martes, febrero 17, 2026

Deriva ultramontana

Año 1917. Woodrow Wilson, presidente estadounidense, al solicitar permiso al Congreso para entrar en guerra contra Alemania, critica duramente el imperialismo europeo y promete que los pueblos sometidos, pequeños o grandes, podrán elegir libremente su destino. Abunda que ninguna potencia debe proponer la tutela de otras naciones, siguiendo el ejemplo de Estados Unidos que “no aspira a conquistar ni a dominar a nadie”. Porque, recalca, su participación en el conflicto mundial es en pro de la democracia, de los derechos y libertades de los más débiles. [Mesopotamia, págs. 129, 130: Olivier Guez]

No hizo falta esperar a que llegara Donald Trump para que cambiara por completo el guion. Si echas mano de Wikipedia, por ejemplo, y repasas la biografía de Wilson observarás que del dicho al hecho no hubo demasiado trecho. Las repúblicas americanas saben mucho de su particular viraje. Así que cuando iniciamos cualquier conversa acerca de no entender las posturas yanquis en sus reiterados tejemanejes supremacistas, no encontramos elementos de juicio que nos conduzcan a un planteamiento racional de las derivas y afanes de grandeza. Lo más, para situarnos, es propagar aquello de que está loco y de que sus ínfulas son emuladas por advenedizos del tres al cuarto. Pero el que no seamos capaces de encontrar una explicación lógica, como sería fácil deducir, no significa que el hecho tienda a ser mera anécdota que se disipa con el tiempo. Todo lo contrario, los peligros son cada vez más latentes y no circunscritas al ámbito meramente americano.

¿Somos ajenos en España a esta deriva ultramontana? A la vista está que no. Me da, como ya manifesté hace unos días, y que se comenta en todos los círculos políticos, que solo nos va a quedar Portugal como reducto europeo (reserva espiritual de Europa) ante el avance de las hordas reaccionarias. Cuando, al menos en teoría, el pueblo tiene cada vez mayor y más factible acceso al campo del conocimiento, diera la impresión que puede más la tripa que el cacumen, el pronto que el sosiego, la mala bilis que la recapitulación.

A veces, cuando debatimos en amena charla con amigos, conocidos o familiares, cruzamos apuestas para intentar descubrir los derroteros de un mundo a la deriva. Y aportamos mil posibles soluciones. Todas encaminadas al más estrepitoso fracaso. Vamos, como la primitiva, no acertamos ni el reintegro. Porque cuando dirigimos la mirada a lo que ahora mismo está ocurriendo en Estados Unidos con su política (es un decir) en contra de lo que no suponga, a su nauseabundo entender, la pureza de una raza blanca, rubia y bien oronda (por las hamburguesas). Y lo largan a los cuatro vientos aquellos que forman parte de un país, que nació el otro día y como producto de la confluencia de razas y etnias de múltiples procedencias. Cuando por sus genes circulan mestizajes a porrillo, viene a resultar que procede expulsar al que, a buen seguro, no supera los índices diferenciales del que porta la pistola cual miembro del ICE en los nefastos episodios de Mineápolis.

Y aquí, en el país que contribuyó a la expulsión del pueblo judío, porque era más listo y mejor comerciante, hoy le doramos la píldora porque aprendió a machacar a sus vecinos por dictados celestiales del ojo por ojo y en plan venganza por haberse atrevido a sembrar nuestro sagrado territorio con infraestructuras que supusieron avances incontestables. Como siempre la religión se ha encargado de soliviantar los ánimos, solo falta que Irán coordine otro episodio tipo Torres Gemelas, para que, en nombre de Dios (cada uno el suyo, o los suyos), arme tan fuerte terremoto que ni la erupción del Tajogaite o los enjambres sísmicos de las Cañadas.

En el maremágnum estábamos cuando surge la castiza con otra de sus ocurrencias. No bastándole con el coro parlamentario (repitan conmigo…) madrileño, amplía horizontes de nuevo (ya lo hizo con Milei, el loco argentino de la motosierra) y le va a conceder la medalla de su comunidad autónoma al amigo Donald, paradigma protector de la hispanidad…

¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano vote masivamente a este sujeto? De la misma que el madrileño lo hace con esta sujeta. Y los ejemplos se multiplican. ¿Hasta cuándo? Me da que no voy a llegar.

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