jueves, 20 de marzo de 2014

El agua del Puerto

Titulé de tal guisa para evitar el enfrentamiento con los doctores de la retórica. Los que debaten entre Puerto de la Cruz y el Puerto de la Cruz (sí, el artículo en minúscula porque después sostienen que se contrae, como he hecho yo en la presente ocasión para que se den gustito).
El asunto, bastante turbio, del agua que llega a los domicilios de la mitad de portuenses, merece, si en este país existiera algún tan común como la dignidad, que el equipo de gobierno del Consistorio del Penitente (sigo con las contracciones, y no son de parto inminente a pesar de las apariencias) cogiera las de Villadiego más pronto que tarde. Porque no hay derecho a que estos personajillos le tomen el pelo a más de catorce mil personas. Que un día sí y el otro también, y van semanas, contemplan atónitos como el agua del grifo sigue tan canela como la diarrea intelectual de los regidores municipales.
Si yo fuera Marcos Brito (que no lo soy, afortunadamente, porque no me gusta soportar tanto peso), ante la imposibilidad de encontrarme por la calle a centenares de paisanos que deben acudir al chorro público como en los tiempos en que él vino de El Hierro a Punta Brava (más o menos cuando el Titlis naufragó), me habría ido a casa a disfrutar de la jubilación (iba a poner docente, pero bien poco se ejerció en tal labor, por lo que debería dejar de presumir por quehaceres tales). Como tampoco me veo en el pellejo del amplísimo conglomerado gubernamental (CC+PP), porque, hoy por hoy (como suele mentarse) tengo unos miligramos más de vergüenza que esta manada de incompetentes. Sí, sin ambages, pues los hemos puesto ahí para que gestionen y administren nuestros recursos y nos suministren (utilizado el verbo aposta) servicios de calidad. Y el agua, supuestamente potable, nos la han remitido al más puro letrina cuartelera.
Lo curioso es que transcurridas bastantes jornadas, que sumadas a las de anteriores ocasiones hacen un montante de varios meses, otras entidades (Cabildo, verbigracia) comienzan a preocuparse. De cara a la galería, por supuesto. Y ofrecen alternativas para solucionar el desaguisado. No lo hacen tanto por la preocupación que el tema les concita, sino más bien porque las proximidades electorales pueden remover poltronas, cargos y sueldos.
Se solicitan informes a la empresa concesionaria del servicio. Como si la simple visión del líquido elemento no constituyera prueba suficiente para la condena de rigor. Hemos alcanzado un punto en que debemos dudar, y muy mucho, si las autoridades defienden a los sufridos usuarios o se han puesto del lado de aquellos que deben velar porque el servicio se cumpla en función de las normas establecidas en el pliego de condiciones contractuales. No sé si alguno de los múltiples cargos liberados vive en cualquiera de los sectores afectados. A lo peor sí. Y si así fuese, habría que ponerlo en remojo, por dentro y por fuera, a ver si la otra diarrea le hace ver las cosas más claras. Lo que no se ha vislumbrado es a concejal alguno yendo a la plaza del barrio con la garrafa. A retratarse delante de esos elegantes bidones que habrán inundado los hogares de tierras lejanas para general regocijo de turistas y visitantes. Y con esa salida a tan escasa altura, ¿cuántos perros no habrán dado sus buenos lambidos (de lambiar o lambear, canarismo al uso) durante las tinieblas nocturnas? Si no otra acción de peor gusto.
Ayer escuchaba al señor Marcos Brito que respondía a las preguntas que le hacían en la Ser, en el programa mañanero que dirige Juan Carlos Castañeda. Ya saben de la prohibición que me han impuesto para no escuchar la emisora de mi pueblo, máxime cuando ya ha logrado consolidar las maneras de lo que no debe ser una radio pública. Fíjate tú, me soplaron anteayer que uno de los temas estrella es hablar de la programación de Telecinco. Amén de seguir poniendo a caldo de gallina a los que no ríen supuestas gracias.
Casi me pierdo. A lo que iba. Sentí lástima cuando el alcalde portuense intentaba dar una explicación del afer acuoso. Seguro que si alguno de los afectados se lo topa de frente en esos instantes, le hace tragar sin descanso un botellín de medio litro del líquido restringido. Se permite el lujo de asegurar que se trabaja con toda la celeridad posible en el arreglo del desatino. ¿Tú crees, alcalde, que alguien en su sano juicio pueda creerte? ¿Hago un chiste fácil con el mascarita ponte tacón y con alguno de tus tenientes de alcalde disfrazados de aguadoras?
Es un problema de filtros. Claro. Aunque el principal, el que debemos poner a funcionar en las elecciones, falló estrepitosamente. Así están los otros. Qué pena de pueblo. Qué disparate de gestión. Qué sustanciosos emolumentos. Y a pesar de todo, qué travesía más placentera.
Escribiremos otro día de cómo han comenzado a funcionar los semáforos de las monjitas de La Montaña. Varias decenas de miles de euros para disgustar aún más a los ahora doblemente fastidiados conductores. Te lo contaré.