No hizo falta esperar a que llegara Donald Trump para que
cambiara por completo el guion. Si echas mano de Wikipedia, por ejemplo, y
repasas la biografía de Wilson observarás que del dicho al hecho no hubo
demasiado trecho. Las repúblicas americanas saben mucho de su particular
viraje. Así que cuando iniciamos cualquier conversa acerca de no entender las
posturas yanquis en sus reiterados tejemanejes supremacistas, no encontramos
elementos de juicio que nos conduzcan a un planteamiento racional de las
derivas y afanes de grandeza. Lo más, para situarnos, es propagar aquello de
que está loco y de que sus ínfulas son emuladas por advenedizos del tres al
cuarto. Pero el que no seamos capaces de encontrar una explicación lógica, como
sería fácil deducir, no significa que el hecho tienda a ser mera anécdota que
se disipa con el tiempo. Todo lo contrario, los peligros son cada vez más
latentes y no circunscritas al ámbito meramente americano.
¿Somos ajenos en España a esta deriva ultramontana? A la
vista está que no. Me da, como ya manifesté hace unos días, y que se comenta en
todos los círculos políticos, que solo nos va a quedar Portugal como reducto
europeo (reserva espiritual de Europa) ante el avance de las hordas
reaccionarias. Cuando, al menos en teoría, el pueblo tiene cada vez mayor y más
factible acceso al campo del conocimiento, diera la impresión que puede más la
tripa que el cacumen, el pronto que el sosiego, la mala bilis que la
recapitulación.
A veces, cuando debatimos en amena charla con amigos, conocidos
o familiares, cruzamos apuestas para intentar descubrir los derroteros de un
mundo a la deriva. Y aportamos mil posibles soluciones. Todas encaminadas al
más estrepitoso fracaso. Vamos, como la primitiva, no acertamos ni el
reintegro. Porque cuando dirigimos la mirada a lo que ahora mismo está
ocurriendo en Estados Unidos con su política (es un decir) en contra de lo que
no suponga, a su nauseabundo entender, la pureza de una raza blanca, rubia y
bien oronda (por las hamburguesas). Y lo largan a los cuatro vientos aquellos
que forman parte de un país, que nació el otro día y como producto de la
confluencia de razas y etnias de múltiples procedencias. Cuando por sus genes
circulan mestizajes a porrillo, viene a resultar que procede expulsar al que, a
buen seguro, no supera los índices diferenciales del que porta la pistola cual
miembro del ICE en los nefastos episodios de Mineápolis.
Y aquí, en el país que contribuyó a la expulsión del pueblo
judío, porque era más listo y mejor comerciante, hoy le doramos la píldora
porque aprendió a machacar a sus vecinos por dictados celestiales del ojo por
ojo y en plan venganza por haberse atrevido a sembrar nuestro sagrado territorio
con infraestructuras que supusieron avances incontestables. Como siempre la
religión se ha encargado de soliviantar los ánimos, solo falta que Irán
coordine otro episodio tipo Torres Gemelas, para que, en nombre de Dios (cada
uno el suyo, o los suyos), arme tan fuerte terremoto que ni la erupción del
Tajogaite o los enjambres sísmicos de las Cañadas.
En el maremágnum estábamos cuando surge la castiza con otra
de sus ocurrencias. No bastándole con el coro parlamentario (repitan conmigo…)
madrileño, amplía horizontes de nuevo (ya lo hizo con Milei, el loco argentino
de la motosierra) y le va a conceder la medalla de su comunidad autónoma al
amigo Donald, paradigma protector de la hispanidad…
¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano vote
masivamente a este sujeto? De la misma que el madrileño lo hace con esta
sujeta. Y los ejemplos se multiplican. ¿Hasta cuándo? Me da que no voy a
llegar.

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