jueves, 6 de octubre de 2016

Golferías y ruindades

Pensaba ayer tarde, mientras caían unas gotas, que era momento oportuno para pergeñar unas líneas acerca de las filtraciones habidas durante la reunión del Comité Federal del PSOE este pasado fin de semana, o de como en Canarias no nos quedamos atrás con la desconvocatoria del Comité Regional previsto para este 8 de octubre, o de como las voces discordantes caen en el mismo error que critican y se pasean por todos los medios de comunicación a su alcance (tradicionales y modernos) para echar más leña al fuego; incluso osan desafiar a los periodistas que comentan sus andanzas. Menos mal que este vehículo mío no es conocido por tan ilustres lumbreras.
Así que me propuse entretener a mis amables y fieles lectores (voy sumando) con las pinceladas que los periódicos de finales del siglo XIX creían conveniente publicar para dar a conocer las golferías o ruindades de la chiquillería del entonces.
En la sección “Crónica Provincial” del santacrucero Las Noticias[1] la queja de un grupo de vecinos porque es imposible transitar por determinada calle de 7 a 10 de la noche, sin dejar de ser apedreado por una infinidad de “angelitos” que se reúnen en aquel sitio.
En El Valle de Orotava[2], la queja porque los guardas municipales no cortaban el abuso de los chiquillos corriendo detrás de los muchísimos extranjeros que visitan la población pidiéndoles un “cuartito”. Cree el periódico que sería conveniente acabar con esta golfería, á no ser que los hijos de alguno de aquellos (los guardias) sea también de los que forman parte de semejante plaga, porque ya entonces varía.
La sección de “Confidencias” del semanario El Álbum también fue bastante notoria.
Continúan los chicos lanzando piedras desde la azotea de alguna casa á los patios de los vecinos. Y sus madres muy campantes y contentas con que los niños se diviertan. Y si le parten la cabeza á alguna persona, partida se le queda[3].
O este otro[4]:
La mayor parte de las tardes se reúnen una infinidad de palanquines, entreteniéndose con el juego de guerrillas. Por cierto que el martes último, al pasar por la carretera, le arrimaron á un amigo nuestro un tremendo pelotazo, que así como le alcanzó una paleta, es la cabeza, no lo hubiese contado.
Y unos días más tarde[5], un ruego al vigilante para que en lugar de estar tomando el fresco, se paseara por el barrio con lo que se evitaría que los niños mal educados se entretengan en tirar piedras á los que pacíficamente transitan por él.
Y otra batería de sueltos de la sección “Confidencias”:
Una bandada de diez y siete muchachos desarrapados, contamos la noche del jueves último que andaban escandalizando y molestando á los vecinos. Vamos, señor policía, que con unos cuantos barazos [sic] bien dados á los granujillas, en la parte más carnosa del cuerpo, salís del paso, y libráis á los vecinos de la plaga. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 18-octubre-1891, página 7)
Siguen haciendo de las suyas la gente del porvenir. La noche del viernes último, la plaga continuaba con sus escándalos, molestando á los vecinos, a pesar de las carreras tras ellos del guardia que andaba por aquellos sitios. Yo creo que en estos casos / sería mucho mejor / para el señor celador, / en vez de correr, varazos [sic]. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 25-octubre-1891, página 7)
Todas las noches se reúnen una partida de pillos, que hasta las diez de la noche no cesan de escandalizar y molestar á la vecindad. Poco más tarde, otra partida de aficionados á Baco, que acostumbran asistir á una mezquita establecida, por aquellos contornos, se encarga de continuar el jolgorio hasta la hora que se les ocurre. Y los vecinos echando pestes contra la policía. Porque no están obligados / y hay que darles las razones, / á oir cantos coreados / por los niños malcriados / y los pollancos chispones. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 2-octubre-1892, página 7)
Continúa el par de docenas de pillavanes que se reúnen por las noches en donde para el coche de hora, molestando á los vecinos con sus escándalos, apedreando á los transeúntes, castigando á los niños y haciendo cuanto se les antoja, y ni siquiera uno ha visitado el depósito municipal. Esperamos del Sr. Delgado, que no pone oídos  de mercader á las quejas del público y á las indicaciones de la prensa, que corregirá sin tardanza el abuso que denunciamos. Tengo la seguridad / que todo vecino honrado / gritará con lealtad; / ¡qué viva el Sr. Delgado, / teniente de la ciudad. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 2-octubre-1892, página 7)
En la tarde del miércoles último más de dos docenas de pilluelos escandalizaban terriblemente delante de una de las casas en la que desgraciadamente se hallaba un enfermo, sin que las amonestaciones de las demás personas que habitaban en dicha casa pudieran calmar aquella gritería. ¿Y los señores del orden público? Tomando el fresco. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 28-noviembre-1892, página 8)
Todas las noches se reúnen un par de docenas de niños de corta edad, que molestan á los pocos paseantes con sus carreras y con el polvo que levantan, sin que haya un policía que los ponga á raya. Traslado al alcalde Sr. Delgado. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 30-julio, 1893, número 315, página 8)
Quéjanse los vecinos de que, por las noches, tienen que cerrar las ventanas de sus respectivas casas, para no oír las insolencias de todos colores y “ainda mais” que se profieren por unos cuantos niños con ínfulas de hombres que se reunen en la plaza. ¡Ah, de la policía, Sr. Alcalde! (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 27-agosto-1893, número 319, página 7)
Varios chicos apedrearon en la noche del jueves último las ventanas de una casa y á la siguiente silvaron [sic] á un conocido abogado. Protestamos de estos hechos que pudo haberlos evitado la policía  (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 3-septiembre-1893, número 320, página 8)
Cualquier extranjero que presencie las baladronadas que se les permiten á esa infinidad de chicos sin educación, -cuyos padres creen que su misión como tales, sólo se concreta á proporcionarles el alimento y vestirlos,- que invaden los sitios públicos de esta culta ciudad, creería que se halla en un país habitado por hordas de salvajes. Aquí ha llegado á tal extremo el descaro y la poca vergüenza de esos granujas, que en las calles y plazas dirijen [sic] palabras soeces á inocentes niñas, insultan, hacen mofa y ridiculizan los defectos físicos de honradísimos y dignas personas, muy queridas y muy respetadas de sus conciudadanos, sirviendo esos reprobados actos de fiesta y risa á ciertas clases de gentes desmoralizadas, que debían haber nacido entre las más estúpidas kábilas africanas y no en un país donde los hombres tienen conocimiento de sus deberes y de sus derechos. Y no es esto lo que más nos llama la atención; lo que sí nos admira, lo que nos parece increíble, es que en Santa Cruz de Tenerife, la capital de las Canarias, las autoridades no hayan impuesto un severo correctivo á las infamias de estos pilluelos mal nacidos. Desgraciadamente, aquí hasta los asuntos más serios y más sagrados se hacen cuestión política, y esos respetabilísimos ciudadanos á que nos referimos, profesan ciertas ideas opuestas á las “personas sensatas”, y no hay motivo para molestar á nadie por “inocentadas” de los chicuelos, aunque estos sean impulsados por alguna mano negra. ¡Infeliz pueblo! (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 29-octubre-1893, número 325, páginas 6 y 7)
Un pobre e inofensivo artesano, monomaniaco, que solo los domingos se le vé transitar por las calles de esta población, conocido por el mote de “carlista”, es continuamente molestado por una turba de chicos y grandes sin educación, causando extrañeza que la policía no evite que se le dirijan á gritos á dicho artesano las palabras más insolentes del repertorio español, sirviéndoles por el contrario de risa y chacota. Por eso hay quien dice que aquí ya no existe policía ni autoridades y que cualquier granuja puede insultar y desacreditar á personas respetabilísimas y proferir á gritos las palabras más insolentes, que á buen ciudadano está que por esos abusos se les introduzca en chirona. (El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 5-noviembre-1893, número 326, páginas 6 y 7)
Un poema de Luis Royo Villanova[6], que él mismo califica de “sermón casi espeluznante / que doña Consuelo Greñas / dirige de mal talante / a un hijo suyo, estudiante / por más señas”, aunque no específicamente destinado a un alumno de instrucción primaria, puede valernos para reflejar una problemática social determinada. Nos retrata una de las tantas cantinelas maternas, peroratas interminables y la consabida conclusión de “a tu padre se lo digo”, que todos, y en más de una ocasión, hemos sido partícipes; cuando menos, testigos. Un largo siglo después, las situaciones no difieren gran cosa.
Ven aquí, condenado, / acércate á mi lado...  / No tengas miedo, no, que no te pego; / voy á echarte un responso, simplemente; / (los palos vendrán luego, / irremisiblemente). / ¿Por qué no has ido á clase esta mañana? / Vamos á ver, responde. / ¿No te ha dado la gana? / ¿Pues dónde has ido? ¿Dónde? / Al café ó al billar, ¿verdá, hijo mío? / Pues no tengas cuidado, / no quedará esto así, yo te lo fío; / le diré á tu papá lo que ha pasado / y entonces, gran bribón, no tendrás frío. / Yo le diré también que te rebelas, / y le diré que fumas, / y le diré también que lees novelas / de Paul de Kock y de Alejandro Dumas; / y le diré, por fin, que eres un pez... / A ver si te revienta de una vez. / ¿Qué has hecho del dinero / que te dí para el día de mi santo? / ¿Qué te has comprado, dices, un sombrero? / Eres un embustero, / un sombrero no puede costar tanto... / ¡¡Si te dí cuatrocientos veinte reales, / justitos y cabales!! / Pero, ¿qué has hecho? ¡Infame! ¡Desdichado! / ¿Dónde están el reloj y la cadena? / ¿Qué los has empeñado? / Pues la hemos hecho buena... / ¿Presumes que tu padre, gran indino, / se encuentra por las calles el dinero, / ó que sale al camino / lo mismo que si fuera un bandolero? / Pues si tal has pensado, / estás completamente equivocado. / A tu padre le cuesta su trabajo / el dinero que gana honradamente, / y trabaja á destajo / para labrarte un porvenir decente... / ¡Ah, si tú no existieras en el mundo, / él no trabajaría ni un segundo, / porque, sin ti, podríamos los dos / vivir en paz de Dios... / Sí, tu padre es aquí el caballo blanco, / que te llena de plata los bolsillos, / para que tú te marches al estanco / y compres á millares los pitillos; / y al café vayas luego, / y á las casas de juego, / y si la mala suerte te precisa / empeñas aunque sea la camisa... / Anda, bribón, tunante, /que el demonio te aguante, / porque ya estoy de ti hasta las narices... / Pero, ¿qué es lo que dices? / ¿Qué no te importa nada? ¡Gran pillete! / Me gusta tu franqueza... / ¿Quieres ver cómo cojo un taburete / y te abro la cabeza? / No quiero incomodarme, / nada he de conseguir con enfadarme; / con que no reces, haz / el favor de tener la fiesta en paz. / Yo contaré á tu padre lo que he visto, / y se arma en casa  la de Dios en Cristo. / Tu padre viene ya; / anda y entiéndete con tu papá...
(Entra el marido de pronto, / coje [sic] al chico por el brazo / y le pega un garrotazo / que lo deja medio tonto).

Nota aclaratoria: La foto es casi del otro día. Y éramos (me incluyo) angelitos los chicos de La Longuera y El Toscal. Tanto que nos llevaron de gira al Puerto.


[1]  Las Noticias, Santa Cruz de Tenerife, 15-abril-1887, número 1148, página 2.
[2]  El Valle de Orotava, La Orotava, 14-diciembre-1887, número 14, página 2.
[3]  El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 27-abril-1890, página 7.
[4]  El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 6-julio-1890, página 7.
[5]  El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 20-julio-1890, página 8.
[6]  Royo Villanova, Luis (Zaragoza, 1866-Madrid, 1900). Abogado, literato y periodista. Trabajó o colaboró en El Imparcial, Blanco y Negro, Gedeón y La Calabaza. Su literatura festiva fue reproducida por periódicos de toda España. Como es el caso que nos atañe: El Álbum, Santa Cruz de Tenerife, 9-julio-1893, año VII, número 312, página 6.