martes, 15 de marzo de 2016

De aquellos polvos...

Tuve un fin de semana bastante ocupado y cuando retomo la manía de informarme de lo que acontece por esos mundos, me entero de que vuelve a haber movida en torno al puerto del Puerto. Ese que unos cuantos indocumentados se empeñan en que sea capaz de soportar el atraque de cruceros de muchos pisos, infinitos turistas con la pasta cayéndosele de los bolsillos y tantos metros de eslora que la popa se halle a la altura de la que fue playa de Julián, en Punta Brava, y la proa en la linde con la Villa, allá por El Bollullo. Acomodo orientativo, claro está, porque dependemos de mareas, corrientes y estado de la mar. Y de los exabruptos de los organismos patógenos.
Lo malo es que las instituciones, y los políticos que las rigen, no se han destacado por su buen hacer en este ya demasiado largo proceso. Entiendo, por ello, que la gente esté cansada, harta. Y crea que la tardanza supone un desagravio. Se aprovecha la ocasión para mezclar en el cóctel explosivo cuantos más ingredientes mejor. Como en todos los ríos revueltos, siempre estará el espabilado de turno para intentar obtener toda la rentabilidad posible.
La presencia de Carlos Alonso en el Consistorio portuense fue momento propicio para los instigadores. Leí que la concentración en El Penitente fue debidamente orquestada por (in)determinado medio, o cuarto, de comunicación. Como siempre, añado. Y mis informadores, que los tengo, me habían advertido la pasada semana que desde un emisora de radio pública se dedicaron a echarle sal al asunto para que estuviera bien sazonado.
Como es conocido, el gobierno de Puerto de la Cruz lo conforma el pacto PP-CC. Los ediles de Coalición Canaria, o suspendidos de militancia, ya sufren de lo lindo por el mero hecho de tener que cobrar cada fin de mes. Los populares nadan al ritmo que marca su entrenador realejero. Y se dejan ir con las olas. Vamos, que pintan menos que la Ciciolina en el Concilio de Trento.
Ayer en su blog, el amigo Salvador García se lamentaba porque, ese era el título de su comentario, “los portuenses no somos así”. Frase que no es la primera vez que utiliza. Y que, así lo creo, condensa el parecer y la manera de actuar de la inmensa mayoría de la población de la ciudad. Gente noble, respetuosa y que recurre al diálogo para salvar diferencias. Como debe ser la seña de un pueblo ilustrado.
Hay que contar, no obstante, que siempre estará el reducido grupo de energúmenos que invita a la escandalera, cuando no a otras acciones merecedoras de la mayor de las repulsas. Y en este triste y lamentable espectáculo existe un responsable con alta cuota de culpabilidad: un paisano que duerme a la sombra de Tigaiga, defensor a ultranza de Puerto de la Cruz, que ningunea a Lope Afonso hasta el punto de dejarlo en el más espantoso de los ridículos. Y consintiendo, además, que desde la muy noble e histórica Villa de Viera se viertan, y se consientan, soflamas que soliviantan al personal. Apliquemos la Ley del Talión y que no quede títere con cabeza.
Los culpables del ostracismo y del estado lamentable en que se halla Puerto de la Cruz en estos momentos no hay que buscarlos en Santa Cruz. Lugar en el que convergen iras, lamentos y desazones. No, los autores del drama se refugian en cómodos sillones de elegantes despachos en los aledaños de la Plaza de Europa. Que preocupados por conservarlos se amparan, cuando no protegen, a los cuatro radicales que abanderan el odio y el resentimiento.
Bien haría el alcalde portuense en ponerse en su sitio. Y hacer lo propio con el que por ahora se debe. Que le toma el pelo como hace con los grupos de la oposición en mi pueblo cuando le queda un rato libre. Así entiende el todopoderoso presidente el tema de la participación. Por la zona alta y por los callaos. Es su pluralismo muy singular.
Días atrás, los portavoces de los grupos realejeros aludidos (PSOE, IU y CC) convocaron una rueda de prensa para denunciar la utilización espuria de unas jornadas de participación ciudadana sin contar con nadie. Yo me lo guiso y yo me lo como. Es el proselitismo fotográfico de quien extiende con total desparpajo sus rejos por el pueblo –qué digo, por los pueblos– cual pulpo a la vinagreta. Por ello lo imita hasta el punto de erigirse, como lo hizo en su día otro ranillero y molusco cefalópodo de toda la vida, y con la ayuda inestimable de advenedizos en el gremio reporteril dicharachero, en otro inspector Gadget.
Caerá la palmera orgullosa. Me apena que se lleve por delante la labor de casi treinta años de una casa por la que sentí admiración tiempo atrás y en estos momentos profunda lástima. La prepotencia es mala consejera. Sigamos criando cuervos. Potenciemos la carroña. Es, sin duda, lo que el Puerto necesita para su revitalización.
Entre todos lo mataron y él solito se murió. De aquellos polvos…