lunes, 22 de junio de 2015

Cambios

Llevo un tiempo de reflexión. Un viaje y la espera por las negociaciones y posibilidades de pactos han causado un cierto relajo en la dedicación bloguera. Como ayer se ha iniciado el verano, retomo una de las temáticas estrella en esta ya larga trayectoria: la política.
De lo mejor que he leído en estos últimos días acerca de la tan cacareada renovación orgánica del Partido Popular, te da buena idea la ilustración que acompaña el comentario de hoy lunes. Comprobarán que se trata de una reforma muy profunda. Otra más de las que nos tiene mal acostumbrados su ilustrísimo presidente. Del que existen múltiples instantáneas gráficas circulando por este vasto territorio virtual y a las que estuve tentado por recurrir a más de una harto significativa. Porque la cara, eso dicen, siempre es el espejo de un algo interior que parece mover el organismo a su dictado. Aunque, a fuer de sincero, en Rajoy es mucho más habitual que en cualquier otro humano a semejante.
Si los que Mariano va a acometer en el seno de su gobierno son de características similares, deberá esperar sentado a que surtan los efectos pretendidos. Si entiende que sustituir algunos caretos por unos rostros sin arrugas aparentes y adornados con marchamo de modernismo en comportamientos, hablares y decires, aviados están. Como si cambiar la carrocería del coche, sin tocar sus destartalado motor, fuese el agua milagrosa que les brinde andares placenteros. Meros recauchutados y lavados de imagen que a nada conducen.
Mientras el conductor, de los de la antigua usanza o escuela, siga empeñado en cambiar de marchas con un embrague en pésimas condiciones (incluso con el motor gripado, parodiando a uno de sus recientes fichajes), me temo que al vehículo no lo salva ni… Iba a escribir Fernando Alonso, pero me arrepentí. Y a los hechos me remito.
Como este pasado sábado estuve en la casa de un buen amigo echándonos unos vasos de vino y unos excelentes condumios y allí se contaron, como en toda reunión al uso, unos buenos chistes, me acordé de uno para reforzar el contenido de este primer mensaje veraniego.
Fue una señora, elegante y bien dispuesta, a confesarse. Tras los prolegómenos rituales, inició su perorata.
–No sé lo que me ocurre, Padre, cuando paso por un hombre de buen ver. Se me ‘enciende’ el organismo, me sube la temperatura y siento enormes deseos de cometer un gravísimo pecado mortal. Me pueden los deseos de manera irresistible. ¿Me salvaré, Padre?
Al otro lado de la rejilla del confesionario, apenas el susurro de una respiración que se antojaba normal. Pero no hubo respuesta alguna.
–Ayer mismo, Padre, cuando el panadero procedía a dejarme la barra de siempre, se agolparon tantos pensamientos libidinosos que el cerebro parecía un caldero en ebullición. Y es muy difícil, luego, que esos calores se disipen. ¿Me salvaré, Padre?
Ante la nueva callada por respuesta, creyó la moza que la respiración de su interlocutor comenzaba una ligera perturbación.
–Ante la duda, Padre, de venir a contárselo a usted, el cura de mi parroquia, le confieso que pasé antes por la otra iglesia y al ver la elegancia del nuevo sacerdote, tan joven, tan apuesto, con esos ojos que parecen atravesar lugares prohibidos, percibí, una vez más, esa rara sensación de sofoco que… ¿Me salvaré, Padre?
Esta vez sí. No se trataba de mera suposición. Era una realidad como la copa de un pino. Por los minúsculos rombos (muchos más que aquellos dos que indicaban la peligrosidad de la película emitida) se captaba nítidamente un resuello incontrolado. No se atisbaba la presencia de humo, pero casi.
–¿Está usted ahí, Padre? ¿Me ha escuchado? ¿Me salvaré, Padre?
Una especie de jadeo insatisfactorio proveniente de aquellas tenebrosas interioridades del receptáculo acompañó la sentencia:
–Te salvas porque son las seis y veinticinco y tengo misa a las seis y media, que si no…
Y con unos pasos precipitados, amén de unos ininteligibles sonidos, que señalaban el abandono del incómodo asiento, se dio por concluido el acto de la supuesta penitencia que no tuvo siquiera la purga de unos avemarías.
Mariano no va a tener, entiendo, la misma suerte que la protagonista del cuento. No lo salvará la campana porque ya se ha excedido su periodo de amortización. Los espejismos de mayorías en algunas instituciones, más debidas a campañas engañosas de publicidad y coyunturas estructurales que de valías personales, acabarán, asimismo, por desmoronarse. El cambio no pasa por mudar de aires sino por mandarse a mudar. Idéntico panorama hay en Canarias, donde un ambicioso alcalde sigue tejiendo su trama.
Hasta mañana.