jueves, 25 de agosto de 2016

El Baile de la Virgen

Ya he dejado constancia en anteriores ocasiones de mi espíritu refractario con todo aquello que guarde relación con la Iglesia. En sus múltiples variantes y, sobre todo, en los aspectos que trascienden de las paredes de templos, sinagogas y demás. Porque lo que ocurra en la intimidad de cada cual, ya se sabe. Y lo de puertas afuera siempre estará sujeto a criterios y controversias.
Viene esta introducción a cuento de lo acaecido días atrás en el barrio realejero de La Zamora. O La Grimona. Donde el zarandeo de la Virgen de las Nieves, hecho que se ha venido produciendo, según me cuenta uno de los 'inventores' del baile, desde finales de la década de los ochenta (las razones por las que se principió tal acontecer me las reservo por ahora), dio lugar a un enfrentamiento bastante desagradable entre quienes entendían que por este suceso (y nunca mejor expresado) no se iba a venir el mundo abajo y aquellos que pensaban que no había lugar semejante meneo en el transcurso de una procesión.
Como siempre, ni doy ni quito razones. Pero parece que ha pasado a mejor vida aquello de que hablando se entiende la gente. El párroco, al que se le presupone instruido, bien pudo, en lugar de sacar fotografías de los presuntos implicados en plan intimidatorio, llamar al personal a debatir con tranquilidad en cualquier local de los alrededores. Porque su actitud vino a desembocar en un calentamiento general de la atmósfera circundante, hasta el punto de casi alcanzar el grado de altercado público. Es decir, de ebullición neuronal. Y a los vídeos que circulan por Internet y al eco desmesurado en todos los medios de comunicación me remito.
A este paso, en algunas parroquias se van a quedar los curas más solos que la una. Bueno, la una y media. Tienen determinados representantes de Dios en la Tierra el don de rechazar, cuando aquel al que siguen, eso he leído, era capaz de dejar el rebaño para salir en busca de la oveja descarriada. ¡Ah!, eran otros tiempos.
Que estos hechos ocurran en verano da un extra de morbo al particular. Los periodistas, o supuestos, que buscan desesperados motivos que sacar a la luz, se dieron gusto en la propagación del evento. Sí, este hecho sí lo fue; lo demás, nimiedades apenas. Y hallar informadores que exageren hasta límites insospechados, es tan fácil como colocarle la alcachofa al alcance de cualquiera que merodeara por la tómbola o la turronera. Y menos mal que tengo vetados (in)ciertos canales. Como dijera cierto alcalde: Me lo quiero dimaginar.
Donde habremos de llevar a la Virgen que se baile o no será cuestión al margen‒ es a las negociaciones del PP con C´s. Para que les desatasque el diccionario. Instrumento valioso para salir de dudas, pero en el que se pretende insertar una nueva acepción para el vocablo corrupción. Hemos de suavizarlo. Recuerda: hoy por ti, mañana por mí. No basta con lo que la RAE estipula de lo que es un corrupto. Ablandemos los contextos. Puede que cambie de opinión y decida entrar a formar parte del conglomerado gubernamental y las tentaciones siempre son, y serán, golosas. ¡Ay!, ciudadanos.
Mejor sería mandarlos a todos a que exploren ese nuevo planeta (lo malo es que se parece al nuestro) que orbita en una estrella que dista apenas unos años luz del sistema solar que conocemos. Quizás encuentren paz y sosiego. Y no sería necesario recurrir a danzas transgresoras, ni provocadoras.
Y quizás en la soledad de la lejanía no perdamos el norte. O todos los puntos cardinales. Como en la información del seísmo habido en Italia. Ahí sí que ha habido baile. Desde la intensidad en la escala de Richter, o escala de magnitud local, hasta la cifra del número de accidentados en la catástrofe. Cómo se puede jugar de tal guisa con datos que zahieren. Da la impresión de que los muertos se reducen a meras cantidades.
El periodismo está enfermo. Gravemente. Y los llamados a poner remedio no aportan demasiados esfuerzos para la cura. Máxime cuando en Birmania se produjo casi paralelamente otro terremoto de mayor magnitud sin que se brindase cobertura alguna del siniestro. Penoso. Las desgracias nos conmueven en función de las cercanías. Aquellos de allá son sus fallecidos. Que se las arreglen. Hasta ciertas distancias se imponen poses y minutos de silencio. En horizontes lejanos nada se divisa.
Falsedad por doquier. Tiemblen, herreños, porque el Baile de la Virgen puede llegar a ser cuestionado. Cuidado con la del Carmen. Nada de balanceos al arrullo de las olas. Calma chicha. Y los encuentros de San Juan en Semana Santa, a compás lento. Las prisas, que siempre implican movimientos, son malas consejeras. A pasito lento, pasito tun tun.
Y una advertencia a las gentes de El Mocán: Si están pensando utilizar la música de Los Gofiones, para compensar el pasodoble sabandeño de Islas Canarias, para amenizar el recorrido... ¿Me entendieron? Que cuelgo los hábitos y me mando a mudar.

Hasta la próxima.