martes, 7 de julio de 2015

Sueños

Llevo unas noches en que el sueño no llega con la suficiente profundidad. Es demasiado liviano, superfluo, que no melifluo. Además, me despierto de madrugada y me cuesta horrores volver a los brazos de Morfeo. Todo ello acompañado de raras pesadillas. Y a pesar de que lo intento, jamás me veo en la situación de haberme sacado la Primitiva y disfrutar de unas excelentes vacaciones allende los mares. O más allá todavía. Pero con una de tres, qué va. Te cuento la (pen)última:
El mismo día que Rajoy anunció el adelanto (un semestre) de la rebaja del IRPF y de que las previsiones de crecimiento económico pasaban del 2,9% al 3,3% (¿se percatan ahora del porqué es tan importante que compartan conmigo la idea de que haya elecciones cada año, a lo sumo?), cayó la casualidad de que la pesadilla nocturna, en vez de celebrar la buena nueva con un buen tenderete estilo romería, se decanta por la ley mordaza. Y va y lo adereza con un pasaje de la lectura que pretendía correr tupido velo a los acontecimientos del día (el libro de la mesa de noche). Con toda seguridad, la sustancia gris mandó al carajo el anticipado y chapucero ‘aguinaldo compra-votos’ (expresión que localicé en un artículo del periodista Juan Ramón Rallo) y se creó tal conflicto de intereses en el subsuelo craneal que chocaron las neuronas causando un estropicio total.
Chiquito rollo me armé yo solito. Había puesto un comentario en Facebook (no te olvides de que se trata de una alucinación) y no debió convencerle a la autoridad gubernativa. Y me detuvieron, tú. Vinieron a buscarme a casa y me llevaron esposado. Todo por no dejar el perfil como lo tenía (compartir con los amigos) y lo hice público. Como el de los políticos, sin ir más lejos.
Me tuvieron encerrado en una vieja comisaría (a la antigua usanza) y allí pasaba los ratos entre los interrogatorios fumando como un descosido. No sé si fueron días u horas el período que me tuvieron entre aquellas cuatro paredes con las correspondientes salidas al despacho en el que me asaeteaban a preguntas inconsistentes. En uno de ellos me sentí responsable de la crisis griega.
Qué horas más amargas. Hasta que me desperté. Afortunadamente. Respiré profundamente y la habitación se había impregnado del maldito olor de tanto cigarro. Yo que lo había dejado hace casi cuarenta años. Salí disparado para el baño y me senté un rato a… cavilar. Claro, ‘El toque de ánimas’, cuento de Ángel Guerra (seudónimo del escritor y periodista conejero José Betancort Cabrera), que leí hace un instante apenas.
Dentro de mi ateísmo manifiesto, me cagué en todos los santos que me pasaron por la mente: San Mariano, San José (Manuel), San Luis (el guindo), San Cristóbal… Hasta de la Virgen de los Dolores me acordé. Y de Santa Soraya, vaya, vaya.
Peor el remedio, tú. Porque cuando volví a la posición horizontal, el cerebro parecía una cafetera a punto de escupir su contenido. Tantas fueron las vueltas, que debí transmitir la inquietud a la sábana (de abajo). A las muchas, y al tiento, me percaté de que la mayor parte de su superficie se hallaba debajo de la cama. Ya notaba yo un tropiezo, ya. La almohada también desapareció por la rendija de la cabecera. Qué noche, qué primeras horas del día siguiente. Esto es el influjo de la luna llena, pensé. Me volví a levantar. Abrí un fisco la puerta del balcón. La cortina apenas se movió. ¿Será la calor?
Encendí la luz. Agarré el lápiz que guardo con mimo en la primera gaveta junto a un cacho de papel:
Me cago en la ley mordaza,
en los que quieren callarme,
soy libre para expresarme,
para contar lo que pasa.
No hagan de mi carnaza,
que me reviro indignado,
y cuando escribo cabriado
suelo afinar puntería:
Me podrás tener manía
pero no me has enterrado.
Jolines, espero no tener que recurrir a las pastillas. Deberé apagar tele y ordenador, caminar unas catorce horas diarias, clausurar el blog, darme de baja… Cállate, bobo, si no lo vas a hacer. Si no puedes dormir, te jodes y te aguantas.
Sean felices, descansen bien y hasta mañana.