lunes, 2 de febrero de 2015

Conversa

–Oye, tío, creo que te estás pasando y eso no lo puedo permitir.
–¿Qué dices, forastera? Debes saber que mi familia lleva en estos contornos desde tiempos inmemoriales. Menudo atrevimiento, que me estoy pasando, habrase visto.
–No te hagas el gracioso porque sabes perfectamente a qué me refiero. Mis hermanas y yo nos asentamos en esta loma mientras tú paseabas por la zona de Ajuy para que te vieran los turistas.
–Pero mira la que habla. Chiquita cara se gasta. Y arriba de ascendencia mora, que viniste de Sidi Ifni y se ha multiplicado tu familia como tus primos los conejos.
–Mira, negro, no te consiento que me faltes al respeto de esa manera. No te hagas el valiente que no te he dado alas para eso. Qué culpa tenemos nosotras de que ustedes tengan pocos huevos.
–Ya me estás tocando mis sensibilidades. Cada uno se reproduce como la naturaleza le permite. Cuánto darían ustedes por tener esta brillantez.
–El que te oye pensará que te acicalas cada cinco minutos. Si eso no es más que aceite pringoso, merdellón.
–Para esa lengüita, renacuaja, barriobajera, indecente, prolífica (por no llamarte casquivana).
–Viene una guagua. Hagamos un alto el fuego dialéctico. Después seguimos.
Desde Pájara llegaba el autobús turístico número dieciocho del día. Eran las cuatro de la tarde. El bullicio volvió a apoderarse de los escasos instantes de quietud en el Risco de las Peñas. Niños, jóvenes y ejemplares de la segunda y tercera edad venían bien pertrechados. En sus alojamientos, las recepciones no dieron abasto con el capítulo informativo, pues nada más poner el pie en tierra la avalancha se dirigió a todo meter hacia el muro que delimitaba aquel espacio convertido en mirador. Y en comedor.
Los ejemplares surgieron de debajo de las piedras. Y no es expresión típica al uso. Sin recato ni pudor se aproximaban a los reclamos con una familiaridad asombrosa. Mientras unas manos brindaban frutos secos sin importar los índices de sal, otras, que portaban elegantes artilugios, inmortalizaban las instantáneas de rigor.
Por el otro costado, los parientes del otro interlocutor daban pequeños saltos y adoptaban poses de esas de echar cogote. Los disparos se escucharon durante una media hora. Y aquellos seres pasaron a formar parte de aquellas colecciones digitalizadas para la posteridad.
Luego, rumbo a Betancuria, envuelta con su aureola de historia desde 1404. Aunque, con casi total probabilidad, harían otro alto en el camino en Vega de Río Palmas para que la guía señalase alguna característica de la iglesia de Nuestra Señora de la Peña, construida en 1666 y lugar de peregrinaje anual…
–Eh, cuervo, ¿ya te hinchaste? El glotón debe estar reposando. Como todavía no están tan acostumbrados como nosotras, lo mismo le volvió a entrar chorro…
–¿Qué pasa, roedora esciuromorfa?
–Ya coño –díjose para sus interiores íntimos de adentro la ardilla moruna–, cómo ha aprendido el pajarraco de amplias remeras en el centro de las alas con visos pavonados. ¿Qué te pensabas, bobo tieso? ¿Acaso crees que yo no he aprendido con el paso de los años? Vine de África, sí; mejor, me trajeron, pero ya domino hasta cinco idiomas. Mientras, tú sigues graznando como lo hacían tus antepasados antes de que desembarcara Jean de Bethencourt en la Herbania del siglo XVI.
–Calla, calla, intelectual de pacotilla y aguda chillona. Debes saber que ese aparente graznido al que aludes, y del que pareces mofarte con deleite, tiene un listado de sinónimos que ya bien quisieras tú, y todas tus hermanas bobonas…
–Ji, ji, ji y ji.
–Sí, ríete, pero soy muy admirado en el mundo, que no solo me circunscribo a estos peñascos atlánticos, por grajear, urajear, voznar, crascitar, crocitar, crojar… ¿Qué te creías, ignorantona? Que tengo un primo con Facebook y vive en el Roque de los Muchachos.
–Je, je, je y je.
–No cambies de voz porque te conozco, mascarita…
Cayó la tarde. Llegó el ocaso. Se levantó fresco. Las sombras ocultaron las suciedades. Ardillas (centenares y centenares) y cuervos (una docena) se retiraron a sus respectivos aposentos. Barriguita llena, corazón contento. Mañana será otro día.
Eso, mañana será otro día.