El diccionario de la lengua española nos explicita dos
acepciones: 1. f. Acción y efecto de desinformar, y 2. f. Falta de información,
ignorancia.
Creo, sinceramente, como bien expresaba Cantinflas en sus
películas, que se ha propagado, como el virus de cualquier enfermedad
contagiosa, una inconmensurable “falta de ignorancia”. Porque es tal la
avalancha de medios que cualquier ciudadano halla en su diario quehacer, que
los cacaos mentales son dignos de enmarcar. Y como las líneas editoriales se
deben y se pasan sagrados principios periodísticos por el forro de cualquier
prenda interior, lo de la información veraz ha pasado a ser parte de la
historia. Ni te cuento lo de la neutralidad, imparcialidad y amplio etcétera.
Me encontré, en las postrimerías del pasado año, con un
viejo conocido, quien, a las puertas de cierto establecimiento comercial en el
realejero polígono de La Gañanía, me espetó, sin anestesia de ningún tipo, que
le comunicara a Pedro Sánchez que debía convocar elecciones ya. Cuánto honor,
pensé para mis interiores íntimos de adentro; ni que yo tuviera hilo directo
con La Moncloa o La Mareta.
¿Y eso?, acerté a responder. Es un corrupto, dijo, aclarando
luego: bueno, él no, pero los otros, aquellos que estaban a su alrededor, sí.
¿Y tú tienes constancia fehaciente de que eso es así?, ¿la justicia ha emitido veredicto
al respecto? No, claro que no, me contestó algo alterado, pero está más claro
que el agua; y lo veo en la tele todos los días. ¿Palabra de Dios?, interpelé.
Coño, ya estás dándole vuelta a la tortilla. ¡Ah!, ¿yo o los que te sermonean
un día sí y el otro también? Además, ¿ha dejado de tener valor la presunción de
inocencia? ¿Somos nosotros los que debemos dictar veredictos de culpabilidad?
¿Nos erigimos en jueces y condenamos sin ni siquiera dar la opción de un juicio
en el que canten las pruebas y se pongan en la balanza todos los pros y
contras? ¿Te gustaría que te acusaran de cualquier delito y no te diesen la
opción de defenderte? Porque cualquiera de nosotros estamos expuestos a…
El hombre se me fue achicando. Y poco a poco entrando en
razón. Le expliqué lo que significa beber en todas las fuentes y lo invité a no
quedarse encasillado en aquel canal que él entendía como luz divina. Detrás de
cada tele, cada radio, cada periódico y no digamos nada de lo que inunda
internet, siendo el móvil instrumento de fácil manipulación, se halla el
poderoso caballero don dinero; son vigorosos los tentáculos económicos que se mueven
en las trastiendas, que maniobran a su antojo y compran voluntades con pasmosa
facilidad.
Pero te digo más, rematé, el que haya metido la pata, o la
mano en la lata del gofio, y se rubrique con una sentencia firme al respecto,
que todo el peso de la ley caiga sobre él, sin contemplaciones ni medias
tintas, sea quien sea y caiga quien caiga, se apellide Sánchez, Feijóo, Abascal
o Domínguez.
Él entró antes que yo al supermercado. Dentro no le vi el
pelo. No creo que se estuviese escondiendo detrás de cualquier estantería. O
compró un solo artículo y salió disparado. Mientras recorría pasillos en busca
de la leche semidesnatada, la sacarina, yogures, pan integral, jamón y queso,
frutas y el papel higiénico, me preguntaba el porqué esta sociedad avanza en
loca y apresurada carrera sin reflexión alguna, del porqué ya no se medita sino
que nos lanzamos a yugulares con ánimos destructivos. Marginamos lo importante
y nos decantamos por lo superfluo. Ignoramos avances sociales y mejoras
económicas indudables para detenernos en disquisiciones de porte nimio.
¿Coadyuvan los políticos a incrementar este ambiente
enrarecido? Sin duda alguna. Fijó su residencia en cada dependencia de los
hogares el y tú más, de tal manera que la obcecación raya el despropósito. La
capacidad de raciocinio que se nos presupone brilla por su ausencia. Y aquellos
que están llamados a ser modelos sociales caen cual castillos de naipes. Y el
común de los mortales se deja arrastrar por la vorágine.
Sí, remato, estoy preocupado. Y mucho.

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