martes, 20 de septiembre de 2016

Prisionero de sus palabras

Si yo fuera político, o mejor, si ejerciera de político –porque lo soy aunque profeso de sujeto paciente– en un cargo de bastante responsabilidad en cualquier rincón de estas islas, jamás se me ocurriría decir lo siguiente: “Veo que eso de leer las noticias o estar al corriente de lo que sucede en nuestro pueblo no es lo frecuente”. Si lo he entrecomillado, podrás deducir que fue plasmado por uno que se cree más que el resto en un momento de arrebato ante cualquier sugerencia vecinal. Y fue en Facebook donde el sabihondo llamó energúmenos a sus convecinos. A los que le votan y a los que no. Me imagino que si sus electores atisbaron lo que yo, la próxima ocasión se lo pensarán mejor. Y es que, a lo peor, no solo leemos sino que somos capaces de comprender.
Como ahora se ha puesto de moda lo del buen rollito y la campechanía, sería conveniente que no todo se reduzca a llevar mochila, dar besitos a mansalva y quedar plasmado en fotos y vídeos. Porque luego demuestran su verdadera cara cuando se sienten contrariados si el vecino, de buena fe, plasma unas líneas en algún foro, bien sea para discrepar, bien para aportar su parecer ante un hecho de cierta relevancia.
Creen algunos que la simple cuestión de hallarse representando a la ciudadanía en uno de los tantos cargos de la esfera pública, los convierte por arte de magia en seres superiores, que deben mirar al resto de mortales por arriba del hombro. Sin percatarse de que cuando sean desposeídos de esa pátina de poder, se convierten en guiñapos, es decir, vuelven a su estado natural, a ser un don nadie. En no pocas ocasiones, peleles sin la más mínima preparación que disimularon carencias en su paso por las instituciones con una pléyade de asesores que pulularon en su entorno cual moscas ante un panal de rica miel.
Alcanza tal punto la prepotencia que amenazan, ante cualquier pulla, con la avalancha de sus abogados para emprender cuantas acciones legales consideren menester. A los populares, y es un simple ejemplo, les molesta sobremanera que cualquier comentario incida en los casos de corrupción en su partido. No todos somos iguales. Claro que no, faltaría más. Pero cuando te debes a una congregación, sujeta a un ideario y que debe seguir a rajatabla el manual de instrucciones, has de ser partícipe de lo bueno y de lo malo. Pero no pretendas estar a las maduras solamente.
Añado más. Me inundaría una profunda tristeza el hecho de que yo siendo concejal de cultura (es otra muestra que no tiene por qué coincidir con la realidad) deba reconocer públicamente que la gente de mi pueblo no se entera de nada porque no lee. Que es una manera suave de llamarlo ignorante. Y lo que denota que no deben estar haciéndose las cosas bien. O que se desvían los dineros hacia causas más visibles de cara a la rentabilidad de los votos. Pero no va el comentario de hoy destinado a resaltar lo duro que se hace a veces negociar cualquier propuesta cultural en los ayuntamientos dada la escasa visibilidad fotogénica.
Un cargo público está sujeto a dictámenes ajenos. Diría que lo lleva adherido al sueldo disfrutado. Que en las más de las ocasiones es apoquinado por una administración para que él comparta quehaceres con una alegría digna de ser puesta en solfa. Y en estos momentos, a las campañas de Galicia y Euskadi me remito, verbigracia. Aunque por estos lares hallamos, asimismo, ejemplos más que significativos. Y cuando la molestia por sentirse aludido en comentarios no dictados por palmeros (de palmas) alcanza el punto que arriba se dejó mencionado, dista mucho del adecuado ejercicio de la gestión y califica con nota pésima el don que se le presupone al gobernante: encajar con elegancia la disparidad de criterios.
Además, el no admitir que cuatro ojos ven más que dos es el primer paso hacia el endiosamiento. Y de vanidades, engreimientos, petulancias y egolatrías, máxime cuando son fingidas con barnices de modosidad (me da igual si lo traduces por lobos cubiertos con piel de corderos), algo, o mucho, se vislumbra sin necesidad de cruzar el charco.
Parece que el autor de la lindeza al principio reseñada no le gusta que lo contraríen. Está mal acostumbrado y cuando discrepamos de su línea de actuación, le salta el resorte. Porque ha nacido para me gustas y no admite discrepancias. Quiere súbditos indocumentados, analfabetos. A ser posible que no pasen de las vocales. Ni siquiera teme ser prisionero de sus palabras. Mañana dirá lo contrario y los borregos balaremos un sí sostenido.
Y ahora un epílogo que nada tiene que ver con lo anterior. ¿O sí? Vi al alcalde de mi pueblo en una foto (qué raro) por fuera del IES La Guancha mostrando su apoyo a la continuación del Ciclo Superior de Vitivinicultura. El mismo que permitió que la sede de la UNED se fuera del pueblo hacia Garachico. Porque el superávit lo quiere para comprar piche. Cuestión de rentabilidades.