viernes, 30 de enero de 2015

Un día ajetreado

Ayer en la mañana estuve en La Guancha. Me tocó ejercer de electricista. O de técnico instalador. Ya lo era, desde hace varias décadas, en radio y televisión, pero como estos aparatos ya no se arreglan sino que se compra uno nuevo, he tenido que buscar alternativas. Si no hubiera ejercido de maestro de escuela, puede que me habría decantado por esta rama. Quizás por lo de los enchufes, pero como no le he tenido miedo nunca a los flujos de electrones… Por cierto, te cuento el penúltimo:
–¿Sabe usted a qué signo asociamos el electrón –pregunta el profe al despistado alumno.
–Negativo.
–¿Y el protón?
–Tampoco.
Estuve en aquel pueblo (la descendencia la tengo repartida entre este y el vecino de San Juan de la Rambla) hasta después de las dos de la tarde. La alcaldesa no se presenta a la reelección. A las anteriores elecciones (2011) tampoco lo iba a hacer. Aunque ahora la marcha del que fuera su primero de a bordo, la creación de un nuevo partido con el fichaje estrella de Pepe Regalado (debe añorar puestos de más alto rango, con más calorcito que en el IES Mencey Bencomo) y la más que probable alianza con el recolector (Román y otros), no da la suficiente seguridad a Coalición Canaria. Bueno, como en otros municipios, ni más ni menos, en que la dispersión del voto va a causar más de un quebradero de cabeza.
Tras dejar constancia de mis habilidades con cables, regletas, plafones y resto de menaje, después de comprobar que todos los bombillos encendieron, me vine para mi villa natal (en la que alguno de los políticos que tenía en mi lista de “amigos” –qué equivocado estaba–, se dio de baja, porque, a buen seguro, debe molestarle que un servidor siga con su manía escribidora) por Icod el Alto. Qué bonitas están las ripias en los aledaños del Barranco de Ruiz, en los terrenos que están hacia el costado norte de donde se ubica la Casa de la Pared. Aunque, como no hacía sol  y el día estaba algo gris, no destacaban demasiado en el paisaje. Por lo tanto, otras fotos chungas.
Por la tarde me fui a La Orotava. A la señora le tocaba revisión en el dentista y yo aproveché para darme una vuelta. Una media hora, no más. Dispuesto a sentarme un rato en el fotingo, me debió columbrar el amigo con el que intercambio nociones periodísticas. Mejor, me viene con los cuentos y chismes. Yo creo que está cabreado desde hace unos tres o cuatro años.
Me habló de las concomitancias entre los unos y los otros, entre medios y cuartos, entre micros y cámaras, entre lo público y lo privado. Como le insistí en mi negativa de sintonizar una emisora de radio municipal y una bazofia audiovisual (si todos hicieran lo mismo: muerto el perro, se acabó la rabia), se disparató con sus particulares rezados. Se atrevió, incluso, a confirmarme el bautizo (si fuera religioso diría que junté dos sacramentos; ya que me acuerdo, y guarda estrecha relación, tengo un buen amigo, Segundo Sacramento, al que siempre mentamos (Carricondo y yo) como Confirmación) de la MRRN. No me desveló el secreto. Solo me puso en la pista de que se trata de una fusión.
El asunto estrella de la conversación fue el carnaval recién estrenado. Y dentro del amplio abanico: las murgas. Parece, eso deduje después de rebobinar el cúmulo informativo, que bajan turbias las aguas. Y no tanto entre ellas como en todo lo que se mueve a su alrededor. Desde que el título de periodista se adquiere en cualquier tómbola de la fiesta más insignificante de la geografía isleña, desde que las envidias ‘presentadoras’ hacen acto de presencia, desde que los símiles Telecinco proliferan en los lodazales del rencor (por favor, sigue tú que voy un momento al baño)… Y el político de turno, de carantoñas, cucamonas y componendas. Tienes carta libre, pero a mí no me toques las narices.
Hace bastantes años, cuando estaba de alumno en La Pirámide (antes en el Seminario) realicé un extenso trabajo que titulé Folclore y Turismo. Pretendía obtener conclusiones de qué producto ofertaban los grupos al visitante en sus actuaciones hoteleras, fundamentalmente. Para ello, y como refuerzo documental, llevé a cabo una decena de entrevistas a personajes que guardaran relación con ambos conceptos. Benito Cabrera (no hace falta indicarte quién es) me señaló que, aun reconociendo que algunos colectivos solo estaban por la labor de sacar cuatro duros (eran los tiempos de la peseta), prefería que tocaran mal, cantaran peor y brindaran un quehacer adulterado, antes que estuvieran ‘entretenidos’ en otros menesteres de más graves consecuencias.
Me imagino que en las murgas ocurrirá tres cuartos de lo mismo. Las habrá mejores, otras regulares y las menos no tan buenas. Pero todas, a buen seguro, con un curro a sus espaldas de muchos meses de trabajo y dedicación. Con más o menos fortuna, con mayor o menor éxito.
Concluí que el amigo quiso transmitirme que los seudoperiodistas (cargados de rivalidad y celos) arremeten, para tapar sus vergüenzas, contra estas formaciones porque su larga experiencia, su preparación exquisita, su academicismo riguroso… Échense un higo de pico.
Feliz fin de semana, mis estimados. Nos vemos en febrero.