lunes, 17 de marzo de 2014

No es cuestión de gustos

Esta modernidad que constituye el mundo de las redes sociales ha hecho posible que nos volvamos escuetos, cortos y olvidadizos. Con las ventajas indudables de la inmediatez y la rapidez adquirida en determinados dedos para enviar mensajes, aunque vayan cargados de faltas de ortografía. Por lo que, en lógica consecuencia, sería fácil deducir que en el futuro no tendremos artrosis en las manos, pero sí, y en grado superlativo, en la cada vez más reducida masa neuronal.
Ello ha desembocado en que la lectura pausada de la prensa se haya permutado por un ejercicio visual al estilo de los libros cargados de dibujitos. Que nos hayamos acomodado hasta extremos que rayan el gandulismo más extremo. Que nos descuidemos en el uso del lenguaje escrito y, por añadidura, en el oral. Lo positivo es que los cambios tecnológicos se suceden a tal velocidad que es bastante difícil que los hábitos adquiridos se consoliden. Lo malo viene cuando los nuevos se manifiesten para apuntalar y reforzar los procederes y comportamientos inadecuados de los anteriores.
Para algunos es muy fácil –muy cómodo– quedarse ahí. Otros, ni siquiera eso, con los comentarios del arreglotodo en los bares va servido. Pero existen personas, no muchas, que escriben aquello que sostienen. Y vierten sus opiniones en soportes más firmes o duraderos. Al menos mucho más que el recorrido de la palabra desde la boca de quien la emite hasta el oído de quien la escucha. Si no es, para mayor desgracia, que halle un tropiezo en tan corto recorrido y perezca antes de ser captada.
Hace unos días escribí, como lo vengo haciendo desde que aprendí (y me gustó), lo siguiente: “Si yo fuera concejal de EDUCACIÓN (que no lo soy), aun teniendo en cuenta la ligereza y despreocupación con las que actuamos en las redes sociales, procuraría cuidar (muy mucho) la ortografía”. Porque tendría que ser consciente de que me están ‘acechando’, como mínimo, los habitantes de mi municipio. Y ahora con la globalización, desde bastante más lejos. Fue a raíz de vislumbrar en una ventana (los perfiles de políticos, instituciones y entidades suelen ser públicos, salvo raras excepciones) un pretérito perfecto en el que el verbo haber (y que tampoco se trataba de a ver) era bien diferente de aquel que estudiamos en la escuela. Juro (o prometo) por mi conciencia y honor que el aun de mi sugerencia está puesto a conciencia y provocó la pertinente reacción del que me replicó con esta otra oración compuesta: “Si aún no lo eres, aún estás a tiempo”. A lo que me creí en la obligación de aclarar: “Un ‘aun’ (estratégica o adredemente ubicado, átono, es decir, SIN TILDE=INCLUSO, diferente de la forma tónica aún, a saber, CON TILDE=TODAVÍA) puede dar lugar a ciertas confusiones”.
Entiendo que Facebook, Twitter y demás (sin no utilizo móvil, ¿cómo voy a tener WahtsApp?) son instrumentos en los que no cabe el sosiego o el reposo que sí exige este blog, por ejemplo. Comprendo asimismo que no todos disponen del tiempo de un jubilado. Que además se empeña en pretender hacer las cosas bien, cumpliendo normativa y cánones que la lengua establece. Al que se le escapan –vaya que sí– errores como al que más. Pero intenta ir con tacto y mesura. Pues si te asomas a estas ventanas, pasas a estar en el punto de mira de mucha gente. Y si se muestra crítico, como yo, ni te cuento. Me esperan detrás de las esquinas con la tranca preparada.
A estas alturas, si tuviste la paciencia de alcanzar esta línea (objetivo harto complicado para los que hemos decidido motu proprio no quedarnos en la superficialidad de algún que otro flash), te estarás preguntando el porqué de las ilustraciones que acompañan a este texto, a este post con el que arrancamos otra semana de marzo.
En dos de ellas queda meridianamente claro que el éxito deportivo de un equipo de fútbol se remojó, como parece estar de moda, en una instalación, llámala fuente si te place, que se ubica en un pueblo cualquiera. Y yo, con toda la libertad que la Carta Magna me otorga, aunque a los no coincidentes en pareceres bien les encantaría cercenar, sostengo que no me gustan estos hechos. Porque los mobiliarios urbanos (y como tal considero al lugar retratado), costeados con los dineros de la caja del fondo común, deben ser objeto de especial cuidado, atención y respeto. Máxime cuando, por otra parte, se alude a responsabilidades, desconsideraciones, cuidado del medio ambiente, cuidado de las cosas… Y que conste que esos subrayados no son míos. Me recuerda al padre que le conmina, más que aconseja, al hijo para que no fume, porque es muy malo para la salud, mientras él, con total parsimonia y superior deleite, se manda sus buenas caladitas.
Cuando en una persona concurre el que en alguna ocasión, o quizás en varias, haya ostentado responsabilidades en cargo público, deberá extremar las precauciones para no incurrir en incongruencias manifiestas. Si tú aspiraste, y es un ejemplo como otros tantos, a ser alcalde de tu pueblo (otro cantar es que te hayan elegido o no) y argumentaste una serie de promesas en un programa electoral, te será complicadísimo justificar que un bien de dominio público sirva para desahogos y celebraciones. Y mucho menos justificarte ante quien mantiene la postura contraria con un es cuestión de gustos. O mejor, lo que a usted no le guste es su problema.
Ojalá fuera tan simple. Ojalá fuera ‘mi’ problema. Pero es que no se trata de una mera cuestión de preferencias o de colores. El día de mañana, cuando animados los mozalbetes por el consentimiento y complacencia en el pasado, reiteren la jugada como consecuencia de cualquier intoxicación etílica (otra moda muy al uso), pondremos el grito en las nubes ante el gamberrismo imperante. Puede que nos parezca un momento de solaz, divertimento y recreo. Puede que las autoridades se hagan la vista gorda. Vale. Pero no se escuden en que los que disentimos tenemos un problema. Aunque pueda ser “de ves en cuando”. Sí, lo vuelvo a entrecomillar. Y dale la vuelta a la tortilla y échame a mí la culpa. Si no lo ves claro, sustitúyelo por vez.
A los que hablamos claro, incluso lo escribimos para que quede constancia, a los que procuramos mantener una línea argumental con cierta coherencia, siempre y en todo lugar, nos tachan de casi todo y nos califican del otro casi todo. Incluso se atreven a obviar pasados de reveses electorales, posteriormente premiados en ascensos inmerecidos (por este Norte existen ejemplos variopintos), y demandan ahora aquello que tuvieron y que desestimaron porque a lo peor la apatía esgrimida no es tanta. Conozco un ejemplo de alto cargo del gobierno autonómico en un pasado no tan lejano que no fue capaz de escribir una nota en varios años. Y no es que tuviera el bolígrafo averiado. Me remonta a otro caso que debimos lidiar cuando desempeñábamos labores no docentes. Lo contaré en mis memorias con pelos y señales. En ello estamos.
A los desmemoriados quisiera proponerle un ejercicio de hemeroteca. Hubo una sección en el periódico El Día que se mentó Desde La Corona. Que, junto a otras, dio lugar a la confección de un libro titulado “Desde La Corona hasta El Asomadero”, debidamente maquetado, solo a falta de fotografías que alegren las manchas de tinta, que probablemente no verá la luz porque faltan patrocinadores. Y echando hace un rato una visual me topé con estos dos artículos: Los pobres también cuentan (14-agosto-1987) y Cosas del barrio (12-octubre-1988). Seguro que hay más, pero tengo otras ocupaciones que atender. Frágiles memorias para lo que interesa. ¿Cómo? Búscalos y demuestra que vales tanto como presumes y más (lleva destinatarios concretos).
Y si hay que remojar los éxitos porque ya es costumbre, bueno sería dejar en paz lo que tanto nos ha costado (a un servidor le duele del dinero, parece que a otros que han debido asegurar jugosos complementos no), los de La Cruz Santa tienen la balsa; los de Los Príncipes, la charca; los de La Longuera se pueden lanzar desde La Cueva hasta lo que fue el Charco de las lisas; los de El Peñón, el trampolín de la piscina, con más emoción si está vacía… Hay alternativas. Lo que redundará en el uso y disfrute de las infraestructuras municipales que con tantos sacrificios hemos ido consolidando. Incluso aquellas que ocupan espacios remozados (sí, con z; añadan otra al capítulo de afortunadas intervenciones) por aquellos que estaban pensando que bañarse en un molino no era lo mismo.
Si todo lo anteriormente expuesto (que está fielmente mostrado a pesar de que puedas entrever pasajes oscuros) falla por cualquier motivo, siempre habrá una salida airosa: echarle la culpa a los maestros y a la escuela.
Jamás olvidaré una expresión de mi madre ante la lectura de cierta candidatura electoral: Como salga este, habrá que hacer las puertas más grandes. Los mayores siempre han sabido disparar enormes cargas de profundidad con gran tino. Y a estas alturas de la vida –coño, ya soy mayor– ya no voy a cambiar. Seguiré opinando por escrito. Porque de vez (en lugar de ves) en cuando es bueno repasar. Qué simpleza con lo de cuestión de gustos.
Hasta mañana.