29 de enero de 2026

Peligrosa deriva

El amigo Salvador García –a quien yo llamo maestro porque en esto del periodismo me gana como el Benfica al Madrid– aludía en su último artículo (pincha en el siguiente enlace por si es de tu interés: https://garciaenblog.blogspot.com/2026/01/impacto-de-la-desinformacion.html) a que la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) ha hecho público un comunicado en el que señala que la difusión de informaciones falsas a través de redes sociales no constituye un fenómeno aislado, sino un problema estructural que contamina el ecosistema informativo y erosiona la credibilidad de los medios y de los profesionales. Y, además, pone el acento en la alfabetización mediática como herramienta para combatir la desinformación. Recordando, asimismo, que el Parlamento Europeo ha instado a integrar esta formación en todos los niveles educativos y reclama al Gobierno la incorporación de una asignatura específica en la Educación Secundaria Obligatoria.

Ello me dio pie a comentar una anécdota. Sí, dejémoslo de tal guisa. Para lo que debo retroceder unas dos décadas, aproximadamente. A los últimos cursos de mi etapa docente en el IES Mencey Bencomo. Donde, como responsable de la publicación de un periódico trimestral (La Pizarra), elevé al entonces director del centro la posibilidad de ofertar una asignatura optativa para el segundo ciclo de la ESO (tercero y cuarto) que pudiera denominarse Periodismo Escolar. El pertinente proyecto debe encontrarse aún en cualquier gaveta o pasó a ocupar lugar preferente en el contenedor azul. Me inclino por la segunda opción.

Uno, maestro de escuela (y a mucha honra), figuraba en el catálogo (más en fino, RPT: relación de puestos de trabajo) como adscrito al primer ciclo (primero y segundo), por lo que la propuesta ni siquiera fue elevada a la consideración de Claustro y Consejo Escolar, porque, a buen seguro (eso me dijeron) algunos licenciados protestarían por tamaña osadía. No estaba capacitado.

Como los años cotizados me brindaban pintiparada ocasión para jubilarme a los sesenta –aunque, a decir verdad, uno creía que podía seguir dando el callo unos cursos más– creí conveniente no mover más el asunto y se corrió un tupido velo sobre el particular. No recurrí a mostrar el título que la Universidad de La Laguna me expidió el 30 de agosto de 1996 en el que se hacía constar la superación de los estudios conducentes a la licenciatura en Ciencias de la Información. Como tampoco aquel otro de 20 de septiembre de 2024 que daba cuenta de la suficiencia en esa Universidad, con la calificación de Sobresaliente Cum Laude (3 de septiembre de 2003), expidiendo el título de Doctor en la disciplina antes mencionada (rama de Periodismo). ¿Para qué?

Cuando echo la vista atrás, cada vez que leo cómo se entienden por novedades aquellas facetas que fueron obviadas en el pasado cada vez más lejano, siento, junto a la rabia contenida, profundos y vehementes deseos de… mandar a tomar por saco a todos los cargos públicos con amplísimas responsabilidades en procurar avances sociales en un mundo cada vez más a la deriva. Ignoro qué se pudo haber conseguido con el proyecto en cuestión, pero, y me apuesto nuevamente los consabidos cincuenta céntimos, que mayor daño no hubiese causado a los alumnos que esta avalancha de bulos y noticias falsas que pululan por Internet y que engendran daños cerebrales irreparables.

Si añadimos al citado cúmulo los postureos permanentes de quienes bien perciben dineros públicos para que la información veraz no sea mera entelequia plasmada en un manifiesto llamado Constitución, uno se convence de que la política –y quienes la ejercen en representación nuestra– no está a la altura que se le debe presuponer. Muy al contrario, las carencias son cada vez más notorias en una pléyade de arribistas y cantamañanas.

El tiempo me ha hecho algo escéptico. Ojalá aquellos que transitan por aulas y pasillos sean capaces de inculcar el pensamiento crítico en sus pupilos. Que serán los cargos públicos de un mañana a la vuelta de la esquina. Para que no sigan cometiendo los errores de los que ahora mismo nos avergüenzan en las instituciones.

Aquella propuesta iba mucho más lejos que la mera edición de un periódico cada tres meses. Pero los lamentos a posteriori solo sirven de desahogo ante la evidente frustración. Si me lees y tienes enlace directo con Poli, coméntaselo. Él conoce mucho más que este pobre ignorante y redomado platanero (gorvoranero). Puede que haya estudiado en Wyoming y la gente salida de esa universidad de allende los mares… sabe que te cagas. Con perdón. Los realejeros no abducidos –pocos pero selectos– un fisquito sabemos de qué hablamos. O escribimos.

A perdonar el rollo. ¡Ah!, ya cobré la pensión de enero. Con incremento. En febrero ya veremos. Aunque los concejales de mi grupo municipal de gobierno ya hablaron con Manolo, que es el único que puede convencer al gallego de… ja, ja, ja y ja.

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