miércoles, 19 de octubre de 2016

La hucha

Hasta diciembre de 2017 pienso viajar como un descosido. O como un poseso. Iniciaré los recorridos antes de finalizar el presente año y no descansaré hasta que los euros ahorrados en la entidad bancaria de siempre alcancen la fatídica línea roja. Ya estarás pensando que en ese supuesto no voy a ir muy lejos. Yo también lo creo. Pero aun así, me arriesgaré. Aparte de seguir echando la primitiva semanal. Que la esperanza es lo último que se pierde.
No me refiero con el título de hoy a esa superficie comercial donde acudes a la vuelta de Mercadona porque siempre se te olvidó algo. Y como te coge de camino… Tampoco a la mía. Más que nada porque no tengo. Lo más, hace bastantes meses, una botella de agua Fonteide (hoy voy de publicidad gratuita) en la que guardaba las monedas de dos euros. Pero no resistí las tentaciones y seguí el consejo de mi suegra: El tiempo de ganar dinero está hacia adelante. Lo malo es que ya estoy jubilado y se me han quitado las ganas de trabajar. Por supuesto que no me refiero, asimismo al cochinito de oro en el que deposita mi alcalde el superávit municipal para comprar piche en los periodos preelectorales.
Como he descartado varias posibilidades, entre las que me quedan se halla la famosa hucha de las pensiones. O los restos. Porque este gobierno en funciones, y que dentro de poco volverá a las andadas con las sajadas de siempre, y en la dirección que tropezará con los mismos imbéciles de siempre, reconoce que los depósitos que el malvado Zapatero logró dejar a buen recaudo no alcanzarán la paga extra de diciembre del próximo año.
Dado que llevo una temporada en que todos los achaques tocan a la puerta –acabo de llegar del oculista y me ordenó reposo porque el ojo derecho (qué otro podía ser) está viendo nubes en movimiento; y aquí estoy tecleando estas líneas para descansar después– creo que esta próxima navidad comeré el turrón al estilo tradicional, pero en la siguiente me lo inyectarán directamente en vena y en prudencial dosis. Porque si la hucha estará hecha añicos para ese entonces, ¿de dónde demonios piensa el gobierno sacar los millones necesarios para que las clases pasivas podamos comprar los reyes de hijos, nietos y demás familiares? Lo mismo nos suprime los viajes del Imserso y agrava la situación con el cierre de un montón de hoteles y todos sus efectos colaterales.
Yo no encuentro más que dos soluciones posibles ante tanto despilfarro de los viejos. O retrasamos la edad de jubilación hasta una edad prudencial (105 años) –sí, señor, que hay mucho vago sentado todo el santo día en los bancos de la plaza, hombres hechos y derechos mano sobre mano– o damos de baja de la seguridad social u otros seguros privados a todo individuo –o individua– que exceda los gastos razonables en medicamentos. Que algunos salen de la farmacia con más bolsas que de la panadería de enfrente. Y nada te cuento de cómo tienen las gavetas de la cómoda.
Mariano, ya sabe que cuenta con mi total apoyo, debe buscarnos ocios alternativos. Que no todo puede ser piscina, gimnasia de mantenimiento y clases de zumba. Y los más atrevidos, hasta informática. Hombre, que no. Unos a ordenar el tráfico –idea que le encantará a Marrón– en las entradas y salidas de los alumnos en los colegios públicos. Los privados que se busquen la vida. O que las regulen con semáforos. Otros pasarán a ser profesores en las escuelas de capacitación agraria, porque de guatacas, sachos y podonas saben bastante. Los más impedidos físicamente, al tiempo que cuidan los nietos pequeños para que los padres ahorren los dineros de las guarderías, podrían convocar cursillos de manualidades y otros menesteres domésticos. Que ya no sabemos ni freírnos un huevo. Y mucho menos subir un vuelto, poner una cremallera en la bragueta o coser el botón de una camisa. Sí, nos hemos vuelto melindrosos y acomodaticios. Con lo que aumenta el colesterol, la diabetes y se disparan todos los índices que se enmarcan en cualquier analítica. De sangre o de orina, da lo mismo.
Pero antes de ese crucial instante, reitero, yo aprovecho para darme cuantos garbeos estime oportunos. Si no puedo ir muy lejos por cualquier dolencia (se engloban también aquí las económicas), no quedará rincón de estas islas que no visite. Me lo voy a ‘regoler’ todito. Y pienso hacerme el bobo –un poco más de lo que ya soy– para aprovecharme de los incautos y que me salgan las excursiones más baratas.
Estoy pensando en el pobre que se jubile en el segundo semestre de 2017. Tendrá que ser muy triste ver que se encienden las luces en calles y comercios y sepa que no hay fondos para cobrar su primera paga extra, aquella por la que tanto luchó y tantos sudores entregó. Mientras tanto escucharán las tremendas carcajadas de quienes fueron juzgados por corruptos, por malversación de caudales públicos, por utilización espuria de tarjetas de mierda y se marcharon, como siempre hicieron, de rositas.
Cierro el negocio porque debo descansar. Me preguntan los médicos si me cabreo. Ni que yo fuera de cartón piedra. No me enciendas un fósforo.