martes, marzo 17, 2026

No hay de qué

Que tú, estimado lector, y yo metamos la pata no deja de ser mera anécdota. Como somos nadie, nadie (y no es redundancia) va a prestar la más mínima atención. Mis escritos y tus posibles valoraciones no van a pasar a la historia. Eso se deja para mentes mucho más privilegiadas. Y me apetece poner dos ejemplos a tenor de lo que uno viene observando desde hace muchísimo tiempo. De un lado, los periodistas, del otro, los cargos públicos.

Fácil es deducir que se trata de dos ‘profesiones’ de alta exposición a los embates sociales. Vamos, que tienen, aparentemente, mucha más relevancia que lo que este humilde plumífero pueda plasmar en cualquiera de  sus apariciones en Pepillo y Juanillo. Y, por añadidura, a lo que alguno de mis escasos seguidores pueda expresar, ejerciendo su derecho constitucional, en la única red social por la que navego muy de vez en cuando y que, por ahora, solo es usada para publicar el enlace al blog que antes se dejó mencionado.

Por lo tanto, bien harían los ensalzados al final del primer párrafo en cuidar formas y maneras cuando se dirigen a las audiencias o a potenciales electores, respectivamente. Porque no se trata aquí de emular al yanqui de la gorra roja cuando pretende imponer la paz en el mundo usando toda la fuerza posible con una exhibición de armamento bélico que mete miedo. Y vamos con unos ejemplos*:

Busco en el diccionario el hipotético verbo preveer y no hay manera. No aparece por mucho que lo he intentado. Claro, si no existe, ¿cómo demonios lo puede recoger? El más parecido es proveer (reunir lo necesario para un fin), porque ese otro en el que puedes estar pensando es prever, y se conjuga como ver. Por lo tanto, veo, ves y ve, por ejemplo, se convierten en preveo, prevés y prevé.

Lo de este agua ya es de juzgado de guardia. Los sustantivos femeninos que comienzan por a tónica exigen demostrativos femeninos. El uso de el y un, por razones de sonoridad (cacofonía lo llamábamos cuando yo era escolar), no afecta a la debida concordancia con otras palabras de la oración. E, inexorablemente, me acude al magín el Steaua de Bucarest. Equipo de fútbol que oía nombrar a Matías Prats en aquellas retransmisiones radiofónicas cuando el Real Madrid ganaba copas de Europa (en La Gorvorana, por tener, no teníamos ni luz eléctrica; así que deja lo de la tale para mejor ocasión).

Capítulo aparte son los latinajos motu proprio y grosso modo, que, de manera machacona, lo hacemos acompañar de las elegantes preposiciones de y a (amén de que el ‘proprio’, de difícil pronunciación, lo permutamos por propio y nos quedamos más frescos que una lechuga). Ay, cuánto locutor, creyéndose investido de prodigiosas sapiencias, nos sorprende con… patadas en la boca del ”estógamo”.

Hombre (o mujer), ya que estoy en plan didáctico (donde hubo…), aconsejarte que cuando te pongas delante de una alcachofa (cabeza del micrófono) no alargues la vocal última de una palabra porque escuchar laaa, estaaa, muchaaa, algunaaa… no es nada agradable. O rellenar las pausas conversacionales con otro nada elegante estampido sónico (eeee). No te preocupes, desde que estaba estudiando me dijeron que mi voz no servía para tales florituras y me dediqué a cultivar aquello que se me da medianamente regular: escribir. Porque me brinda la opción de borrar, corregir, suplir… sin sujetarme al contratiempo de la espontaneidad. Y aun así yerro con gran frecuencia. Pero, como al principio señalé, no corro peligro alguno de que la popularidad disminuya. Sabes que yo doy más de no (soy de los que no dan más de sí).

Por último, cuídense de las muletillas. Jesús Cintora, en Malas lenguas, repite la forma verbal ‘vean’ algo así como quinientas veces por programa. Más ejemplos, a porrillo. Y hasta la próxima, porque fue, lo que es en sí, todo por hoy. A su entera disposición y no hay de qué.

*Ya repetidos muchos en anteriores comentarios, pero como no atisbo visos de solución, por mí que no quede. 

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