lunes, 15 de octubre de 2012

Desde La Corona

Ha quedado aclarado el asunto de los helicópteros. Sí, esos vuelos que nos sorprendieron a los habitantes del Valle de Taoro unos días atrás, cuando en horario nocturno sobrevolaban nuestras cabezas con un ruido al que no estábamos acostumbrados. Y como bastantes somos los que solo disponemos de ese rato para echar una visual a la tele, al no poder escuchar absolutamente nada, salíamos disparados para la azotea a intentar descubrir el argumento de la película añadida.
Se barajaron innumerables posibilidades y en las redes sociales se pudo leer de todo. Pero los militares han puesto las cosas en su sitio. Se trataba de unas maniobras, a modo de ensayo y entrenamiento, para la inminente marcha hacia tierras afganas. Espero que las prácticas les hayan valido de mucho –aunque en aquellos lugares parece que estamos para algo relacionado con la paz, me lo expliquen– y que los aparatos lleven bien aprendida la lección. Me gustaría, no obstante, o mejor, soy partidario de que esos euros sean desviados hacia otros menesteres, verbigracia, el sector educativo. Pero me temo que el sinWertgüenza –si no quiere que lo califique de tal guisa, que se calle la boca y no crea que es aún tertuliano de Intereconomía– de ministro que se halla al frente del ramo no está por la labor. La de aportar más dinero, porque la otra (la disciplina militar, la fiesta nacional y la formación el espíritu) se da por hecho.
Vaya equipo que ha formado Rajoy a su alrededor. Oh, fíjate tú que este pasado fin de semana envió a Soria para que comunicara que las pensiones se revalorizarían en función del IPC de noviembre próximo. Pues conociendo al personaje, mejor será que los jubilados se vayan apretando otra vez el cinturón, o agarrándose mejor los tirantes. No mucho, para que no salte la dentadura. Debemos reconocer, sin embargo, que forman una piña. Están todos cortados por la misma tijera y si es necesario decir lo contrario de lo que se dijo un minuto antes, aquí no ha pasado nada, todos a una. Tienen un manual, a modo de Biblia, que lo repiten cada noche como si fueran los misterios de gozo (para ellos, de dolor para nosotros) del rezo del santo rosario (o lo mismo ya no se menta así). Y no sigo porque el resto ya no se vislumbra desde La Corona.
Aquí en el pueblo –esto sí que lo veo clarito– sigue la excelente oferta cultural. A uno, que vivió aquellos tiempos en que tal palabreja era vocablo prohibitivo y que fue testigo directo de los balbucientes primeros pasos, le alegra infinitamente que siga viva la llama que se prendiera de la mano de Álvaro García Domínguez (qué tiempos en los que un Seat Panda demostró ser el vehículo de mayor aguante jamás fabricado), lo continuó Vicente Quintero Yanes (también una ingente labor la suya al frente de esta área, aunque avatares políticos bien diferentes hayan relegado injustamente ese gran quehacer), la mantuvo Tomás Pérez Luis en los ocho años que estuvo al frente de la misma, y observo que Adolfo González Pérez-Siverio persiste en la apuesta. Mucha parte de la ‘culpa’ hay que cargarla sobre los hombros de un bloque humano que curra en la Casa Municipal de la Cultura y cuya batería o pila no le disminuye un electrón. Qué suerte. ¡Ah!, para aquellos agoreros que nos espetaban que a dónde íbamos con ese tremendo edificio, ahí tienen la prueba palpable de lo que desde allí se irradia. Es una circunstancia por la que me siento feliz de haber sido uno de esos que ‘metieron la pata’ en aquel entonces.
Acabo con una nueva felicitación. Esta semana la arranco, como es notorio, con renovados y optimistas bríos. Va para la Asociación de Mayores del barrio de La Montaña. Acaba de cumplir 16 años. Y de la mano de Manuel González Mesa (Manolo, el bigotes), compañero de muchas fatigas allá por los lejanos tiempos en los que había que dotar al pueblo de las infraestructuras adecuadas para que los movimientos vecinales se constituyeran en auténticos motores del desarrollo de Los Realejos. De la constancia de Manolo tuve la oportunidad de ser testigo bien directo. Debido a su tenacidad, pueden hoy los habitantes del núcleo poblacional aludido sentirse orgullosos de su magnífico centro sociocultural. Ahora se mantiene en la brecha y aporta experiencia en la gestión de las actividades encaminadas al disfrute de aquellos que, tras una vida de intenso dinamismo laboral, se encuadran en la etapa de ver cumplidos muchos objetivos que en su época de jóvenes no pudieron disfrutar. Mi más cordial enhorabuena y que los ánimos no decaigan.