lunes, 16 de diciembre de 2013

Otra tormenta

Llegué anoche de La Palma. Cansado y sin ganas de sentarme a teclear la consabida aparición diaria en el blog. Las entradas de la pasada semana habían sido previamente programadas, para lo que aproveché las fotos pendientes. Que hay que ir alternando, pues no solo de política vive el hombre. Aunque llevé el portátil –uno es antiguo  y desconoce otras plataformas informáticas–, la conexión Wi-Fi del lugar de alojamiento (Las Olas, recomendado por el amigo Rayco) guardaba cierta relación con la luz eléctrica del barrio de Tigaiga (sugerencia del amigo Domingo). Por lo que su lentitud y desapariciones no me permitieron atender el negocio con la suficiente diligencia.
Allá, en la también denominada Isla Bonita, me gocé la película del temporal que, como muy bien todos ustedes saben, fue la causa de que se dispararan los índices de audiencia de la televisión de Paulino (y ahora también de José Miguel, que antes no la quería pero ahora sí; al revés que Soria: lo que es capaz de hacer un gobierno o una oposición).
Uno con sesenta y cinco años a las espaldas (coño, cumplo hoy, me tendré que felicitar) ha tenido la oportunidad de ver pasar ante sus narices algunas ventoleras, varios aguaceros y bastantes tormentas eléctricas. Y recuerdo de especial manera las que sucedían cuando éramos medianeros en la finca de La Gorvorana, en aquellas casas que, como los borrachos, se mojaban más por dentro que por fuera. Y que cuando soplaba el viento con ganas, para qué asustarte. No hay comparación posible con lo que nos cuentan los intrépidos reporteros de la televisión nacional canaria.
Cuando chico, y sobre todo en la casa de El Bosque (gracias a los excelentes políticos, hoy desaparecido), hubo que refugiarse debajo de la cama o protegidos con el chaplón (tabla gruesa para cerrar un vano) que existía en la puerta de la entrada. Mientras, la platanera desaparecía bajo el empuje e ímpetu de las hordas de Eolo. Aunque se podía aprovechar la madera, parida del ministro del turno en la visita de rigor.
Y ahora me vienen estos niñatos (a los que se suman los millares de personajes que no tienen otra cosa que hacer sino estar llamando por teléfono, o enviando un Whatsapp, para señalar que jamás en sus 49 años de vida han visto cosa igual) a enfundarse el chubasquero, meterse dentro del primer charco que se encuentren en su gira novelera (todo un chollo) y contarnos que el agua le llega a las rodillas, al tiempo que la cámara nos muestra unas botas de agua (diseño mujer de Willy). O los que agarran la sombrilla más cutre y débil que hallaron para que cualquier ligera brisa mande las varillas a hacer puñetas y la camba pa´l otro lado. O nos ubicamos justo al lado del único rolo de platanera que se dobló un fisco para demostrarnos cómo el temporal, el huracán, la gota fría o la madre de todas las tormentas mandó a freír chuchangas a todo el sector agrícola.
No sigo enumerando sandeces porque el tema requiere un tratamiento informativo serio. El que en un exceso que raya el desbarajuste y el esperpento, un medio público, con el solo propósito de darse autobombo hasta la saciedad más chabacana, dedica horas y horas a intentar justificarse como el canal de contacto entre la realidad y una población a la que consideran analfabeta y más propia del siglo XIX que de una época en la que estamos empachados de adelantos.
Meteorólogos aficionados han surgido a porrillo. Parecen setas tras las primeras lluvias del año. Y las redes sociales nos ilustran sobremanera. En la mayoría de las ocasiones de una manera sesgada, errónea y, a veces, con intención deliberada de engañar, hacer mofa o llamar la atención. Fotos trucadas circulan con velocidad pasmosa.
En todo este círculo vicioso que acontece cada vez que caen cuatro gotas –y lo que nos queda–, de lo que me alegro es de que se ponga en valor el esfuerzo de Victoria Palma, una joven por la que nadie apostaba un duro en sus inicios en el ente radiotelevisivo –estuvo con un pie más fuera que dentro– y que a base de tesón, ganas y sacrificio (mucho más que el empeño de cambiarle el aspecto físico para que estuviera en consonancia con el resto de la tropa dicharachera) ha sabido ganarse el crédito del que carece la empresa que bien la exprime.
El mal tiempo es una ventaja de tal porte que unas olas, como las que siempre han existido y lo seguirán haciendo, nos sirve d excusa para desplegar nuestro excelente parque móvil (el de todas las islas, incluyendo La Graciosa), hincharnos  de roscas y cotufas (a falta de queso majorero), echar mano del vestuario más sugerente y ubicarnos bajo el chipichipi en un peculiar desfile del despropósito.
Y con la alcachofa en la mano, con los pelos revoltillados y cayéndonos una gota por la punta de la nariz, comunicaremos urbi et orbi que “este” agua, sin ser toda la que se esperaba, ha causado graves desperfectos por culpa de los recortes y del dinero que Madrid no envió, pero saldremos adelante con las excursiones presidenciales y tal y cual.
Ya causaba rubor la cantinela del locutor radiofónico (de la autonómica, claro; en zonas de La Palma también se escucha Radio Realejos pero saben que el médico me lo prohibió) en demanda de un suceso que llevarse al hocico. Con un desconsuelo inaudito cada vez que alguien le transmitía que en determinado lugar no había acontecido nada digno de destacar. Y él, deseoso de que se hubiese caído un puente, accidentando una guagua llena de viejitos del Imserso o cualquier otra menudencia, se quedaba compuesto y sin novia (informativa).
Se trata de vender a toda costa. Para luego estar cuatro semanas con la canción de que buenos somos y la cantidad de oyentes que tenemos en estas islas. Mañana, cuando un gobierno serio y responsable tome las riendas de este archipiélago (no pierdo la esperanza tan fácilmente) y decida cerrar el chiringuito porque las deudas lo hacen insostenible, todos esos bizarros cronistas pondrán el grito en el cielo. Y clamarán que les echemos una mano. Alegarán su profesionalidad, abnegación y saber estar. Harán especial hincapié en esta última faceta, su ‘saber estar’. Y yo no me reiré. No suelo utilizar el estilo que ahora tan buenos resultados  en cuota de pantalla parece ser jauja. Irónico sí soy, pero no juego con las cosas de comer. No sigan ustedes choteando esta profesión, porque más temprano que tarde las piedras vendrán rodando en sentido inverso. Bastante tenemos ya con las limitaciones del gobierno de Mariano. Si el ejemplo de la comunidad valenciana no los ha puesto ojo avizor, allá ustedes.
Mis estimados, hasta mañana.