miércoles, 13 de mayo de 2015

Transvulcania

No es esta una crónica deportiva. Ni tengo edad para esfuerzos tales ni me hallo en las debidas condiciones anímicas para afrontar semejante reto. Tampoco es una excusa para suplir la falta de posibles contenidos ante la promesa hecha ayer y que debo mantener hasta el día 25 del presente mes. Siempre habrá tema del que escribir y asunto del que debatir.
Esta prueba deportiva de alto rendimiento que se celebra en la isla de La Palma, exige una preparación y capacidad de sacrificio que no están al alcance de cualquier atrevido. Sobre todo de aquellos que se lanzan a la aventura en busca de colgar en cualquier red social la reseña laudatoria de su hazaña. Para bien o para mal.
Ya escribí tiempo atrás si no estamos alcanzando límites peligrosos en las exigencias que este tipo de pruebas conllevan. Como nuestra memoria es demasiado volátil tendemos a correr tupido velo ante cualquier tipo de circunstancias negativas. Y a fe que las ha habido. Pero ese es un debate de más largo recorrido y que requiere tranquilidad y sosiego para la adecuada puesta en común con pros y contras. Hacer deporte, como dice el amigo Basilio, sí y sí, pero con las debidas precauciones y pensando siempre en la edad que se tiene y qué actividad es la más apropiada para tus propias características físicas. Sin obviar las mentales, que mucho loco anda suelto por ahí.
Van estas líneas de hoy por otros derroteros. Por aquellos de aprovechar cualquier resquicio para inmiscuirse en terrenos informativos resbaladizos. Ha tenido que salir la organización de este acontecimiento competitivo a desmentir unos comentarios en los que se ponía en duda la planificación de tan magno acontecer en la Isla Bonita. Desde el desabastecimiento hasta dejar de la mano a esa ingente masa de atletas, se pudo leer de todo. Para un profano daba la impresión de que los soltaron en el lugar convenido para la salida y que hasta la meta debían arreglárselas como mejor pudieran.
Uno podría estar o no de acuerdo con estas celebraciones. Pensando, claro, en la propia seguridad de los participantes, expuestos a unas condiciones de dureza que rayan el límite humano. Pero al mismo tiempo cree que el nivel de entrenamiento de los inscritos es el adecuado y pertinente para atreverse a tal desafío. Y como este evento no se piensa hoy y se ejecuta mañana, entiendo que los ‘matriculados’ saben de antemano a qué se enfrentan.
Como mucho periodismo de garrafón se apunta al sensacionalismo barato, viene a resultar que cualquier alusión en Facebook de algún aspecto negativo, o posible fallo, que debe haberlos como en todo afer que se precie, es motivo para lanzarse por el peligroso precipicio de la opinión tendenciosa, sin contraste y sin los requisitos de prudencia, tacto y, sobre todo, verosimilitud.
Desde alguna parada cardiorrespiratoria hasta largas esperas por los equipos de asistencia se pudo analizar en atrevidas (así debo interpretarlas), y puede que sesgadas, apostillas. Casi siempre bajo el cobarde anonimato que la Internet puede encubrir. Y ello puede implicar el menoscabo de una cita que marca un hito en el calendario. Que significa, y mucho, un apoyo fundamental para la promoción, fomento y desarrollo de aquella isla.
La experiencia adquirida debe irse volcando en la relación de protocolos por los que se rige el magno acontecer. No cabe en cabeza impregnada de la mínima sensatez que se pueda publicar una supuesta información, no sé si más errónea que alarmista, o más malintencionada que perversa. ¿Cómo es posible alegar que hubo lugares de avituallamiento que se quedaron sin agua? Eso no pudo salir del coco de un deportista en su sano juicio. O a la inversa de haberlo sido, ese de deportista tiene tanto como yo de obispo luterano.
El problema de este tipo de sucesos es que nos hemos acostumbrado a dar por ciertos aquellos hechos que las nuevas tecnologías nos venden. Y si antes una imagen valía más que mil palabras o lo vi en la tele, ahora Internet nos brinda no solo la inmediatez sino lo que yo denomino la chanchullez. Desgraciadamente, los habitantes de este Norte algo sabemos. Se han subido al carro de los despropósitos ciertos panfletos digitales con lo que la pertinente discriminación se antoja difícil. Mucho más cuando la capacidad de ser objetivo y capaz de discernir con la adecuada ecuanimidad presenta un panorama desolador. Antes, ante la duda, cuarentena. En la actualidad damos por verídico cualquier hecho. Más tarde, cuando debe corresponder el asumir responsabilidades y, en todo caso, ser capaz de llevar a cabo las correcciones que hubiere lugar, adiós muy buenas y si te he visto no me acuerdo. Qué fácil es cargarse el honor y el prestigio y qué difícil la reposición, el poner las cosas en su sitio.
Dejemos la Transvulcania en paz y felicitemos a los que son capaces de tamaña odisea. Y a los que no llegaron a la meta, la enhorabuena por haberlo intentado y el ánimo para que con el entrenamiento alcancen fines de más largo recorrido. A los que se enfadan por cualquier motivo, cuenten hasta unos dos mil quinientos, respiren hondo y eleven las quejas al lugar adecuado, pero no se lancen a la aventura de tergiversar los tropiezos con frases o dichos que perjudican gravemente una prueba deportiva y muchas circunstancias anexas. Lo que dice muy poco del espíritu que se le presupone a unas personas educadas en la disciplina y el esfuerzo. Lo de mens sana in corpore sano, siempre y en todo lugar.
Hasta mañana.