El precitado libro –Reconciliación (Planeta)– le ha significado
al huido un volumen extra de ingresos, porque el malvado de su hijo ya lo borró
de la nómina de chupópteros del erario público. Con las frases de elogio que el
ahora presidente de El Imparcial (fuerte incongruencia con la cabecera) dedica
al Borbón (tantas que me es difícil la selección), van unas cuantas, a voleo,
para poner de manifiesto que el perfil monárquico del articulista ha pesado
mucho más que esa supuesta imparcialidad. Tampoco creo que sea su avanzada
edad, porque en otras entregas se nos muestra bastante lúcido. Pero en este le
debió pesar, y mucho, el cariñito.
Juan Carlos de Borbón
transmite al lector su vida extraordinaria y lo hace al margen de presunciones
y altanerías. Y amor profundo, amor permanente por España, a lo largo de una
vida que el Rey padre narra con sinceridad. Me cayeron las lágrimas que ni
la Dolorosa en sus mejores tiempos. ¡Oh!, todavía tengo los ojos enrojecidos.
Es –debe ser– el amor de patria que sintieron todos aquellos que emigraron
cuando su mentor, Franco, nos salvó de las hordas comunistas y tuvieron que
hacer la maleta de cartón para ir a ganarse los garbanzos allende los mares. Para
que entendamos de una vez por todas que no fue una fuga lo suyo a los países
árabes, sino un acto de imperiosa necesidad. Vamos, otro Guarapo más.
Compañera incomparable,
madre entregada, gran Reina, escribe el Rey y añade: Estaba muy enamorado de ella, me sentí feliz y realizado a su lado… Es
una mujer admirable y leal con la que tengo una enorme deuda. Ya lo noté el
otro día cuando la Universidad de Las Palmas le hizo entrega de su más alto
galardón (Doctora Honoris Causa) “para que no solo deslumbre a la gente, sino que,
además, como el yelmo de Minerva, esté preparada para la lucha”. El verla
agarrar la pala, para echar tierra al hoyo donde sembró un árbol con el rector,
me retrotrajo al “lo siento, no volverá a ocurrir”. No haberle dado con ella en
el totizo al saltimbanqui.
Algunos políticos nos
han demostrado que su ambición personal está por encima de los intereses del
país. Y se quedó tan campechano, me imagino. De ellos habrá aprendido cómo
se defrauda a Hacienda o cómo se evaden capitales. Con Corinnas o sin ellas. Así
salió la pobre Cristina, la que no sabía nada (son cosas de mi marido). ¿Cómo
puedes, Luis María, erigirte en boyero de semejante ganado?
Durante mi reinado he
ayudado de manera espontánea a empresarios españoles sin ninguna compensación
ni contrapartida a cambio. Ya el conejo me desriscó la perra. ¿Tendrá cara
para soltar la frasecita de marras? Le faltó alegar que vivía con el salario
mínimo. Como la austeridad y honradez del gallego que te nombró. Sí, el que
vivía con cincuenta mil pesetas al año (declaradas) pero ocultaba las
inyecciones del financiero (y contrabandista del tabaco) Juan March, los
regalos de café brasileño de Getulio Vargas (vendido luego en el mercado
negro), los donativos de la empresa norteamericana ITT, principal accionista de
la Compañía Telefónica Nacional… No sigo porque, me imagino, que Juan Carlos
también ha podido leerse –entre sus descansos de escritor consumado– “Desmontando
bulos sobre el franquismo”.
De los piropos a Felipe González, nada que objetar. Tal para
cual.

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