martes, marzo 03, 2026

No me hagas reír...

…que se me parte el labio, se decía. Y es que cayó en mis manos un artículo del señor Anson (antes, cuando más joven, era Ansón, pero decidió suprimir la tilde: él sabrá) glosando la figura del rey emérito (y una mierda lo escribo con mayúscula) y ensalzando las virtudes de su libro, a saber, melancólico, delicado y profundo. Como este rebenque de La Gorvorana cree a pie juntillas que Juan Carlos no escribió absolutamente nada (no dispondrá de negros –acepción decimoséptima del DLE: persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios– en Abu Dhabi para tales menesteres), si don Luis María (la foto es de hace la tira de años) le debe algo al cazador de elefantes, amén de consumado braguetero (dado a la lascivia), haría bien en disimular un fisco y no dorar la píldora en demasía.

El precitado libro –Reconciliación (Planeta)– le ha significado al huido un volumen extra de ingresos, porque el malvado de su hijo ya lo borró de la nómina de chupópteros del erario público. Con las frases de elogio que el ahora presidente de El Imparcial (fuerte incongruencia con la cabecera) dedica al Borbón (tantas que me es difícil la selección), van unas cuantas, a voleo, para poner de manifiesto que el perfil monárquico del articulista ha pesado mucho más que esa supuesta imparcialidad. Tampoco creo que sea su avanzada edad, porque en otras entregas se nos muestra bastante lúcido. Pero en este le debió pesar, y mucho, el cariñito.

Juan Carlos de Borbón transmite al lector su vida extraordinaria y lo hace al margen de presunciones y altanerías. Y amor profundo, amor permanente por España, a lo largo de una vida que el Rey padre narra con sinceridad. Me cayeron las lágrimas que ni la Dolorosa en sus mejores tiempos. ¡Oh!, todavía tengo los ojos enrojecidos. Es –debe ser– el amor de patria que sintieron todos aquellos que emigraron cuando su mentor, Franco, nos salvó de las hordas comunistas y tuvieron que hacer la maleta de cartón para ir a ganarse los garbanzos allende los mares. Para que entendamos de una vez por todas que no fue una fuga lo suyo a los países árabes, sino un acto de imperiosa necesidad. Vamos, otro Guarapo más.

Compañera incomparable, madre entregada, gran Reina, escribe el Rey y añade: Estaba muy enamorado de ella, me sentí feliz y realizado a su lado… Es una mujer admirable y leal con la que tengo una enorme deuda. Ya lo noté el otro día cuando la Universidad de Las Palmas le hizo entrega de su más alto galardón (Doctora Honoris Causa) “para que no solo deslumbre a la gente, sino que, además, como el yelmo de Minerva, esté preparada para la lucha”. El verla agarrar la pala, para echar tierra al hoyo donde sembró un árbol con el rector, me retrotrajo al “lo siento, no volverá a ocurrir”. No haberle dado con ella en el totizo al saltimbanqui.

Algunos políticos nos han demostrado que su ambición personal está por encima de los intereses del país. Y se quedó tan campechano, me imagino. De ellos habrá aprendido cómo se defrauda a Hacienda o cómo se evaden capitales. Con Corinnas o sin ellas. Así salió la pobre Cristina, la que no sabía nada (son cosas de mi marido). ¿Cómo puedes, Luis María, erigirte en boyero de semejante ganado?

Durante mi reinado he ayudado de manera espontánea a empresarios españoles sin ninguna compensación ni contrapartida a cambio. Ya el conejo me desriscó la perra. ¿Tendrá cara para soltar la frasecita de marras? Le faltó alegar que vivía con el salario mínimo. Como la austeridad y honradez del gallego que te nombró. Sí, el que vivía con cincuenta mil pesetas al año (declaradas) pero ocultaba las inyecciones del financiero (y contrabandista del tabaco) Juan March, los regalos de café brasileño de Getulio Vargas (vendido luego en el mercado negro), los donativos de la empresa norteamericana ITT, principal accionista de la Compañía Telefónica Nacional… No sigo porque, me imagino, que Juan Carlos también ha podido leerse –entre sus descansos de escritor consumado– “Desmontando bulos sobre el franquismo”.

De los piropos a Felipe González, nada que objetar. Tal para cual.

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