martes, 13 de septiembre de 2016

Una propuesta

El ayuntamiento de mi pueblo nos invita a que presentemos sugerencias para la rehabilitación de la plaza de Viera y Clavijo. La de Realejo Alto, para entendernos. La del entorno de la Iglesia de Santiago Apóstol. La que ha servido de ubicación al ilustre polígrafo nacido en la Calle del Agua allá por el día de los inocentes de 1731. Eso sí, lo hemos cambiado de lugar casi tanto como la caja del turrón, que se dice.
No sé si ya se celebró la anunciada reunión en el Círculo que lleva su nombre. Algo leí al respecto. Con la foto del concejal de Patrimonio. Uno de los dos, porque en esta villa norteña disponemos de mucho (patrimonio). Bueno, de las condiciones hablamos, o escribimos, otro día, si te parece. Y de lo otro (fotos), ni te cuento. Pero como me hallo más atado a la pata averiada de lo que yo presuponía a estas alturas del año, no puedo acudir aún a casi nada, salvo a rehabilitación, de lo que acontece por estos lares. Y que es bastante, no te vayas a creer.
Es por ello que retomo una idea que ya planteé tiempo atrás cuando gobernaba Coalición Canaria. Amén de haberlo publicado asimismo en varios foros. Ahora se repite en Pepillo y Juanillo. Lo que significará que ni el más mínimo caso. Como aquellos versos (dos sonetos, un romance y veinte décimas) que entregué a cierto edil en 2013, con motivo de los actos que conmemoraron el segundo centenario de su muerte (Las Palmas), y que ni uno de ellos tuvo cabida en la amplia agenda desplegada. De ahí el escepticismo. Porque se aparenta mucha predisposición hacia invitaciones y propuestas, pero deben al final escocer bastante al provenir de otros sectores.  Y si están escorados a lo zurdo, le aplicamos lo que por Madrid se atribuye a Sánchez. Visiones.
Las fotografías que ilustran este comentario de hoy señalan la dirección de los tiros. Como se deberá acometer una reforma en profundidad (las humedades delatan que las anteriores no dieron el resultado apetecido) y el insigne ilustrado será, una vez más, bajado del pedestal (el pobre hombre no se ha marchado caminando por pura vergüenza), invito a que consideren la posibilidad siguiente:
La plaza, una vez concluida la enésima acometida (en la que, me imagino, se contemplarán unos servicios públicos con fundamento), pasará a denominarse de Santiago Apóstol. Por razones obvias. Y estúdiese muy bien si procede toda la parafernalia de toldos y sillas, o si la cafetería debe retirarse del lugar. O si lo que está al lado es un parque infantil.
Y vámonos a la entrada del pueblo por El Castillo. Qué hermosas rotondas para sacarle mayor rendimiento plástico. No sé, pero siempre me ha gustado una fuente. Y especialistas en la materia, a cientos. Que a buen seguro se presentarán al pertinente concurso de ideas. Y una bienvenida solemne a la Villa de Viera. Entorno que presidirá el busto de Perdigón.
Gran Canaria es una isla de esculturas y monumentos. Aquí somos capaces de encargar un recordatorio a los cochineros de Icod el Alto y casi se mueren los lechones en las raposas antes de salir del taller del Paco. Parece que tenemos miedo de embellecer tantos espacios libres que se llenan de rabo de gato ante la desidia de los llamados a aportar soluciones. Ahí tenemos la entrada a La Corona por el costado del poniente que reclama a voz en grito que allí se ubique algo.
Como soy consciente de que magníficas iniciativas, tanto particulares como de los grupos de la oposición, pasan a dormir el sueño de los justos, guardo ciertos recelos ante estas llamadas a la ciudadanía. Y es que da la impresión de que todo lo externo al grupo de gobierno no vale para nada.
Ahí queda. Seguro que alguno de los catorce (a la escondida, por si acaso peque mortalmente) se entera. Ya sé que los otros siete (seguro, seis; el otro, tengo ciertas dudas) me leerán. Los más, esbozarán una sonrisa. Los menos, lo mismo lo piensan.
Y acabo con una de las décimas aludidas unos párrafos más arriba:

La villa natal de Viera
debe ponerlo en valor,
pues merece tal honor
el genio que aquí naciera.
Su imponente afán debiera
ser por todos conocido,
no dejar en el olvido
que un museo es menester,
en el que prime el saber
de lo que ha estado dormido.

En El Castillo, la llamada de atención, el reclamo. En la casa natal, el museo. Y háganme el favor de no tener que recordarles la sentencia del centenario palmero Leoncio Afonso: “En cien años no había visto tantos tontos juntos en política”.
Hasta mañana.