miércoles, 3 de junio de 2015

Remedios

El pasado lunes aproveché que era festivo en mi pueblo (no tenía que trabajar) y me fui para la cumbre a sacar unas fotos (los profesionales dirían a intentar unas capturas). Regresé cansado. Los años se notan subiendo. Y también bajando.
Me acosté temprano. Pero me olvidé de Remedios. Pecado imperdonable. Después de la medianoche, y tras haber dado unas dos mil quinientas vueltas en la cama (las que dio el magín, ni te cuento), pensé levantarme e ir a darle dos nalgadas a la mentada por novelera. Porque esas no son horas para estar en la calle. Y menos con una escandalera que sobrepasa todos los límites establecidos con los decibelios esos. Después nos quejamos amargamente porque unos pocos, o unos muchos, tocan el silbato mientras se interpreta el himno nacional.
Que sí, hombre (o mujer), que sí, respeto a todos los credos, a todas las manifestaciones, a todos los ritos… Oye, que ejercí de monaguillo en la Ermita de La Gorvorana con don Francisco. Y leí epístolas a punta pala. Pero no parece lógico que nos moleste la música del vecino y ponemos el grito en el cielo, y debamos soportar voladores y cañonazos hasta que no haya más mecha. Cada vez que entro en una iglesia, el respeto es norma de obligado cumplimiento. Comparta o no lo que escucho y veo. Permítanme, pues, que reivindique el descanso nocturno. Me debe asistir el mismo derecho. Porque la escala por las que se regulan no contempla trato especial para los celestiales. ¿O sí?
Cuando vivía en la zona baja del municipio, la única Remedios que conocía era la mujer de Alberto, el carpintero. Y Reme, su hija. Saludos. Pero cuando en noviembre de 2002 me trasladé a mi actual domicilio, uno, que no traía aficiones a jugar con fuego (no sea que la meadilla te atacara por la noche), salvo las fogaleras (hogueras es más moderno) de San Antonio, San Juan, San Pedro, Santiago y Santa Ana, comenzó a resentirse ante los estampidos. Tanto que transcurridos dos o tres años y pasados los efectos de la novedad en la mayor exhibición pirotécnica de Canarias (eso le oigo a los que se entusiasman con el olor a pólvora), cada tres de mayo emigro. Me pierdo. No estoy. No existo. Dejo de ser realejero.
Y creía este incauto que con ello se paliaban mis temores. Por estos lares te sorprenden en cualquier instante. Se casa alguien: unos fueguitos. Se muere cualquier persona acérrima seguidora de la tradición (¿?): unos petardazos. Concluye la Semana Santa: cuatro buenos estampidos allá cuando el Domingo de Resurrección asoma el hocico. Chiquito brinco pegué tiempo atrás por una de estas sorpresas con agravante de nocturnidad y alevosía. Casi me caigo de la cama abajo. No me maté de milagro. Lo mismo intercedió alguno de los homenajeados.
Pero el denominado Lunes de Remedios es un martirio para los que pasamos de celebraciones. Y nada tengo contra la práctica religiosa de cada cual. Faltaría más. Pero uno, bautizado y casado por la iglesia, entiende estas actitudes de otra manera. Más íntimas, más recogidas, más de interioridades. Al igual la gente de estos contornos se confiesa al chillido. Como dejé de hacerlo hace tropecientos años, puede que haya cambiado la antigua fórmula.
En el pueblo, por lo que capto, somos muy dados a exteriorizar lo que algunos entienden por sentimientos y yo traduzco por novelerías. Y no digo, válgame la Virgen de Remedios, que una buena parranda, acompañada de la pertinente cuchipanda sea mala per se. Qué va. Pero una procesión de larga duración, con explosivos cada tres por dos y hasta la hora que les venga en gana, va en contra de cualquier principio de convivencia ciudadana. ¿No podrían ir en silencio, reconociendo que somos muy pecadores y demandando la intervención divina para que nos perdone nuestros desmanes y, al tiempo, rogarle que no eche una mano para salir de esta crisis, implorar por los cargos públicos para que rijan con ecuanimidad los destinos de la Villa, interceder por los que las pasan canutas en los conflictos bélicos, y un etcétera tan largo como la marcha foguetera?
El que quiera entender estas líneas como un motivo de guasa o cachondeo, libre es de hacerlo. Pero intente utilizar argumentos para rebatir mi demanda laica y no se sujete al catolicismo apostólico y romano símbolo de la madre patria, del que es adalid (in)cierta tele local. Será para ubicarla en el plato de la balanza opuesto a aquel en el que deposita groserías, insultos y expresiones chabacanas y que el fiel no se cambe demasiado.
Sean felices. Y si se aburren, vayan a los Toste, compren un par de docenas y compartan los estados de ánimo:
En un pueblo foguetero
no puedes dormir tranquilo,
estás con el alma en vilo
ante tal disparadero.
Si te debo ser sincero
a veces me voy de viaje,
pues me da mucho coraje
que un motivo religioso
sea ardid medio tramposo
para armar este potaje.
Hasta mañana.