lunes, 17 de noviembre de 2014

Imputar

Imputar: Atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho reprobable. Y como está de moda, imputa la madre al hijo acusándole de haber roto el jarrón, imputan los progenitores al maestro por las malas notas del alumno, imputa el profesor a los padres por dejación de sus funciones, imputa el ciudadano al concejal porque los bombillos de su calle están fundidos, imputa el partido x al partido y por no aprobar los presupuestos a tiempo… Y en las sesiones plenarias de las instituciones públicas, no veas cómo se imputan. Me atrevería a sostener que también se emputan. Oye, que emputarse está en el diccionario.
En fin, qué quieres que te diga. Yo también fui una vez al juzgado por una falsa denuncia y la jueza me aconsejó que presentara una querella a la persona que tuvo a bien hacerme perder el tiempo y luego no se presentó a tres requerimientos. Así que no comparto las alegrías a la hora de pedir dimisiones, precisamente por aquellos que no se destacan en haber movido un dedo. Con la cual, las posibilidades de que los imputen se hallan bajo mínimos. Si no te meneas, lo más que te puede pasar es que te crezca la barriga, pero nada más.
Te recomiendo, si tienes un par de minutos, leas el contenido del siguiente artículo si pinchas en este enlace que te dejo a continuación: http://www.eldiario.es/protesto-senoria/Imputado-acusado-condenado_6_113448675.html.
Hecho lo cual, estarás conmigo en que si se produce el salto al escalón posterior a la condición de imputado (apertura de juicio oral, previo cambio en la calificación, y clasificación), a casita más rápido que tarde. Porque de lo contrario no habría nadie (y la inmensa mayoría de cargos públicos no mete la mano en la lata del gofio) que se atreviera a dar el paso. La caza de brujas indiscriminada o el todos son iguales es tan injusto como osado. Y así no vamos a ningún lado. Mucha parte de culpa de esta desconfianza generalizada la tienen los medios de comunicación, tan en horas bajas en las ventas de ejemplares, que necesitan de los chanchullos para la subsistencia. Y en justa correspondencia ante tanto disparo de flechas por si alguna acierta, bien podríamos exigirles que hagan públicas las sentencias condenatorias por publicar lo que no debieron. Este grado de paroxismo que nos ha entrado, rayano el esperpento sicodélico bajo la ingesta de un cuarto kilo de leche en polvo (entera, que no desnatada), ha provocado en otros momentos –y la historia está ahí para ratificarlo– sonados encumbramientos con resultados aún más nefastos. Para combatir el descontento se requieren grandes dosis de comedimiento. Que el cabreo no venga a obnubilar el sosiego requerido para combatir esta lacra.
Mira, salvando todas distancias posibles, lo que antecede podría comparase con las protestas por las prospecciones de Repsol en aguas cercanas a Canarias (que no de Canarias). Palabrería (mucha, por parte de los responsables de las instituciones públicas de las islas), algaradas, pancartas, toques de utensilios de cocina y, en general escandalera por doquier. Que con todos los respetos me recuerda lo acontecido cuando la prolongación de la autopista (o autovía) del Norte desde La Orotava hasta Los Realejos.
Cuando los gobernantes, en un intento de manipulación más que evidente, abogan por la utilización de las energías renovables, demuestran una falsedad digna de enmarcar. ¿Por qué no detallan la cantidad de impuestos a que nos someten en cada litro de gasolina que metemos en el depósito del coche? ¿Para qué un discurso vacuo si saben que los presupuestos se nutren, y de qué manera, de los combustibles? ¿Tú has visto que se haya movido un dedo para solventar las colas tempraneras en dirección Santa Cruz? Sencillamente, no interesa. Cuanto mayores sean, más ingresos en la caja. Para luego mantener, mero ejemplo, la tele de mis amores.
¿Cuántas estaciones de Repsol existen en las islas? ¿Sabes de alguna que haya cerrado por falta de clientes? ¿Cuántos de los que se manifiestan no van luego a repostar en las vilipendiadas porque le sale más barato el gasoil? ¿Por qué no nos ponemos de acuerdo y las boicoteamos de forma rotunda, tajante? Ni un euro. Apagón de las cadenas televisivas que nos vendan los éxitos del motociclismo español. Nada de comprar prendas que nos recuerden a los hermanos Márquez. Y así, hasta completar una lista que se me antoja bastante amplia.
Mucho bla, bla, bla y escasa efectividad. Se nos va todo por la boca y nos acobardamos cuando tenemos a nuestro alcance medidas de una enorme productividad. Pero todos nos apuntamos al carro de la bulla –qué fácil es escudarse en y entre la multitud– y de ahí no pasamos. Gritamos, proclamamos consignas a los cuatro vientos, exteriorizamos disgustos durante unas horas y luego vuelta a la rutina durante días, semanas, meses, años.
Es la táctica de condenar (ni siquiera imputar), para desahogarnos y quedar bien, y no plantear batalla con armas que sí tenemos a nuestra disposición y con las que, a buen seguro, se conseguirán mayores y mejores objetivos. ¿Acaso creen que el bolsillo de Repsol se va a resentir haciendo sonar dos millones de cacerolas? Pero varios cientos de miles de vehículos, a treinta litros de media por semana, hagan cuentas.
En fin, nos acostumbramos al arreglo de los problemas en el bar de la esquina y harto complicado parece que cambiemos los hábitos. Y les recuerdo que fui a la última manifestación en noviembre de 2002. Me sentí engañado y utilizado de arriba a abajo y de izquierda a derecha. A partir de ahí, “más nunca”. Y haz el favor de no imputarme eso que estás pensando. Hasta mañana.