miércoles, 8 de julio de 2015

Investidura

Te cuento, te cuento. Ayer por la mañana, aún en la cama, encendí la tele. Una vieja, de esas cuya retaguardia (o culo, para entendernos) es anormalmente alargada y que debe acoplársele un decodificador –o descodificador– de TDT, que me acompaña desde que yo era muchísimo más joven y con la que hemos compartido gran cantidad de noches. No íntimas, pero casi. Me recordó que el lunes había comenzado el debate de investidura. Que ni es discusión, altercado, disputa, ni siquiera agarrada (que es mucho más autóctono).
Luego bajé a desayunar e hice lo propio con otra que tenemos en la cocina. Allí estaba, en Los Desayunos de TVE (que ni son tentempiés ni nada que se le parezca; por la mesa se ven unos vasos que contendrán agua, porque de ser café deberá estar más frío que las patas de un muerto), uno de los nuevos vicesecretarios del Partido Popular, el de Política Sectorial, Javier Maroto, exalcalde Vitoria y que recientemente anunció su boda con Josema, José Manuel Rodríguez Carballo, (bien se aprovecha, para beneficio propio, la derechona de las leyes progresistas, para luego recurrirlas ante el Tribunal Constitucional y quedar bien ante el electorado ultraconservador) quien se despachaba bien a gusto de cómo los pactos entre Podemos y PSOE iban a llevar a España a los mismísimos infiernos griegos. Nuevo apartado del manual de instrucciones, cuyo estricto seguimiento es norma de obligado cumplimiento a escala nacional. A niveles más bajos, por ejemplo Tenerife, su presidente insular se dicta por los sabios consejos de cualquier tele local para deshacer los entuertos más domésticos, verbigracia, La Victoria.
Pero vamos al tema que nos concita: la investidura. Ya, de entrada, propongo que lo eliminen, lo que supondría el primer ahorro importante. No sirve de nada. Van unos calificativos del mismo extraídos de la prensa: decepcionante, realista, vacío, creíble, banal, comprometido, impreciso, capaz… A lo peor volviste atrás a repasarlos porque te habrás preguntado que cómo es posible. Muy fácil, los fui entremezclando. Unos fueron utilizados por los portavoces de CC y PSOE y los otros por el resto de grupos del arco parlamentario. Pues sí, amigo, un discurso puede ser blanco y negro a la vez, oscuro y nítido, opaco y transparente. Solución: tres o cuatro fotocopias, y asunto zanjado. Que vote cada cual desde la casa y a gobernar.
¿Cuántos canarios se pusieron ante el televisor para que la autonómica se jacte después de índices de audiencia muy superiores al último derbi? Cuatro periodistas que se durmieron en una docena de ocasiones y tres militantes de cada partido a la espera de lo que pueda caer.
Como el diccionario me señala:
investidura.
1. f. Acción y efecto de investir.
2. f. Carácter que se adquiere con la toma de posesión de ciertos cargos o dignidades.
investir.
(Del lat. investīre).
1. tr. Conferir una dignidad o cargo importante. Lo invistieron CON, o DE, los honores del cargo.
Y no especifica que para tal hecho deba celebrarse un debate, fuera, eliminado. Cojan dos semanas de vacaciones, repartan cargos (por cierto, estoy libre; lo digo por Aarón, que es del Puerto y a lo mejor me conoce; Salvador, échame un cable, al menos puedo escribir alguna décima) y a currar. Que el pueblo quiere más hechos y menos dichos.
¡Ah!, ya que empieza una nueva legislatura, absténgase cabildos y ayuntamientos en utilizar este término porque, que yo sepa, esas instituciones gestionan y no legislan. Mandato sería lo correcto, pienso.
Conclusión: el debate de investidura es otra pantomima más. Máxime cuando los sesenta diputados de Canarias pueden acogerse a una (supuesta) dedicación exclusiva, buen sueldo, transportes y alojamientos con cargo a la cámara y todo para lanzar de vez en cuando unos discursos tan previsibles que insultan al común de la ciudadanía.
Y va el primer encargo para el futuro gobierno, a resolver por la Consejería competente:
Abran expediente a Fred Olsen y Naviera Armas (descartado el viaje en avión) por no pedir certificado de residencia a los muflones atisbados en La Gomera (eso leí en unos digitales de allá) y que debieron embarcarse camuflados en Los Cristianos. Porque cambiar su residencia de Las Cañadas, y aledaños, por las zonas altas de Vallehermoso, requiere, además, el pasaporte sanitario y el carné de vacunas, además del mal ejemplo que dan con esos tremendos cuernos al aire. Silbado queda.
Hasta mañana