sábado, 10 de marzo de 2012

La octingentésima

Es, según el diccionario, la que sigue inmediatamente en orden al o a lo septingentésimo nonagésimo nono. Así que, estimados amigos y ojeadores varios de este blog, la entrada número ochocientos es la que tienes ante tus ojos en estos mismos instantes. En la presente ocasión no te voy a cansar con datos chivados por el Google Analytics porque lo suprimí hace un tiempo, exactamente cuando cambié la plantilla. Y ese marcador que se incluye en la columna de la derecha, aun con sus fallos –a veces da unos saltos numéricos medio raros–, señala el número de visitantes, que a tenor de los entendidos son pocos, pero que a mí me parecen bastantes para las boberías que uno escribe. Entiendo que estos vehículos de ‘información-opinión-entretenimiento…’ se deben, muy mucho, a los lectores incondicionales que uno se va forjando con el paso del tiempo. Los más para trincarte los fallos y reírse un rato de las evidentes carencias literarias, y los menos para seguir las opiniones vertidas en este instrumento que la Red propaga por esos mundos informáticos. Entre estos últimos, algunos políticos.
Hacemos la número 92 de este año 2012, que sumadas a las 324 de 2011, 332 de 2010 y las 52 del primer año 2009, nos dan el resultado arribada enunciado: 800. Ocho centenas. DCCC, en números romanos.
Como he estado estos días atrás sumergido en los recortes periodísticos tradicionales, y debidamente archivados, que forman mi particular colección de colaboraciones en los medios impresos de esta isla tinerfeña, me llama poderosamente la atención que ni siquiera en todos los años que me asomé ‘Desde La Corona’ al periódico El Día, cuando aún no era independentista ni traía a mal vivir a nuestro presidente autonómico, pude alcanzar tal cantidad de artículos, comentarios o como quieras denominarlos.
Aunque deba reconocer que uno ha llegado más bien tarde a este maravilloso mundo, no es menos cierto que la tremenda facilidad que Internet nos brinda, máxime ahora en este estado jubiloso, ha desembocado en situaciones que ni por asomo se parecen a las vividas en aquella época de máquina de escribir –a Dios gracias–, imprimir un par de folios (con calco) y enviarlos a la capital en la guagua con los de Cayetano –ahora Rafael Ben-Abraham– Barreto. El que le des al ‘enter’ y al instante pueda haber un neozelandés regolisniando allá abajo, es un hecho difícilmente explicable pero altamente satisfactorio, reconfortante. Y te juro que, tras sumergirme lo que buenamente he podido, la experiencia ha valido la pena. Y bien. Tanto que no comprendo a quienes en edad parecida se declaran acérrimos enemigos del ordenador (alegando, precisamente, que llegaron tarde). No te hablo de quienes se han desenvuelto en un mundo alejado de cualquier círculo cultural o instructivo, sino de otros que incluso habiendo desarrollado su vida laboral en facetas que serían en la actualidad impensables sin el auxilio del PC, se jactan de indicarle al sobrino o nieto que les busque tal o cual cosa o les ponga la película de Los Diez Mandamientos en las vacaciones de Semana Santa. No lo entiendo.
Mientras, con días mejores o con días peores, aquí seguimos. Entretenido. Intentando sacarle chispa a la crisis para no morir de asco. Jugando una primitiva de vez en cuando con la lícita esperanza de alcanzar buen botín. Y llevarle el fajo al susodicho para que me lo ponga a (su) buen recaudo. Y es que mi Caja, después de que se hizo Cívica, parece que no es lo mismo. La noto rara. Antes se preocupaban más pues sus clientes eran más cercanos. Tanto que en una ocasión escribí una queja por las colas existentes y mandaron un ‘jefe’ para hablar conmigo. Y les saqué un par de tableros de ajedrez para los chicos del IES. Lo mismo me sobornaron. Ya me desvié: me enfogueto y no me doy ni (de) cuenta.
Avanzaremos por este nueva centena y apostamos decididamente por alcanzar el millar. No tengo ni la más remota idea de qué voy a tratar en la 801, pero no hay que estrujarse demasiado los cascos (ni los trillos). Algo surgirá.
Bueno, la próxima semana presentamos un libro. Ves, ya está, el lunes te lo contaré con más detalle y así no tienes disculpa para que el viernes 16 de marzo te des un salto a La Perdoma. Lo adquieres, si te apetece, escuchas buena música de nuestra tierra y después te mandas un cacho carne con dos vasos de vino en cualquier guachinche y sales con los caños ardiendo. Cultura para el alma y para el cuerpo. Te lo tengo todo programado. Hasta luego.