-noche de ayer viernes estuve en mi barrio charlando con un nutrido y selecto grupo de buenas gentes que a bien tuvo acudir a la cita. Fui gentilmente invitado por el párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, un joven guimarero que en estos tres últimos años ha venido realizando una importante labor en el importante núcleo poblacional realejero de Toscal-Longuera. Tal cuestión fue destacada días atrás por el decano de la prensa tinerfeña, Diario de Avisos, en varios reportajes que, bajo la denominación de El megáfono, inciden en la problemática de algún lugar de esta isla.
Tuvimos la oportunidad de hablar distendidamente de muchas cuestiones acaecidas en el entorno de La Gorvorana hace algunas décadas. Porque uno nació en la vieja Casona de lo que constituyó la Hacienda fundada por don Francisco Gorvalán, pero no fue consciente de la trascendencia histórica del hábitat que le dio cobijo durante bastantes años hasta el otro día mismo en que comenzó a husmear, indagar, leer y escuchar. Pero este aspecto concreto no fue tratado porque el responsable de este blog deja tal menester para jóvenes sobradamente preparados que mucho y bien han investigado ese legado. A uno de ellos, luego, en la más distendida aún charla de la plaza, dejé unas fotocopias de periódicos de años idos para siempre. Y contamos anécdotas y rememoramos secuencias que se me habían escapado. O que, simplemente, no dio tiempo de manifestar en el tiempo amablemente concedido.
De aquellos hurtos de la apetitosa y llamativa fruta del entonces, con los que saciábamos los voraces y ávidos estómagos, hasta las raciones del queso amarillo argentino y la leche en polvo. Amén de la labor pedagógica de los antiguos maestros que se enfrentaban a unas clases cargadas de chicos de todas las edades, todos los niveles y con una disparidad absoluta de capacidades. Sin profesores de apoyo, sin aulas de PT y con materiales pedagógicos que hoy tildaríamos como de etapas cavernarias.
Entre lo que se quedó en el tintero, el relato de las intrépidas aventuras de nuestras giras a la que denominábamos Cueva del mármol. Ubicada en la zona alta del Charco de las lisas y a la que se accedía a través de una excavación de una de las tantas galerías de la costa realejera. Y en la que las incipientes estalactitas y estalagmitas nos llamaban poderosamente la atención. Sería interesante, pienso, que alguien con más conocimiento que el que ostentábamos aquellos jóvenes equipados con unos caseros mechones, pueda llevar a cabo el estudio pertinente. Lo mismo estamos perdiendo la ocasión de tener un atractivo turístico de primer orden en el barrio. Lanzado queda el reto. Y convidados los lectores de este medio de comunicación para que propaguen la propuesta a quienes puedan hacerla posible.
El acto concluyó con la actuación de la pianista Cristina Coronado. Que tuvo la oportunidad de ‘lucirse’ un fisco más que en la presentación de Sodero. Siento no haber sido capaz de pasarle las hojas de las partituras, pero este pobre infeliz pertenece a la época pretérita en la que solo pasábamos hambre y necesidades. Pero fuimos felices y salimos adelante. La próxima vez, Cristina, encárgame tal menester pero tú me haces una señal con la cabeza en el momento exacto en el que debo voltear la página. Lo mismo me aplauden a mí también.
En las líneas plasmadas en el libro de firmas, mi agradecimiento por haberme hecho partícipe de estos ciclos socioculturales. Siempre es agradable recordar, siquiera para no volver a cometer errores.
Hasta luego. Y descansen.