lunes, 3 de agosto de 2015

Mear y no echar gota

Recomiendo encarecidamente a mis estimados lectores que si tienen menos de dieciocho años, hagan el favor ahora mismo de abandonar este blog e ir a ver Clan. Porque esta lectura de hoy es, exclusivamente, para mayores. Advertido quedas.
Como los hombres somos muy hombres, por las zonas bajas, y relacionamos la próstata con el aspecto sexual más que con el urinario, nos produce escozores hablar de dicha glándula. Es tema tabú en la cultura del españolito muy macho.
Ya he escrito algo en anteriores ocasiones de este particular. Porque lo he vivido demasiado cerca. Compuse, incluso, unas décimas (ya publicadas en diferentes medios) que entregué a mi urólogo, el doctor Pablo Sánchez Clavero, por si podían prestar algún auxilio emocional a los enfermos rebeldes. A los muy machos, otra vez.
Padecía un servidor hiperplasia benigna prostática (HBP), que consiste en un crecimiento no maligno (no cancerígeno) en el tamaño de la próstata. Yo tenía un prostatón, me señalaba siempre Pablo cuando acudía a la revisión pertinente. La próstata, al crecer, puede ir comprimiendo progresivamente la uretra y provocar, por tanto, dificultad al orinar. Esto sucede porque esta compresión impide el flujo de la orina desde la vejiga hacia la uretra hasta el exterior. Las posibles consecuencias son retenciones de orina en la vejiga o reflujo de la orina hacia los riñones y una necesidad de orinar frecuentemente. Si la inflamación fuera muy grave, puede bloquearse por completo el sistema urinario.
Vaya que sí. Que me lo cuenten a mí. Todo iba bien hasta que un buen día (8 de febrero de 2012, miércoles) me quedé completamente trancado. Ni te quiero contar los padecimientos hasta que me vaciaron a través de una sonda en urgencias. La espera fue insoportable. Ignoraba yo la capacidad de ese recipiente llamado vejiga. Sondado estuve hasta el 20 de abril del mismo año, fecha en que fui operado de manera satisfactoria. En fin, que ahora meo que da gusto. Y lo otro (porque sé que ya lo estás pensando) no decae (hasta diría que se incrementa) sino hasta los límites que la edad establece. Bien distinto es cuando la próstata debe ser eliminada, y no reducida (me quitaron 80 gramos, cuando lo normal son 20; imagina una naranja china, te quitan lo de dentro, los gomos, y te dejan la cáscara) por una causa maligna. Pero, y perdón por la familiaridad, entre un polvo muy de vez en cuando (insisto, por la edad) y mear con sumo placer, creo que la disyuntiva está meridianamente clara. Jolines, soy consciente de que el concepto de virilidad, en este particular caso de extirpación por cáncer, pesa demasiado en esta sociedad, pero no querrás que acabe el proceso en una metástasis cuyo final de recorrido ya te puedes imaginar. Y de ser así, ni lo uno (placer sexual) ni lo otro (miccionar, que ahora me pongo fino).
La HBP es una enfermedad muy común en los hombres: aunque generalmente comienza a partir de los 30 años, es muy raro que se manifieste antes de los 40. A los 60 años, aproximadamente, más del 50% de los hombres padece HBP y entre los 70 y 80 años hasta el 90% presenta alguno de sus síntomas.
Dejados de lado los conceptos más técnicos, vayamos al meollo de la cuestión: la frase del titular. Utilizada por varones con una frecuencia que raya el despropósito. Incluso por muy jóvenes que a lo peor no piensan llegar a viejos. Además, con tanto potingue que nos introducimos vía alimentación u otros medios, lo mismo hay que adelantar los baremos de edad para notar los efectos prostáticos. Pues a tales lumbreras les indico que cada vez que tengo delante de mis ojos la expresión de marras, me entra una alegría en el cuerpo que solo le deseo al autor que se quede tan trancado que deba ir con una goma colgando del aparato durante un par de años. Por gilipollas.
Y a las jóvenes, que en su afán de igualdad con el sexo masculino caen en lo chabacano más grosero, con un vocabulario soez en grado supremo, qué decirles. Nada, porque todos no somos iguales. Pero sí también entienden que hacer el gilipollas (en versión femenina; que mal suena, por cierto) es lo progre, que se vea tu padre en tesituras de mucha preocupación. ¿Por qué? Por gilipollas. ¿Lo entendiste?
Y como me he explayado a gusto y con conocimiento de causa, quedo de ustedes a su entera disposición. Si me lo piden expresamente más de tres lectores (coño, no me dejes en ridículo), mañana vuelvo a reproducir las décimas (prostáticas y hospitalarias) que te mencioné unos párrafos atrás. Y ahora, con tu permiso, me voy a mear. Porque me he acostumbrado a beber mucha agua sin temor alguno. Si llegan las ganas, a evacuar, y santas pascuas.
Sean felices. Y si les alcanza la tentación de utilizar el título de este post, piénsenlo un rato, cuenten hasta cincuenta y después actúen en consecuencia. Hasta mañana.