martes, 13 de noviembre de 2012

Un clamor independentista

El pasado domingo vine a enterarme –dónde demonios estaré viviendo y en qué carajo (está en el diccionario) estaré pensando– que hay por estos peñascos un clamor independentista y que somos negritos con la piel blanca. Chacho, casi me caigo de culo. Menos mal que la silla todavía tiene las cuatro patas equilibradas, que si no del partigazo no me salva ni las huestes de Manolo Reyes. Que por estos lares parece ser el único que –ahora que se retiró Wladimiro a sus cuarteles de invierno– pretende separarse del yugo opresor de CC. Ver para creer (y ya van dos las coincidencias con Saulo en corto espacio de tiempo).
Las encuestas nos indican cada tres por dos que los políticos no se hallan en momentos álgidos (y valen las acepciones de muy fríos o instantes culminantes de un proceso). Pues me temo que determinadas líneas editoriales periodísticas no se quedan muy rezagadas en la odiosa comparación. Me estoy imaginando el descojone (está en el diccionario) de los dos encargados de las redacciones que luego asume el asiduo de los juzgados. Porque nadie en su sano juicio puede comulgar con semejantes fantochadas.
Tras la lectura, salí corriendo para el baño y me quedé en pelotas (está en el diccionario). Mireme de arriba hasta abajo, por delante, por detrás, costado izquierdo (este siempre primero), costado derecho, y me reí un buen rato por todo lo que observaba (bastante escaso, por cierto). Pero no atisbé el moreno que me presuponen los amanuenses. Es más, estimo que me vi más blanco que nunca. Algún lunar salteado, porque lo que fue oscuro tiempo ha, ahora se ha tornado lechoso, cano, albino. ¿Lo cogiste? Pues haz el favor de soltarlo, malcriado.
Qué difícil encaje lo de negritos con la piel blanca, con ese diminutivo, cariñoso como todos, que te deja patidifuso. Y es que a estas alturas del largometraje, uno patina y duda con lo de la discriminación racial. Y como aún conserva algo de memoria histórica, osa reprochar al editor ante su tamaña ocurrencia de utilizar la crítica mordaz como arma defensiva. ¿Recordamos pasajes de pateras y cayucos? Si yo fuera juez y tuviese la facultad de dictar sentencia condenatoria, evitaría sanciones económicas (porque luego la pagan los trabajadores de la empresa) y emularía a Emilio Calatayud en sus impecables ‘fallos’ en los casos de menores. Castigaría al infractor con la lectura de los editoriales publicados en los últimos diez años. Y después el pertinente comentario de texto. Para el que no habría que devanarse los sesos al redactar las preguntas. Y dada la avanzada edad del susodicho, le permitiría copiarse. Por lo que, a la hora de la tarea –cuatro horas cada tarde– quedaría autorizado a tener junto a él, a diestra y siniestra (jamás por la retambufa), a los escribas y fariseos. Para que no alegue fallos de memoria o dudas en el léxico utilizado, incluidos los clorocos.
Como donde las dan, las toman, no dudo que en dos o tres juicios más, el acusado, cansado de alcanzar palos sin necesidad ninguna, arremeta contra los verdaderos culpables haciendo efectiva la vendetta. Yo lo creo posible, o mejor dicho, cosas peores se han visto. Y en sujetos de tal calaña, lo previsible no funciona. Aunque me temo que en este pueblo norteño, más de un defensor del de las placas, metopas y homenajes me pondrá a caer de un burro por la osadía. ¿Qué quieren que les diga? Este ciudadano del mundo se siente español por los cuatro costados. Aunque no por ello menos canario. Y a realejero me ganan pocos. Y a pesar de vivir ahora en los altos, no me toquen Toscal-Longuera.
Ya que lo menté, aprovecho para el inciso: ¿Qué pasó, Manolo (es mi alcalde), en el pasado temporal que se llenó de mierda toda la calle? ¿Es verdad que la nueva tubería –esa que lleva los detritus, amén de las aguas pluviales–, la del tramo ya finalizado, no estaba conectada y tenía un tapón allá por donde existió la Casa Azul? No quisiera pensar que fuese así, porque técnicos y políticos tendrían que estar ahora mismo en su casa viendo en la tele ‘La otra cara divertida’. Claro, de risa. Y en tiempos de crisis, de juzgado de guardia.
¿Para qué lees eso?, me sermoneará de nuevo mi hermano. Coño, porque un periodista debe beber en todas las fuentes hasta jartarse como una pita. ¿Periodista? Adiós, Fittipaldi, ¿echamos una carrerita?
Me apetece, y la verdad es que no sé por qué, el siguiente párrafo:
Don Pepito. Es el rey desnudo del cuento: un anciano encumbrado en su propio ridículo por la cobardía de todos los demás. Podría llevar a Canarias al desastre si alguien le hiciera algún caso, pero sólo le refleja su propio espejo. Algún día no estará y entonces escribirán su verdadera historia. (Paco Pomares)
Hoy es martes y trece. Dejando a un lado estos asuntos de senectud, estimo, como la mayoría –aunque bastantes callan por temor a–, que las movilizaciones comienzan a producir resultados, lentos pero inexorables. Lo mismo se despiertan conciencias.
Hasta la próxima.